n***o y Dorado
El amanecer estaba teñido de tonos dorados y rosados, iluminando la explanada frente al palacio imperial. Kaelion, de pie junto su imponente corcel n***o, se erguía en el centro del grupo de caballeros como una figura que parecía salida de una leyenda.
Su armadura, hecha de acero n***o con intrincados detalles dorados, brillaba bajo la luz del sol naciente. La capa que caía desde sus hombros ondeaba suavemente con la brisa y el yelmo que llevaba bajo el brazo reflejaba las caras de los hombres que lo rodeaban. La Orden Dorada, en filas perfectamente alineadas, no era menos imponente. Cada caballero llevaba una armadura pulida que resplandecía como si estuviera hecha del mismo sol, con el emblema imperial grabado en el pecho.
Los cascos de sus caballos resonaban sobre el adoquinado y el sonido metálico de las armaduras al moverse creaba una sinfonía que hacía que los presentes contuvieran la respiración. Kaelion miraba al horizonte, con el semblante serio y la postura de un hombre que lideraba no solo a sus tropas, sino al destino de todo un Imperio.
Pero su mente estaba en otro lugar.
Bajó la vista brevemente hacia su mano izquierda, donde sus dedos acariciaban el pequeño adorno que Leocadia le había entregado esa misma mañana. Una cinta de seda negra con un delicado bordado en hilo dorado, que ella había tomado de su propio tocador antes de que él partiera.
- Para que recuerdes que tienes que volver - le había dicho, su voz apenas un susurro mientras se apoyaba en el umbral de la puerta de su habitación.
Kaelion había tomado la cinta y, sin pensarlo, la había atado a la empuñadura de su espada, como si se tratara de un talismán. Ahora, mientras sus dedos rozaban la tela suave, una ola de calma se extendió por él, aunque su mirada seguía siendo la de un guerrero.
No podía fallarle. No a ella. No al Imperio.
Rovik, de pie a su derecha, rompió el silencio con un tono neutral pero cargado de significado.
- La emperatriz tiene buen ojo. Es un detalle que nadie pasará por alto.
Kaelion esbozó una sonrisa apenas perceptible, sin apartar la vista del horizonte.
- Eso es exactamente lo que quiero, Rovik. Que recuerden a quién protejo y por quién estoy dispuesto a desenvainar esta espada.
Rovik asintió, pero el gesto quedó opacado por el brillo de admiración en sus ojos. Sabía que la presencia de Kaelion no solo era imponente, sino inspiradora. El emperador no era solo un líder; era un símbolo vivo de la fortaleza del Imperio.
Kaelion levantó su mano derecha, la señal para que los caballeros se prepararan. Los cascos de los caballos resonaron al unísono mientras las filas se ajustaban y el sonido del acero chocando llenó el aire.
- Caballeros. - dijo Kaelion, su voz clara y firme resonando sobre el silencio. - Hoy partimos hacia la frontera. No solo llevamos nuestras espadas, sino la fuerza y la esperanza de todo el Imperio. Lucharemos como uno y volveremos como vencedores.
Un rugido de aprobación se elevó de las filas, el sonido profundo y poderoso como el rugido de un dragón.
Kaelion se inclinó ligeramente sobre el cuello de su corcel, sus dedos tocando la cinta una vez más. Luego, enderezándose, colocó el yelmo sobre su cabeza, cerrando la visera con un movimiento decidido.
- ¡Avanzamos!
Con esa orden, los caballos comenzaron a moverse, el grupo partiendo hacia el norte con una sincronía perfecta. Desde las ventanas del palacio, algunos sirvientes y nobles observaban, asombrados por la majestuosidad de la escena.
Kaelion, al frente, era más que un emperador. Era el protector del Imperio, el hombre que todos seguirían hasta el fin del mundo si fuera necesario, pero en el fondo, mientras cabalgaba hacia lo desconocido, una sola promesa se mantenía clara en su mente:
“Volveré, Leocadia. Por ti, siempre.”
Significado
La noche había caído sobre el campamento y el aire estaba cargado con el aroma a humo de las fogatas y el leve olor terroso de los caballos descansando cerca. Los hombres se agrupaban en torno a las llamas, algunos compartiendo historias y otros simplemente disfrutando del calor mientras afilaban sus espadas o revisaban sus armaduras.
Cerca de una de las hogueras más alejadas, dos caballeros de la Orden Dorada estaban reunidos, sus miradas ocasionales dirigidas hacia el centro del campamento, donde la tienda del emperador se alzaba como un recordatorio de la autoridad bajo la cual marchaban.
Karn se unió al grupo, su postura relajada pero sus ojos siempre atentos, como un halcón que nunca baja la guardia. Los hombres le ofrecieron un lugar junto al fuego y él lo tomó con un ligero asentimiento.
- ¿Alguna novedad? -preguntó uno de ellos, un hombre robusto con una cicatriz que cruzaba su mandíbula, conocido como Darek.
Karn negó con la cabeza mientras sacaba un pequeño cuchillo de su cinturón y comenzaba a limpiarlo.
- Todo tranquilo por ahora, pero eso no significa que podamos bajar la guardia-Su mirada se desvió hacia el grupo donde Edward Transa estaba sentado, hablando en voz baja con otro caballero - Manténganlo vigilado.
Los otros hombres asintieron, aunque uno de ellos, un joven llamado Eron, frunció el ceño.
- ¿De verdad crees que se atrevería a algo aquí, con todos nosotros alrededor?
Karn dejó escapar una risa suave, aunque su tono seguía siendo serio.
- Transa no necesita usar una espada para causar problemas. Basta con una palabra en el oído correcto o un momento de distracción. He visto lo que un hombre como él puede hacer cuando cree que tiene algo que ganar.
El grupo quedó en silencio por un momento, hasta que el tercero, Eron, señaló con un gesto hacia el campamento principal, donde Kaelion estaba revisando un mapa con uno de sus oficiales.
- ¿Y qué piensan de eso? -dijo, señalando hacia la espada del emperador, donde la cinta negra y dorada de Leocadia estaba atada al puño.
Los hombres siguieron su mirada y Darek dejó escapar un silbido bajo.
- Nunca pensé que vería algo así en su espada -comentó, su tono cargado de asombro - Siempre lo he visto como un hombre práctico, sin espacio para detalles como ese.
Eron soltó una risa suave.
- Práctico, sí. Pero esa cinta es otra cosa. No es solo un adorno. Es una declaración.
Karn alzó una ceja, mirando al joven caballero.
- ¿Y qué crees que está declarando?
Eron sonrió, encogiéndose de hombros.
- Que tiene a alguien a quien volver. Y que quien quiera meterse con ella tendrá que pasar por él primero.
Los otros hombres rieron suavemente, pero Eron no pudo evitar sentirse satisfecho. Sabía que Kaelion no era un hombre que hiciera nada sin pensar. Si llevaba esa cinta a la vista de todos, era porque quería enviar un mensaje.
Darek, que había permanecido más callado, habló entonces.
- Es más que eso. Esa cinta no es solo un recordatorio para los demás, sino para él mismo. Para no perder el control, para no olvidar lo que lo espera.
Los demás se quedaron en silencio, reflexionando sobre sus palabras mientras observaban al emperador. Kaelion, ajeno a las conversaciones a su alrededor, acarició brevemente la cinta antes de volver al mapa.
Karn se levantó, limpiando su cuchillo y guardándolo en su cinturón.
- Sea lo que sea, esa cinta significa que no vamos a dejar que nada le pase a él ni a lo que representa.
Darek y Eron asintieron, sus expresiones endureciéndose mientras el fuego iluminaba sus rostros. Para ellos, la misión no era solo proteger al emperador, sino asegurar que regresara al lado de quien le había dado esa cinta.
Y mientras la noche continuaba envolviendo al campamento, la resolución del grupo se fortaleció. Porque en la guerra, no eran solo las armas las que ganaban batallas, sino los motivos para luchar.
No está sola
El palacio imperial parecía más grande y vacío sin la presencia de Kaelion y sus caballeros. Las lámparas iluminaban los pasillos con un brillo suave y los ecos de los pasos resonaban como si el propio edificio contuviera su respiración.
Leocadia estaba en su estudio personal, revisando algunos informes que Kaelion le había dejado. Aunque la tinta en el pergamino seguía fresca, su mente divagaba hacia el campamento en la frontera norte, donde él ahora se encontraba. A pesar de su promesa de tener cuidado, no podía evitar la preocupación.
La puerta se abrió con suavidad y Rovik entró. Como siempre, su presencia era firme, pero tranquila, y sus ojos evaluaron el espacio antes de enfocarse en la emperatriz.
- Majestad, -dijo inclinando ligeramente la cabeza - Todo está en orden en los alrededores. Los guardias están posicionados como se indicó.
Leocadia levantó la vista del informe, una leve sonrisa en sus labios.
- Gracias, Rovik. Sé que Kaelion confía en ti para esto y eso significa que yo también puedo hacerlo.
Rovik se acercó un poco más, deteniéndose a una distancia respetuosa.
- Es mi deber, majestad, pero también es mi lealtad. No solo al emperador, sino a usted.
Leocadia dejó el pergamino a un lado y cruzó las manos sobre la mesa, observándolo con curiosidad.
- ¿Siempre has sido tan directo, Rovik?
El escolta sonrió apenas, un destello de humor en su mirada.
- Solo cuando es necesario. Y en este caso, creo que lo es.
Leocadia inclinó la cabeza, sus ojos estudiándolo con detenimiento. Sabía que Rovik no era un simple soldado; era el hombre en quien Kaelion confiaba más que en nadie, su confidente y protector.
- Entonces dime, -dijo ella, con un tono suave pero firme - ¿Crees que me arriesgaré demasiado mientras él está fuera?
Rovik mantuvo su postura, pero sus ojos reflejaron una leve preocupación.
- Creo que usted tiene la fuerza y la inteligencia para manejar la corte, majestad, pero también sé que la corte no es un lugar justo. Habrá quienes intenten provocarla, quienes busquen errores en cada movimiento. Mi trabajo es asegurarme de que tenga el espacio para ganar.
Leocadia asintió lentamente, apreciando su honestidad.
- Kaelion me dijo algo similar antes de partir. Me pidió que no me arriesgara, pero tú y yo sabemos que el riesgo siempre estará allí, con o sin él aquí.
Rovik inclinó ligeramente la cabeza en señal de acuerdo.
- Eso es cierto. Pero no significa que no podamos minimizarlo. Hay aliados en este palacio, aunque parezcan pocos. Dorian está comprometido a ayudarla y yo estaré aquí siempre que lo necesite.
Leocadia sonrió, esta vez con más calidez.
- Gracias, Rovik. Me haces sentir más segura, aunque la responsabilidad siga siendo enorme.
Rovik se permitió una pequeña sonrisa en respuesta.
- El emperador confía en usted porque sabe que puede manejar esto, majestad. Y yo también lo sé. Pero no olvidemos algo importante: usted no está sola.
Leocadia asintió, su corazón sintiendo un poco más de calma.
- Nunca pensé que terminaría aquí, Rovik. Pero ahora que estoy, haré todo lo que esté en mi poder para merecer este lugar.
Rovik se inclinó en una reverencia breve, pero profunda.
- Y yo haré todo lo que esté en mi poder para asegurarme de que lo haga.
Cuando Rovik se retiró, Leocadia se quedó mirando el pergamino frente a ella. La preocupación por Kaelion aún pesaba, pero las palabras de Rovik la habían fortalecido. Sabía que tenía un papel que desempeñar y no podía permitirse fallar.
Esa noche, mientras las luces del palacio se apagaban, Leocadia comenzó a escribir en una libreta. Era hora de trazar sus próximos movimientos.