Olivia Caminamos por la Plaza Mayor, sin rumbo alguno y solamente disfrutando del soleado día que nos tocó y por supuesto, de nuestra compañía. Miro a mi alrededor y me percato de una vendedora ambulante, que está de pie a un lado de la Plaza, con su carrito de algodón de azúcar. Samuel también la ve y sin decir nada, comienza a caminar hacia ella, llevándome con él de la mano. —¿Nos puede dar dos algodones de azúcar? Por favor —pide él amablemente. La señora nos observa y asiente con una sonrisa en los labios. —No hay nada más esperanzador que una joven pareja de enamorados —murmuma ella, mostrándose muy ilusionada al ver nuestras manos unidas. Me sonrojo ante su comentario y Samuel me guiña un ojo, luego me jala más hacia él y deja un beso en mi mejilla. La señora sonríe ampliamen

