—¡Cuidado con las gradas!— Hago una mueca de dolor cuando se inclina peligrosamente hacia un lado. —¡Mierda!— Mara lanza el peso de su cuerpo hacia el otro lado en un intento de salvar mi tarta de arrecife de coral de tres pisos de caer al suelo. Pero está claro que sobrestima su fuerza, porque se desvía un poco hacia la izquierda y corre hacia los lados. Y no se detiene. Grazno y la persigo, tambaleándome sobre unos tacones que no tenía por qué llevar cuando tengo la capacidad de coordinación de un bebé. Mis tobillos se tuercen, provocando un canto constante de ow ow ows mientras corro tras ella con los pies apuntando el uno hacia el otro. Es tan doloroso que me planteo ponerme de rodillas y seguirla cojeando como Tarzán. Lo hacía parecer tan fácil, con esas pantorrillas fuertes y ese

