64. La niebla era nuestra única testigo. Salimos de la ciudad y nos adentramos a un desolada carretera, como en los viejos tiempos. Se estacionó a orillas de una laguna. —Baja —dijo, mientras dejó el carro en marcha se bajó con facilidad. El coche se fue hundiendo en la laguna. Pero había un pequeño problema. ¿Cómo saldríamos de ahí? Caminamos hasta encontrar la carretera. Un auto viejo estaba cerca. Alzó la mano y pidió con gestos que se detuviera. El coche se detuvo a unos pasos. Si yo lo hubiera hecho jamás habría pasado, estaba segura de eso. El hombre bajó la ventanilla. —Voy hasta la primera entrada… ¿le sirve? —le preguntó a Frederic sin dirigir los ojos hacia mí. —Perfecto. Usted es de los pocos caballeros que quedan en esta ciudad —le dijo Frederic mientras nos acomodábam

