Elliot, de pie al volante del Serenity, observaba el amanecer por el este. Al principio las montañas eran meros monolitos negros indefinibles contra el horizonte, pero luego, a medida que las estrellas se apagaban y el cielo se aclaraba, la cordillera de Santa Ynez empezó a asumir sus características individuales. A su lado, en la silla del piloto, Holland roncaba ruidosamente. Las gaviotas revoloteaban juguetonas alrededor de la proa del yate, y de vez en cuando se oían sus gritos estridentes por encima del rugido amortiguado de los motores marinos. Holland resopló y se despertó de golpe en cuanto Elliot entró en el rompeolas. Parpadeó, bostezó prodigiosamente y miró su reloj. —Las cinco—, comentó. —No deberías haberme dejado dormir tanto—. Se levantó, luego se pasó la mano por la zona

