Esa misma noche, Dante no lo vio venir. Eso fue lo que más le preocupó. El traslado debía ser rutinario: de la cárcel preventiva al juzgado para una audiencia menor que probablemente sería aplazada. Dos guardias. Una furgoneta. Una ruta corta. El tipo de trayecto que nadie mira dos veces.
Por eso funcionó. La furgoneta nunca llegó.
El informe diría después: “fallo mecánico”. “Desvío por obras”. “Interferencia externa no identificada”.
Tres frases limpias para una cosa sucia.
Isla lo supo por un mensaje sin remitente:
“No está donde debería.”
Eso fue todo. Isla dejó caer el teléfono sobre la mesa.
Camila la miró.
—¿Qué pasa?
—Dante.
—¿Qué con él?
Isla ya estaba buscando llaves de su auto.
—No está donde debería.
—¿Eso qué significa?
—Significa que alguien lo movió.
Camila palideció.
—¿Lo sacaron?
—No oficialmente.
—¿Eso es posible?
Isla la miró.
—Con suficiente poder, todo lo es.
Horas después, el sistema aún decía que Dante estaba en tránsito. Nadie sabía desde cuándo. Nadie sabía hacia dónde. Un hombre que existía en papeles pero no en el mundo.
Zona muerta.
Isla llamó a Ramírez.
—Desapareció. - grito Isla al teléfono.
Silencio.
—¿Cómo?
—No llegó.
Ramírez maldijo en voz baja.
—Eso no es bueno.
—Eso es Helios.
—No podemos probarlo.
—Entonces pruébelo cuando aparezca muerto.
Silencio largo.
—Voy a mover lo que pueda —dijo Ramírez—. Pero no mucho.
—Muévalo igual. – le contestó Isla cortando la llamada.
Isla condujo hasta el centro de detención. Nadie la esperaba. Eso también era respuesta.
La guardia miró la pantalla.
—Vega salió esta mañana.
—¿A dónde?
—Eso no figura.
—Entonces ¿quién lo tiene?
La guardia levantó la vista.
—No sé si alguien lo tiene.
Isla sintió frío.
—¿Qué quiere decir?
—A veces el sistema pierde cosas.
Isla rió sin humor.
—El sistema no pierde hombres así.
Salió del auto. El teléfono vibró. Número desconocido.
—No te muevas.
La voz era de Dante.
Isla cerró los ojos. Sintiendo el alivio caer sobre sus hombros.
—¿Dónde estás?
—No lo sé exactamente.
—¿Estás herido?
—No todavía.
—¿Estás solo?
Pausa.
—No.
Isla apretó el volante.
—¿Quién está contigo?
—Gente que no quiere que salga.
—¿Dónde?
—Un lugar blanco.
Isla cerró los ojos.
—Eso no ayuda.
—Eso es lo que quieren.
Isla respiró hondo.
—Escúchame. Vas a mirar a tu alrededor y me vas a decir lo primero que veas que no pertenezca ahí.
Silencio.
—Una planta.
Isla frunció el ceño.
—¿Qué tipo?
—Una palma pequeña. De interior.
Isla cerró los ojos.
—Eso es una clínica.
—No una oficial.
—No.
Silencio.
—Isla.
—Estoy aquí.
—Si no salgo…
—Vas a salir.
—Prométeme algo.
Isla tragó saliva.
—¿Qué?
—No negocies por mí.
Isla apretó los labios. Las lagrimas a punto de derramarse.
—Eso no es una promesa que pueda hacer. -dijo ella.
Dante respiró.
—Entonces no lo hagas por mí.
Isla cerró los ojos. Sintiendo que ya no podía mas con esta situación.
—Eso es peor.
—Lo sé.
La llamada se cortó de la nada. Isla golpeó el volante con el puño. Tratando de liberar la frustración.
—Mierda.
Camila la miró.
—¿Qué vas a hacer?
Isla respiró hondo.
—Lo que Helios no espera.
—¿Qué es eso?
Isla levantó la vista.
—Ser visible.