El aroma a gasolina aturdía su nariz. El único aroma dentro del lugar era el del combustible, y un poco la desesperación de Norman por destruir todo lo que alguna vez tocó. Esa casa era simbólica. Allí comenzó la tortura psicológica con su esposa, los maltratos de Lane, y el fin de esa relación. Norman atrajo a su hijo como las sirenas con su canto, para hundirlo con él. Lane no estaba dispuesto a ceder, no hasta que le dijo que no volvería a ver a su hija si lo mataba, que lo correcto era morir con él para que su hija se salvara. No la vería más, pero moriría orgulloso por haberla salvado de las garras de un psicópata como él. El problema era que Lane no confiaba. Lane no confiaba en nada que dijera su padre. Norman era un ajedrecista y ese era su juego. —No te creo —dijo Lane cuando apu

