04

1940 Palabras
Olivia Despierto gracias al ruido de mi celular. Sin abrir los ojos del todo, lo tomo y por el timbre me doy cuenta de que tengo una llamada entrante de mi madre. Contesto la llamada e intento poner mi mejor voz, para pasar desapercibido en hecho de que estoy recién despertando. —¿Hija, te irás a clases desde casa de Amanda? Me siento una sucia mentirosa, pero aún así mantengo mi mentira hasta el final. No quiero que mi madre piense que voy a arruinar esta oportunidad de la beca para estudiar en la Universidad. Que haya salido una noche de fiesta, no quiere decir que siempre será así. De hecho, mi cabeza duele tanto, que no creo repetir pronto la experiencia. —Sí… ¡ya estamos saliendo de su casa! —abro los ojos, adaptándome a la luz de la habitación y caigo en cuenta de que no recuerdo cómo llegué a este lugar—, te llamo luego mamá, te amo. —¡Que les vaya bien! —chilla emocionada—. Nos vemos, hija. Te amo. Masaje mi cabeza y suelto un suspiro. Observo mi ropa y todo está intacto, salvo que tengo algunas manchas de vómito en la camisa a cuadros rosa que traigo puesta. Poco a poco me coloco de pie y me fijo en la habitación en la que estoy; las paredes son blancas y hay algunos cuadros minimalistas que decoran el espacio. Es una habitación muy amplia, incluso más que la mía. Después de todo, recuerdo que Samanta comentó que vivía en un condominio privado, al igual que Hazel. Unos ruidos afuera me alertan y pronto escucho un golpe en la puerta. Me dirijo a abrir, pero pego un salto involuntario cuando una voz habla al otro lado de la puerta. —Será mejor que traigas tu feo culo aquí. Aquella voz masculina me eriza la piel, porque mi primera reacción ante el sexo opuesto siempre será el miedo, pero aun así tomo valor y abro la puerta. Siento que me quedo sin voz, porque tengo frente a mí a un chico tan guapo, que me quita el aliento. Es alto y tiene unos preciosos ojos color azules eléctricos. —Ho-hola —saludo avergonzada. Siento el sonrojo invadir mis mejillas de inmediato. >, me digo a mí misma. —Lo siento —sonríe y niega con la cabeza repetidas veces. Me observa de arriba hacia abajo, escaneándome, lo que me hace sentir muy incómoda, porque sé que mi aspecto deja mucho que desear en estos momentos—. Veo que estuvieron de fiesta. Asiento con la cabeza y bajo la mirada, porque me siento expuesta y muy avergonzada ante este guapo chico. Él se cruza de brazos y no deja de sonreírme, lo que me pone muy nerviosa. —Buenos días —escucho la alegre voz de Samanta provenir del pasillo. Consigo calmarme un poco al saber que ella está cerca. —¿Me explicas que haces aquí? Tienes clases —cuestiona el chico frente a mí, observando fijamente a Samanta. La rubia aparece tras él y me sonríe de inmediato, ignorando al chico. —¿Cómo dormiste? —me pregunta. —Bien, gracias por permitirme dormir en tu casa —agradezco con sinceridad. El pelinegro de ojos azules se ríe con gracia ante mi agradecimiento, lo que me hace sentir aún más estúpida. —¿Su casa? —cuestiona y apunta con el dedo índice a Samanta—. Eres terrible —le da una mirada divertida a Sam, lo que me confunde en gran medida. —No estoy entendiendo… —digo en un susurro—. ¿Tú quién eres? Él me enfoca con sus penetrantes ojos azules y sonríe nuevamente, haciendo que me derrita un poco. Extiende su mano hacia mí, lo que me parece bien, por lo que se la estrecho, sonriendo levemente. —Samuel Evans, un gusto —me guiña un ojo y siento que un cosquilleo invade la base de mi estómago. —Ey, con mis amigas no, Don Evans —Samanta se cruza de brazos y le da una palmada en la espalda al pelinegro. Él rueda los ojos y suelta mi mano. —Debo ir a la Universidad, luego nos vemos —dice observando a Samanta, luego se gira y me da una leve sonrisa. —Un gusto, verde. Se retira del lugar y me deja marcando ocupado. —Siempre apoda a las personas por el color de sus ojos —Samanta me toma de la mano y me arrastra fuera de la habitación—, solo ignóralo. La sigo de cerca y quedo anonadada con todo lo que veo a mi alrededor. Se nota a lo lejos que ellos tienen mucho dinero y es ahí cuando el comentario de Hazel comienza a tener sentido, debo comenzar a vestirme mejor si quiero relacionarme con las personas que conoceré en la Universidad. —¿Son hermanos? —pregunto. Samanta entra a una habitación, la cual es aún más grande que la anterior y las paredes son de color rosa pastel. —No precisamente, es mi mejor amigo —explica. Me quedo parada en el umbral de la habitación y observo como la rubia abre un gran closet y comienza a sacar ropa de ahí, dejándola sobre la cama King que está a un lado. —¿Y viven juntos? —cuestiono con mucha curiosidad. La verdad es que por la forma en que hablaron frente a mí, cualquiera diría que son familia, hermanos de sangre. —Es una larga historia —suspira—. En resumen, mientras su padre está en viajes de trabajo, me quedo aquí a acompañar a Samuel, porque su madre también viaja mucho. Digamos que mis padres también están muy ocupados en sus negocios, por lo que Samuel y yo nos acompañamos mutuamente, desde hace mucho tiempo. Nos hicimos amigos en el jardín de niños. Samanta se gira hacia mí y me hace una seña para que me acerque. Me adentro en la habitación y camino hasta ella, observando toda la ropa que tiene sobre la cama. Bajo la mirada hasta mis jeans y botas viejas, sintiéndome muy poca cosa comparado a todo lo que Samanta tiene en su enorme closet. —Creo que tu amigo se molestó al verme aquí —menciono, porque después de todo esta es su casa y yo una completa desconocida. Samanta me mira con una sonrisa y niega con la cabeza. —Claro que no, eres bienvenida siempre que quieras. Samanta toma unas calzas de cuero negras y me las extiende, junto a una playera hermosa con escote corazón, de color rosa palo. —¿Qué se supone que haré con esto? —pregunto confundida. Ella se gira y toma una chaqueta de mezclilla. —Ve a ducharte, mujer. Tenemos que ir a clases —ella va hasta un mueble, del cual toma shampoo, jabón y un exfoliante, me deja todo en los brazos y luego señala una puerta dentro de su habitación—, por ahí tienes el baño. Ocupa lo que necesites, estás en tu casa. Franco viene por nosotras en media hora, para ir a la Universidad. —Gracias, Sam —digo con sinceridad. Ella me guiña un ojo y continúa buscando dentro de su gigantesco closet. —Tranquila, no pasa nada. Me adentro en el baño y mi boca cae al piso al ver el lugar. Puedo ver una gran bañera, en la que fácilmente entran cinco personas, además de que la decoración es tan elegante, que me siento una intrusa. Intento relajarme y pensar en que no estoy haciendo nada malo. Me han invitado y Samanta me dijo que me sintiera cómoda de ocupar su baño, o el de Samuel más bien dicho. Me desvisto rápidamente, dejando a un lado mi ropa sucia y me meto a la bañera, llevando conmigo los útiles de aseo que Samanta me entregó. Poco a poco me relajo, permitiendo que el agua caliente que comienza a salir de la llave logre retirar la resaca de mi cuerpo. (…) Salgo del baño con la ropa de Samanta puesta y debo reconocer que me gusta mucho lo que el espejo me muestra, además me siento cómoda. En definitiva, debo ir a comprar ropa nueva. —¿Estás lista? —cuestiona Samanta, entrando en la habitación. Trae puesto un hermoso vestido floreado, color amarrillo, que combina perfectamente con el tono de su cabello. Franco realmente tiene suerte, porque Sam es hermosa. —Sí, estoy lista —señalo con una sonrisa. —Deja tu ropa aquí, pediré que te la laven y luego puedo entregártela —propone. Asiento con la cabeza, porque no me gustaría llegar a casa con mi ropa sucia y fermentando a alcohol. —Gracias, Sam. Ella toma la ropa de mis brazos y le deja en una cesta, junto a otra ropa, que supongo también está sucia. —Vamos, Franco está abajo. Salimos de la habitación y nos dirigimos al primer piso, lo que me hace tener leves recuerdos de la noche anterior, pero todo es muy borroso y no logro recordar con claridad lo que sucedió luego de que subí al automóvil de Franco. Samanta se asegura de cerrar bien la puerta y caminamos hasta un enorme portón que rodea la gigantesca casa de Samuel. Estoy completamente en shock, porque esta casa parece de película estadounidense, lo que me hace entender que Samuel tiene mucho dinero. Me avergüenzo al recordar el estado en que me vio esta mañana, pero mis pensamientos se esfuman cuando el automóvil de Franco se estaciona frente a nosotras. —¿Necesitan un aventón? —pregunta Franco con diversión, una vez que baja el vidrio. Samanta rueda los ojos con una sonrisa y luego subimos al automóvil. —Creo que voy tarde —dice Sam en un murmuro. Observo mi horario y me fijo en que mi primera clase del día comienza en media hora, lo que es un alivio, porque no me gustaría llegar tarde en mi primer día oficial de clases. Me fijo en que tengo mil mensajes de Amanda, los cuales ignoro, porque mi cabeza aún duele demasiado por la resaca y lo que menos quisiera hacer en estos momentos es hablar del imbécil de Hazel. Luego ya tendremos tiempo para conversar y que me cuente sobre lo que pasó anoche en el bar, aunque siendo sincera, no creo que haya mucho que explicar. Su novio es un imbécil y ya. Odio que Amanda no pueda ver lo mismo que yo veo, pero no me queda más que apoyarla en su relación, aunque yo sepa que ella merece mucho más de lo que algún día él puede llegar a entregarle. —Creo que ya te abdujeron los marcianos, Ollie. Algo se remueve dentro de mí al escuchar ese maldito apodo, pero sonrío y finjo que todo está bien e incluso me permito fingir una risa para Franco. —Gracias por traerme, chicos. Samanta me recalca una vez más que no hay problema y que siempre que quiera, puedo ir a visitarla a casa de Samuel. De hecho, Franco menciona que sus compañeros de medicina nos han invitado a una fiesta. Les digo que sí a todo, me despido agradeciendo nuevamente todos sus gestos y me bajo del automóvil. Me quedo de pie en la entrada de la Universidad, observando todo a mi alrededor. "Esta es tu oportunidad para convertirte en una nueva persona, Olivia", pienso. Sonrío, creyendo en mis propios pensamientos y me adentro en los largos pasillos de la Universidad, trayendo a mí pensamientos positivos sobre mi estadía en este lugar.
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