La habitación del niño estaba preparada desde semanas atrás. Las paredes claras, la cuna de madera oscura y los pequeños muebles daban un aire solemne y cálido al mismo tiempo. En la cómoda, la ropa doblada en perfecto orden: bodies diminutos, mantas bordadas y pañales alineados. Todo estaba listo para el heredero Novikov. Vladimir entró en silla de ruedas, con el gesto rígido, los ojos fijos en Arabella que caminaba despacio, todavía agotada después del parto. Su cabello caía desordenado, la piel pálida, pero en sus brazos sostenía algo que le daba fuerza: su hijo, envuelto y dormido. —Siéntate —le indicó Vladimir con voz firme, señalando el banco junto al cambiador. Arabella obedeció. Al acomodarse, la toalla que llevaba entre las piernas se manchó de sangre. Lo notó enseguida, el col

