—Uhhhhhhhh.
El sonido se registra brevemente en mi cerebro, pero aún estoy durmiendo, así que lo paso por alto.
—Ohhhhhhhh.
Hmm. Hmm. Vale. Ese ha sido definitivamente más difícil de ignorar. Ya estoy medio despierta y me doy la vuelta, molesta por ser parcialmente consciente de lo que me rodea y no estar sumergida en la paz y la tranquilidad.
—Ohhhh. ¡Ohhhh! ¡Siiiiii!
¡Maldita sea! Ahora estoy totalmente despierta y me siento, contrariada y apartando los pesados párpados. Me restriego el sueño y miro a mi alrededor en busca del origen del ruido. Hay algo más, un ligero golpeteo que no había distinguido antes. Pero está ahí, rítmico y constante. Escucho con más atención.
—¡Ohhhhhh, dios!
Guau. Hago una mueca de dolor y me tapo los oídos porque, j***r, qué fuerte. Tan fuerte y agudo como para romper un cristal. No me sorprendería que mis ventanas del suelo al techo se rompieran espontáneamente, pero me cabrearía muchísimo. El alquiler de este apartamento no es barato y mi negocio no va muy bien, lo que significa que estoy arruinado y no me doy cuenta del peligro que corren mis ventanas.
—¡Uhhhhhh!
¿Qué clase de gemidos son esos? j***r, mi atigrado muerto hacía exactamente esos sonidos cuando estaba a punto de cortar una bola de pelo. Resoplo casi de risa ante la idea de que Sir Bigotes se reencarne en forma de mujer gimiendo. Siempre fue un tipo travieso. También tenía un gran atractivo s****l. Una vez preñó a tres gatos en uno de sus paseos por el barrio, la muy guarra.
—¡SÍ!
Ya está. Me quito la manta de encima con una retahíla de maldiciones que rivalizan con el vocabulario de un marinero y me dirijo al salón. Aún no sé de dónde vienen los gritos de la estrella porno, pero parece que me estoy acercando. Mis oídos se agudizan al oír un gruñido profundo, el primero que escucho. Y supongo que debería estar igual de molesto por el tipo que claramente está recibiendo algo pero... wow. Es un gruñido fenomenal. Me llega especialmente cuando le sigue un gemido aún más profundo.
¿Qué tiene un hombre que gime en la cama? Es como si pudieras sentir el retumbar de sus cuerdas vocales justo en tu vientre y prácticamente conjurar un feto directamente allí. Si eso fuera posible, diría que tengo un par de gemelos atascados en mi vientre al son de un maravilloso j***r.
Me acerco a la puerta y, efectivamente, los gemidos se hacen más fuertes. Así que abro la puerta y no puedo ocultar que mis vecinos están recibiendo algo. Y por vecinos, me refiero a Hudson.
Claro, claro. Claro, claro.
¿Por qué no me sorprende? Externamente, jadeo en seco. Creo que ya he tenido bastante por esta noche.
—¡dios, sí, POR FAVOR! OHHHH!
Creo que se me puede haber partido un diente de lo fuerte que me rechina la mandíbula. Sin considerar mis opciones, porque siempre he sido demasiado impulsiva para mi propio bien, voy directa a la puerta de Hudson y llamo. En realidad, es un término generoso. La golpeo. Mucho más fuerte de lo que él golpea a Sir Bigotes 2.0. Golpeo y golpeo y golpeo y un adolescente que acaba de descubrir el sexo me pediría propinas, así de fuerte golpeo.
La puerta se abre y Hudson aparece de repente. Quiero decir que lo esperaba, pero no lo esperaba, ¿sabes? ¿Cómo podía estar preparada para la imagen que tengo delante: Hudson, sudoroso, ruborizado y jadeando mientras se esfuerza por sujetar una sábana blanca alrededor de las caderas? Mi mirada baja, porque sí, e inmediatamente me quedo con la boca abierta.
Está. Todavía. Duro.
Podría golpearme en la cara y dejarme inconsciente con esa cosa. Dulce misericordia.
—Siena.— Su tono es exigente y sin diversión. —Cielos, Siena. Mira aquí arriba.
—¡Me está mirando!— Me defiendo. Intento apartar la mirada. Lo juro. Pero... ¿Qué rayos ha hecho, meter un palo ahí?
Su pesado suspiro apenas se registra en mi cabeza mientras le veo hacer un nudo con la sábana. Luego apoya los antebrazos en el marco de la puerta y la maniobra tensa sus músculos a la perfección. Bíceps abultados, pectorales estirados, abdominales de tabla de lavar... En serio, podrías rallar queso en ellos.
—Quizá debería cobrarte por horas si vas a tardar tanto—murmura.
Vuelvo a mirarle justo antes de entrecerrar los ojos.
—¿Nunca te cansas de pensar que el mundo gira a tu alrededor?
—¿Nunca te cansas de ser un grano en mi culo?—. Se le traba la mandíbula. —Estaba en medio de algo.
—Corrección: estabas en algo y suena como una maldita masacre ahí dentro.
—¿Una masacre? ¿Eso es todo? Voy a tener que subir el nivel.
Gruño en voz baja.
—¡Maldita sea, Hudson! Algunos estamos intentando dormir.
—Algunos de nosotros estamos intentando follar. Supongo que ninguno de los dos está consiguiendo lo que quiere ahora.
Me tiemblan los ojos. De verdad. Hudson se da cuenta y levanta una ceja.
—¿Me estás diciendo que estabas disfrutando de lo que pasaba ahí dentro? Suena como Sir Bigotes.
Su ceño se frunce de inmediato.
—¿Qué coño? ¿Te refieres a tu gato obeso y muerto?
—¡Sí!
—No, no se parece—. Se burla. Su boca se abre, se cierra. Luego otra vez. Un gruñido irritado. —Maldita sea, Siena. Deja de meterme mierda en la cabeza.
—Sabes que es verdad. ¿Ves?
Se tira de las dos muñecas como le vi hacer con sus gemelos, pero se detiene en seco cuando se da cuenta de que no los lleva puestos y sacude la cabeza.
—Vete a casa. No voy a hacer esto contigo ahora.
—¿Haciendo qué?
—Esto. Las discusiones estúpidas y esas mierdas. Era divertido cuando éramos niños pero ya no, Siena. Yo no juego.
—¡Yo tampoco!
—Sí que juegas—. Su cara es impasible y molesta al mismo tiempo. —Buenas noches.
Me cierra la puerta en las narices, dejándome boquiabierta. ¿Acaba de decir que juego? ¡Qué descaro!
Él era el que solía actuar como si yo personalmente le hubiera metido un palo por el culo cuando dejamos de ser amigos, siempre mirándome desde su alto pedestal en el que lo colocó nuestro instituto. Él es el que probó la buena vida, las chicas y los partidos de bienvenida y las miradas en los pasillos, y se olvidó de mí.
Cara de idiota. Cabeza de v***a. Idiota.
Murmuro una serie de insultos creativos en mi cabeza mientras me retiro a mi apartamento, casi pisando fuerte hasta mi habitación y cayendo dramáticamente de bruces sobre la cama.
El cabrón ha cumplido su promesa: han estado aún más ruidosos el resto de la noche.
Estoy agotada cuando suena el despertador. Como persona madrugadora, no estoy acostumbrada a despertarme y desear volver a dormir, pero eso es exactamente lo que hago después de silenciar el teléfono.
A regañadientes, salgo de la cama y me arrastro hasta el baño, donde empiezo mi rutina matutina. Me lavo, me pongo la ropa de correr, salgo a correr por la mañana, vuelvo a casa, me ducho, me visto, preparo café y salgo por la puerta.
Estoy bostezando en mi termo cuando oigo abrirse la puerta de uno de los apartamentos. No le doy importancia, al menos hasta que oigo risas y el inconfundible sonido de un beso. Echo un vistazo al pasillo y veo a una mujer apoyada en la puerta de Hudson, con la mitad inferior de su cuerpo asomando por la puerta. j***r. Tiene un culo fenomenal. Eso explica muchas cosas.
Cuando la mitad superior de su cuerpo se asoma, miro rápidamente hacia otro lado antes de que me pillen. Entonces aprieto el botón del ascensor como si fuera mi clítoris y suplico en silencio que se corra ya. Inserto una risita debido a la hilarante insinuación.
Prácticamente, me lanzo en el momento en que se abre la puerta del ascensor y procedo a pulsar el botón de cierre tan rápido como puedo. Mi suspiro de alivio se ve truncado cuando una mano se atasca en el fino espacio que hay entre las dos puertas del ascensor y hace que vuelvan a separarse.
La mujer, tan guapa como esperaba, me sonríe descaradamente mientras entra y se dirige a una esquina del ascensor. Mi sonrisa se debilita. Algo caliente me hace cosquillas en el centro del pecho mientras la miro fijamente. Pelo de cuervo -y una melena súper evidente-, ojos azules deslumbrantes, figura de reloj de arena... parece una modelo. Doy un sorbo a mi café y aparto la mirada.
—Bonita mañana, ¿verdad?—. Me guiña un ojo. Asiento con la cabeza cuando suelta una carcajada ronca. —Lo siento. Acabo de pasar una noche increíble. El hombre con el que estaba...— Suelta un suspiro. —Dios. No sabía que los hombres podían follar así. Fue sorprendentemente generoso. Obviamente, valoraba mi placer, ¿sabes? No era todo hey, chúpame la polla antes de que te la meta. ¿Quién iba a decir que servían para algo después de todo?
Resisto las ganas de vomitar. No necesitaba saber cómo funcionaba Satán en la cama. Aunque sí me sorprendió que el arrogante imbécil diera aparentemente lo mismo que él. No suena a él en absoluto. Pero sus maullidos de repente tienen sentido. Pensé que estaba exagerando sus gemidos, pero home-girl lo estaba sintiendo honestamente.
—Eso es muy mono—. Señala mi bolsa con el logo de Siena's Sweets. —¿Es de una pastelería?
Vuelvo a asentir y me aclaro la garganta.
—Sí, es mía. Justo enfrente, de hecho.
Ella asiente, impresionada.
—Qué bien. Entonces necesito comprar algo. ¿Te diriges allí ahora?
Parpadeo impresionado. Es tan... simpática. ¿En qué rayos estaba pensando metiéndose en la cama con el diablo? Está claro que Hudson tiene buen gusto con las mujeres, pero esta chica tenía que mirar más de cerca a sus propias conquistas.
—Um, si. Tengo que prepararme primero y pasará una hora antes de que tenga algo que ofrecerte.
—No hay problema—. Saca su teléfono. —Mi chica y yo siempre estamos buscando una panadería decente para colarnos algunas calorías durante nuestro descanso para comer. Me pasaré con ella. ¿Dijiste al otro lado de la calle?
Parpadeo de nuevo. ¿Qué está pasando? No puedo hacer más que asentir mientras ella envía un mensaje antes de volver a guardar el teléfono. El ascensor llega al vestíbulo y ambos salimos.
—Encantado de conocerte.— Mira mi bolso. —Siena, supongo.
—Ajá—, murmuro.
Me tiende la mano y se la estrecho.
—Dani. Nos vemos en el almuerzo.
—Vale—, me encuentro diciéndole a su espalda que ya se retira. Extraño no es ni por asomo.