7.

616 Palabras
7. Desde que me había recuperado de la caída, Rosita, Carlos y yo, salíamos a merodear por los alrededores de la casa, pero siempre yo terminaba contándoles mil historias, de mi vida en las laderas no, lo tenía prohibido por la señora Clara, siempre terminaba contándoles sobre Aleksander, y nuestros memorables paseos, y citas románticas, como las que tenía la princesa Antonieta. Carlos y Rosita siempre me creían, pero yo sabía que todas esas historias ocurrían, solo que en mi mente. Aleksander… Estaba ansiosa por que volviera pronto a casa. Mientras tanto, la señora Clara, se encargaba de recibir a la maestra particular que había contratado para que me diera clases en privado. La maestra María era agradable, y me repetía las veces que hiciera falta las cosas, porque yo tenía siempre mi mente lejos, siempre pensaba en lo que diría Aleksander al llegar, si me viera más bonita, más grande, más mujer. —Camila… resuelve la operación —me decía la maestra. —Sí, señorita. Trataba de hacerlo, en serio, pero mi mente estaba lejos. Esos días Stefan venía a diario, desayunaba cerca de la piscina, luego pedía sus platos favoritos. Me veía de lejos, siempre con esa mirada de halcón, tan suya. Yo ya no me acercaba a él, sobre todo porque siempre estaba malhumorado. —¿Por qué no vienes a hablarme, Camila? —dijo esta vez, que se dirigía a la sala de estar y yo iba de salida al jardín. Me fui acercando como un pajarito tímido a la trampa. —Siempre te mantienes apartada cuando estoy acá… —dijo—, comenzaré a creer que no te agrado. Pero la verdad era que Estefan me intimidaba, y mucho, siempre tenía motivos para que la señora Clara mande a regañar a alguna de las chicas de la limpieza o a Chelita, la cocinera, y mamá de mis amigos. Estefan no era una persona fácil de tratar, no era como Aleksander. Teniendo todo eso en la cabeza, retrocedí y me fui rápidamente, desaparecí de su vista. … Una semana después, cuando Aleksander ya estaba de regreso, todas las habladurías de que yo era su novia y que teníamos planes de casarnos llegaron, indudablemente a sus oídos. Yo me puse pálida, pero él, como todo caballero, se mantenía relajado, y cuando uno de sus colegas y amistades le hacían comentarios al respecto, siempre salía con que “es lo que hace la gente” pero yo estaba preocupada, creía que, si se enteraba que en parte era culpa mía, me mandaría a una de esas casas en las que dejaban a los huérfanos. Pero, por lo que le escuchaba decir, no estaba interesado en responder semejantes acusaciones, y se lo tomaba con toda calma. —Es la gente que tiene que inventarse cosas para pasar el rato... ya se aburrirán… —decía, restándole importancia. Pero, aunque era lo que todos queríamos, no era la realidad, y, todos esos inventos de la gente, llegaron bastante lejos. En las calles se podían escuchar los comentarios de la gente común: —¿Qué hace un hombre como él con una niña a solas? —Dicen que pasan días a solas… ¡sabrá dios! En los últimos días de ese mes, la mayoría del tiempo, Aleksander se la pasaba encerrado en su biblioteca y yo, andaba sola merodeando en el jardín. Rosita y Carlos se habían vuelto a su casa, luego de que rompiéramos unos jarrones carísimos, que según la señora Clara habían sido traídos desde Polonia, que habían pertenecido a la familia y que habían perdurado en todo ese tiempo hasta que yo los había quebrado cuando jugaba a las escondidas.
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