Al amanecer, no tenía uno ni dos mensajes del señor Carter, sino cuatro. Me había quedado dormida y eran las nueve de la mañana. Corrí a encender mi computador y registrar mi hora de entrada, el señor Carter debía estar enojado conmigo por mi desaparición. Le envié un mensaje de buenos días, dejando de lado mi orgullo y pidiendo qué necesitaba el día de hoy, pero jamás respondió. Bajé por mi desayuno y al llegar al pie de la escalera, escuché dos personas hablado y riendo. —¡Hola Mia! —dijo el señor Carter, mirándome de arriba a bajo, por mi pijama. Me acerqué a ellos y tomé asiento en la mesa para desayunar. —Buenos días —respondí al fin, pero un tanto dudosa —¿hace mucho que está aquí? —Sí, he trabajo desde tu habitación, tu madre me dejó, ¿te has dormido tarde ayer? Le di una m

