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1987 Palabras
No Hagas Enojar a mi Esposa El sumo sacerdote intentó sonreír, pero su gesto se deshizo rápidamente al ver el fuego en los ojos de Leocadia que le recordó al emperador. - Majestad, no me malinterprete, lo que digo es por el bien de todos. No podemos complacer a cada súbdito sin las debidas ofrendas a Nerias - dijo, pero su tono se volvió más vacilante - El templo necesita recursos para operar. Leocadia no cedió. Avanzó un paso hacia él, con la mirada fija en su rostro y, aunque su postura se mantenía recta, la intensidad de su presencia creció, como si la furia y la determinación la invadieran por completo. - ¿Recursos para operar? - repitió, sin dar marcha atrás - Entonces, si la vida de una madre y su hijo no tiene valor para el templo a menos que paguen con oro o tierras ¿Quién aquí está realmente sirviendo a Nerias? ¿Es el templo un negocio o una casa de fe? Porque si es lo primero, debo decir que mi familia tiene muchas formas de hacer que el templo funcione. El sumo sacerdote se quedó en silencio, la tensión flotando entre ellos. Los otros sacerdotes, que habían estado observando en la distancia, se miraron unos a otros, desconcertados y algunos comenzaron a alejarse, como si supieran que esta confrontación estaba por escalar. Kaelion, que había estado observando todo desde su lugar, ahora no podía apartar la vista. Nunca había visto a Leocadia tan decidida, tan ferozmente protectora y enojada. El aire entre ellos vibraba con la energía de un enfrentamiento, pero la forma en que ella mantenía el control sobre la situación era completamente diferente a todo lo que él había esperado. Aunque el sumo sacerdote intentó contradecirla, parecía cada vez más incapaz de sostener su postura ante la emperatriz. Leocadia no solo le habló de forma directa y tajante, sino que, con su presencia y su energía, lo había acorralado, haciéndolo quedar pequeño ante ella. - Este templo necesita una lección sobre humanidad, no sobre ganancias - concluyó Leocadia con voz alta, pero firme. - Si no pueden sanar a este niño, entonces encontraré quien lo haga. Kaelion sonrió para sí mismo, sintiendo un respeto profundo por su esposa, por su capacidad de gobernar no solo con poder, sino con integridad. Estaba viendo en ella una fortaleza que no había anticipado, una que rivalizaba con la suya. Y, por primera vez, Kaelion sintió la incomodidad de no saber hasta qué punto él sería capaz de igualarla. - Recuérdenme no hacer enojar a mi esposa. - murmuró Kaelion entre dientes a sus escoltas, su tono con un toque de diversión, pero también de admiración. - Esas zanahorias de Dorian… definitivamente podrían ser útiles. La sonrisa orgullosa que apareció en su rostro no pasó desapercibida para Eron, que estaba de pie cerca de él. - La emperatriz sabe cómo hacer su trabajo, Majestad - dijo Eron en voz baja. Kaelion asintió lentamente, su mente aún procesando lo que acababa de presenciar. Había algo en la forma en que Leocadia enfrentaba no solo a sus enemigos, sino a las dificultades, que lo dejaba sin palabras. En ese momento, la admiración que sentía por ella creció de una manera que no había anticipado. Nunca había sido fácil compartir su poder con alguien más, pero con Leocadia, se estaba dando cuenta de que no solo lo compartía, sino que ella lo igualaba, sin esfuerzo, sin pedir permiso. La voz de Leocadia resonó en el templo, su tono ahora lleno de indignación y claridad, como si una verdad absoluta estuviera por escapar de sus labios. El sumo sacerdote, de pie ante ella, vaciló por un momento y el aire se volvió tenso, como si cada palabra estuviera pesando demasiado en el ambiente. - El poder divino es gratis. - repitió Leocadia, su mirada fija en el sumo sacerdote con una mezcla de desdén y incredulidad - ¿Cómo pueden, entonces, ustedes cobrar por algo que Nerias otorga libremente? ¿Es esto lo que representa su templo, el comercio de la fe? ¿Cuánto dinero quieren por el don de la sanación que su dios concedió sin pedir nada a cambio? El sumo sacerdote intentó mantener su compostura, pero algo en la mirada de Leocadia lo hizo tambalear. La fuerza de sus palabras, su intensidad, lo había descolocado. No era la nobleza o el poder lo que le daba esa autoridad. Era la verdad pura, directa como una espada, que cortaba las mentiras y los velos de corrupción. - Nerias no necesita oro ni tierras. Él concede su bendición sin esperar nada a cambio. Y ustedes, al ponerle un precio a la sanación, a la vida misma, están mancillando su nombre. ¡Nerias estaría furioso con la actitud de este templo! ¿Dónde está la fe genuina en este lugar? ¿Acaso creen que el dolor y la desesperación de estas personas pueden ser lavados con riquezas? Los ojos del sumo sacerdote se entrecerraron y la tensión en el aire era palpable. Los otros sacerdotes comenzaron a murmurar entre ellos, un murmullo que creció con cada palabra de la emperatriz, hasta que finalmente uno de ellos, un joven sacerdote que había estado observando en silencio, dio un paso adelante, temeroso. - Majestad, pero el templo necesita recursos... los rituales, las ofrendas, todo esto requiere de... mantenimiento. - balbuceó, pero su voz se quebró al encontrarse con la mirada de Leocadia. - ¡Eso no es un argumento! - La emperatriz no dio tregua, su voz profunda y llena de convicción - Si los templos no pueden proteger a los más débiles, ¿Qué sentido tiene que existan? Si el dios Nerias otorga el poder de la sanación sin esperar nada, ¿Cómo ustedes, que dicen servirle, se atreven a pedir un precio por ello? El sumo sacerdote, ahora claramente desconcertado y algo avergonzado, intentó desviar la conversación, pero las palabras de Leocadia seguían resonando en las paredes del templo, envolviendo a todos con la fuerza de su indignación. Kaelion, que había estado observando a distancia, sintió un atisbo de asombro al ver cómo su esposa no solo defendía la justicia, sino que también desmantelaba las falsas creencias del templo con cada palabra. En su interior, Kaelion no pudo evitar sentirse orgulloso. Había algo en la forma en que Leocadia enfrentaba el desafío, sin miedo, sin dudar. Era una emperatriz que no se conformaba con la aparente sabiduría de los viejos clérigos, sino que buscaba la verdad. - Este templo no tiene derecho a usar el nombre de Nerias para su propio beneficio. - continuó Leocadia, su voz ahora más firme. - Si Nerias quisiera que se hicieran negocios con su poder, lo habría dicho, pero no lo hizo. Ustedes lo hacen por avaricia, no por fe. La multitud que había estado observando en silencio, ahora murmuraba en aprobación. La actitud de Leocadia, decidida y firme les había dado una lección valiosa y aunque el sumo sacerdote trató de mantener su dignidad, la presión de la emperatriz era inquebrantable. Kaelion sonrió, casi para sí mismo, al observar la escena y ver a su esposa acercarse a la estatua y tocar su pie tallado con suavidad. Pensó en las palabras de Dorian sobre la zanahoria. En este momento, Leocadia no necesitaba lanzar amenazas o buscar castigos. Ella solo estaba mostrando la verdad y la verdad, pensó Kaelion con una sonrisa orgullosa, era mucho más poderosa que cualquier arma. - ¿No es genial mi esposa? - murmuró Kaelion con una amplia sonrisa, disfrutando de la sorprendente sensación de ver a su esposa gobernar con tan absoluta claridad - Si Nerias nos está mirando, seguro que está sonriendo. - añadió en voz baja, mientras observaba cómo el sumo sacerdote, derrotado, bajaba la mirada ante la inquebrantable voluntad de la emperatriz. Nunca había estado tan seguro de que su esposa podría transformar este imperio, no con su poder, sino con la justicia y la humanidad que sus acciones reflejaban. El murmullo en el templo se convirtió en un grito de asombro y esperanza. Cuando las últimas palabras de Leocadia se desvanecieron en el aire, las manos de la imponente estatua de Nerias brillaron con un resplandor cegador, un destello dorado que parecía irradiar desde el mismo corazón de la figura de mármol. El templo, que antes parecía sombrío y marcado por la austeridad, ahora estaba iluminado por la luz celestial de Nerias, como si el dios mismo estuviera aprobando las palabras de la emperatriz. La gente comenzó a moverse, primero tímidamente, luego con más urgencia, acercándose a Leocadia en busca de ayuda. Los sacerdotes, sorprendidos y desbordados, intentaron frenar el avance de la multitud, pero era inútil. La esperanza de sanar, tan palpable, los arrastraba con fuerza. Los murmullos crecieron en una ola de desesperación por tocar a la estatua, por sentir el poder curativo en sus cuerpos. Leocadia, aún en pie cerca de la estatua, extendió una de sus manos para tratar de afirmarse ya que aún llevaba al bebé, pero pronto la presión de la multitud se hizo insoportable. Sus ojos se agrandaron al ver que la masa se abalanzaba hacia ella, empujándola con fuerza. Los sacerdotes trataban de mantener el orden, pero la gente estaba demasiado ansiosa. Kaelion, observando desde lejos, sintió un nudo en el estómago. Vio cómo la multitud empujaba a Leocadia, cómo sus ojos reflejaban el peligro inminente y no pensó ni un segundo más. Con una velocidad que solo el emperador podría desplegar, corrió hacia ella, atravesando el tumulto. Su mente solo se centró en una cosa: protegerla. - ¡Leocadia! - gritó, empujando a la multitud mientras se acercaba a ella, su mirada fija en su esposa. La agarró por la cintura con fuerza, sus manos firmes y protectoras y la apartó de la masa que la rodeaba. La emperatriz, sorprendida al principio, se aferró a él y su mirada, tan llena de determinación, no cambió en lo más mínimo. El emperador la mantuvo cerca mientras, con una habilidad innata, abría paso entre las personas. Cuando llegaron a la estatua, Kaelion, con un brazo en torno a su esposa, tomó al bebé con el otro, una pequeña criatura de no más de unos pocos meses. El niño, que había sido entregado por la madre en busca de sanación, aún no entendía lo que ocurría, pero el mismo milagro de Nerias estaba por desplegarse ante los ojos de todos. Kaelion acercó al bebé a la estatua. El pequeño, sin saber cómo ni por qué, extendió su mano y con un asombroso movimiento, agarró uno de los dedos de la estatua de Nerias. Al instante, el resplandor dorado se intensificó, envolviendo al niño y sanándolo en un abrir y cerrar de ojos. Las heridas que había sufrido, la debilidad que lo había mantenido postrado desapareció al instante, como si nunca hubieran existido. La madre, temblando de incredulidad, extendió las manos hacia su bebé. El niño, ahora completamente sano, reía, su piel suave y brillante de salud. La mujer no pudo evitar sollozar de felicidad y Kaelion, con una sonrisa que se tornó más humana de lo que cualquier otro podría imaginar, le entregó al bebé. - Está sano. - dijo Kaelion con voz grave y serena, mientras entregaba al niño a su madre. La multitud observaba en asombro y la escena parecía detener el tiempo por un breve momento. - ¡Ahora, hagan dos filas! - ordenó Kaelion, su voz resonando con autoridad - Toquen la estatua, reciban la bendición de Nerias, pero mantengan el orden. No más caos. La multitud, aún conmocionada por lo que acababan de presenciar, comenzó a organizarse en las filas que Kaelion había indicado. Los sacerdotes, ahora completamente eclipsados por el poder divino que se manifestaba, ayudaron a guiar a las personas, pero no fue necesario. La fe y la esperanza de la gente parecían haber alcanzado un nuevo nivel.
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