Doris y yo estamos discutiendo en silencio. La recepcionista me mira con esos ojos brillantes y yo le devuelvo la mirada porque esta hermana no está dispuesta a echarse atrás. —Doris—le digo con toda la calma que puedo entre dientes apretados. —Déjame subir. —No tienes cita—me responde. —Ve a concertar una y luego podemos hablar. —¡Trabajé aquí hace sólo un par de meses! ¡Usted me conoce! —¡Sí, como el acosador del Sr. Rey! —¡Estaba actuando! No soy una chica de una noche que está obsesionada con él. —Claro que no lo eres. —¡Doris! ¡Déjame ir a su despacho, mujer! Ella sacude la cabeza y vuelve al trabajo, coge el teléfono y se lo pone en la oreja. Qué valor tiene. Ni siquiera hay nadie en la línea. Resoplo. De acuerdo. Es hora de reagruparse e intentarlo desde otro ángulo. Esbozo

