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1894 Palabras
Usando Zanahorias Mientras Kaelion se sumía en sus pensamientos, observando el escenario ante él, el contraste entre su propia forma de liderazgo y el modo en que Leocadia había ganado la lealtad de los suyos se volvió más evidente. Él, que había forjado su imperio con la espada y la amenaza, había sido capaz de infundir miedo y respeto, pero en el caso de Leocadia, era algo diferente. Ella no gobernaba con la misma dureza que él. No necesitaba la espada. Ella gobernaba con el corazón, con la convicción de que su poder provenía de un lugar genuino, de un deseo real de mejorar la vida de su pueblo. - ¿Cómo lo hizo? - se preguntó Kaelion. ¿Cómo había ganado la confianza y el afecto de aquellos que él había considerado como meros súbditos? La respuesta parecía estar justo frente a él. Era la forma en que Leocadia se entregaba sin reservas, la forma en que trataba a todos por igual, sin importar su estatus. No era una emperatriz distante, inaccesible, como muchas que él había conocido. Ella era accesible, confiable y su corazón, aunque lleno de reservas debido a su pasado, se entregaba por completo a la gente a la que gobernaba. La lealtad que Leocadia había cultivado en aquellos a su alrededor, sus sirvientes y aquellos que la seguían, no podía ser atribuida a una estrategia consciente. Era una cualidad que surgía naturalmente de su ser, de su forma de ver el mundo. Kaelion no entendía completamente cómo había sucedido, pero algo en su pecho se apretó al pensarlo. Había algo, tal vez algo muy pequeño aún, que lo estaba atrapando en el torbellino de emociones y pensamientos que le surgían. No podía negar que sentía una creciente admiración por ella. No solo como su esposa, sino como una mujer que, al final, parecía ser mucho más de lo que él había imaginado. Una mujer que no necesitaba demostrar su valor con poder o con violencia, sino con su capacidad de amar, de comprender y de actuar. - Leocadia... - murmuró para sí mismo, mientras la veía entre la multitud, ocupada en su misión, sin pensar siquiera en la atención que recibía. En ese momento, Kaelion comprendió algo que no había logrado captar hasta entonces: no solo se había casado con ella por la alianza que representaba, sino por la persona que ella era. Era una persona que podía cambiar el destino del imperio, no con la fuerza de su espada, sino con la fuerza de su corazón. - Majestad, - dijo una voz a su espalda, su tono ligero, pero cargado de sarcasmo - Parece un joven enamorado... Qué sorpresa. Kaelion se giró hacia la voz que lo interrumpió, encontrándose con la figura del sumo sacerdote del templo. El hombre estaba de pie, erguido con su manto ceremonial, los ojos brillando con una mezcla de desdén y desafío. La sonrisa en su rostro era tan mordaz que casi parecía un corte en un piel y Kaelion lo miró sin disimular su incomodidad. El emperador lo observó con una leve fruncida en el ceño, pero su respuesta fue igualmente sarcástica, una sonrisa delgada dibujándose en su rostro. No iba a permitir que ese hombre creyera que tenía alguna ventaja sobre él. - ¿De verdad? - respondió, su voz calmada pero cargada de veneno. - ¿Tan encantado estoy que no lo he notado? Estoy seguro de que su percepción es más aguda que la mía. El sumo sacerdote dio un pequeño paso adelante, sin perder la sonrisa. - No me cabe duda, majestad. Sin embargo, no puedo evitar notar cuán... diferente está usted ¿Quién lo diría? El gran emperador, que jamás ha mostrado debilidad, ahora actuando como un esposo que se preocupa por su mujer. ¿Será que la emperatriz ha hecho mella en su carácter? - Es un tema interesante - replicó Kaelion, su tono más afilado - Pero no necesito que me den lecciones sobre mi carácter, ni que me recuerden lo que soy capaz de hacer o dejar de hacer. En cuanto a mi esposa... Es mejor que no se meta en lo que no le incumbe. El sumo sacerdote sonrió aún más ampliamente, sin dejar de medir cada palabra. - Por supuesto, majestad, solo estaba observando lo obvio. No se puede negar la influencia que ella ha tenido en su corte... y en usted. Tal vez este cambio de actitud hacia su esposa sea lo que realmente necesitamos. Pero, por supuesto, sería imprudente que alguien como yo le dijera lo que realmente necesita. Kaelion, irritado, pero controlado, se acercó un paso más. - ¿Qué es lo que usted realmente quiere, sacerdote? ¿Esperaba que viniera aquí para recibir una lección sobre la moralidad o sobre cómo tratar a los suyos? No soy tonto y usted, no es mi consejero espiritual. El sacerdote dejó escapar una risa baja, despectiva. - Por supuesto, majestad. Sabía que no esperaría nada menos de usted, pero al menos se debe reconocer que he hablado con la verdad. Quizás ahora su esposa lo ha suavizado. O tal vez ya lo estaba, pero solo necesitaba una excusa para mostrarlo. Kaelion apretó los dientes, controlando el ardor de su temperamento, sabiendo que cualquier estallido solo le daría más satisfacción al sacerdote. - Es interesante cómo usted siempre sabe exactamente qué decir para sacar a la gente de sus casillas, ¿verdad? Aunque, sinceramente, creo que su interés en mí o en mi esposa es solo una forma de asegurarse de que su templo siga siendo relevante en mis decisiones. El sumo sacerdote inclinó ligeramente la cabeza, su sonrisa nunca desapareciendo. - Relevante, majestad, es lo que siempre ha sido. Y si le molesta que le recuerde su lugar... bien, quizás eso también signifique que ya ha comenzado a cambiar. Nadie es perfecto, ni siquiera usted. Kaelion lo miró por un largo momento, la furia apenas contenida en sus ojos, pero al final, simplemente hizo un gesto con la mano, como si quisiera deshacerse de él. - Voy a hacerle un favor y voy a ignorar su actitud hoy. Porque, como siempre, se atreve a hablar como si fuera alguien en quien pueda confiar, pero no lo es. Espero que el templo siga funcionando de acuerdo con lo que hemos acordado. Si no es así, será mejor que se prepare. El sumo sacerdote inclinó la cabeza una vez más, sin mostrar signo de incomodidad ante las amenazas de Kaelion. - Lo tendré en cuenta, majestad, pero recuerde... uno nunca sabe cuándo la verdad se le presentará en formas inesperadas. Kaelion apretó los puños, pero se contuvo. No tenía tiempo para esa clase de confrontaciones, al menos no en ese momento. - Recuerde, sacerdote, que la próxima vez que hable sobre mí o sobre mi esposa, lo haga con más respeto. No soy alguien que toleré que me desafíen públicamente. El sacerdote no dijo nada más, solo una sonrisa burlona, antes de girarse y alejarse, dejando al emperador sumido en sus pensamientos. Kaelion dejó escapar un suspiro profundo, notando que la situación había tomado un giro más tenso de lo esperado. El ambiente se había cargado con la presencia del sumo sacerdote y sus insinuaciones maliciosas. El carraspeo de Eron fue suficiente para que Kaelion saliera de su concentración. Sin embargo, al mirar a su alrededor, vio que solo Eron permanecía junto a él, una presencia tranquila que, en ese momento, le ofrecía una pequeña chispa de serenidad en medio de la tormenta. Eron lo observaba con una expresión tranquila, pero alerta, como siempre. Sin embargo, en esos ojos claros había una chispa de diversión que Kaelion no pudo evitar notar. Maldición, pensó, apretando los dientes. No le gustaba que los demás pudieran leerlo tan fácilmente, pero en ese momento, Eron, Dorian y Rovik tenían razón. De alguna manera, había caído en la trampa del sumo sacerdote, aunque no lo reconociera. Lo peor de todo era que no podía negar que, por un breve momento, se había dejado afectar por las provocaciones del hombre, en parte por la mención de Leocadia. Y eso lo irritaba aún más. - ¿Tienes algo que decir, Eron? - dijo Kaelion en un tono seco, con los ojos fijos en su escolta. Eron, siempre comedido, levantó las cejas y se cruzó de brazos. - No, majestad. Solo le recuerdo que alguien sabe cómo lidiar con esto. Recuerde a la emperatriz. Kaelion lo miró de reojo, su expresión más dura de lo que hubiera deseado. La mención de Leocadia, sin importar cuán bien intencionada fuera, siempre lo hacía sentirse vulnerable, aunque nunca lo admitiera. La fuerza que ella había demostrado, su astucia para manejar a los demás, era algo que no podía ignorar. - Lo sé, Eron. Gracias. Eron, con una sonrisa apenas visible, asintió. - Por supuesto, majestad. A Kaelion no le gustaba la idea de ser el centro de la burla o de ser el blanco fácil de aquellos que lo rodeaban, pero sabía que había algo en el comportamiento del sumo sacerdote que no podía dejar pasar. Esa humillación disfrazada de cortesía lo había tocado más de lo que quería admitir. Pero lo peor era que, en ese momento, no sabía cómo salir de esa situación sin dar la impresión de ser débil o indeciso. - El sumo sacerdote solo está buscando provocarlo, majestad. No tiene nada que ver con su capacidad para gobernar o con lo que piensen los demás. Es una cuestión de principios. Kaelion asintió con dureza, sabiendo que sus amigos y su escolta tenían razón, aunque le costara aceptarlo. - Maldita sea - murmuró para sí mismo. - Me va a costar acostumbrarme a esto. Eron, como siempre observador y calculador, intervino de inmediato, sin esperar que Kaelion le pidiera consejo. - El problema, majestad, es que no ve la trampa hasta que ya está en ella. Los sacerdotes juegan con la idea de que siempre hay algo que puedan ofrecer, que siempre hay algo que los demás necesitan. Y si reacciona de manera impulsiva, eso es lo que ellos van a usar. Es la misma táctica que su esposa usa, solo que ella lo hace con más gracia. - Maldita sea - volvió a murmurar Kaelion entrando al edificio. - Si esto sigue así, voy a terminar siendo parte del templo. Kaelion caminaba por los pasillos del templo con el sumo sacerdote a su lado, la atmósfera densa y cargada con la esencia del mármol frío que formaba las paredes, las columnas y la gran estatua de Nerias, el dios de la sanación, que se erguía imponente al final del corredor. La figura de Nerias, esculpida en mármol blanco, irradiaba una luz suave desde sus manos extendidas, como si una energía mística emanara de ellas. Algo en esa estatua le recordó las manos brillantes de Leocadia cuando usó su poder para sanarlo, esa energía que la rodeaba y la había salvado cuando más lo necesitaba. Un sudor frío recorrió su espalda mientras pensaba en ella y no pudo evitar un suspiro. - Vengo acompañando a mi esposa. - dijo finalmente Kaelion de forma casual, pero su tono guardaba un matiz que no pasó desapercibido. Los ojos del sumo sacerdote se alzaron un poco, como si estuviera evaluando al emperador con cautela. - Espero que hagan de su visita algo agradable.
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