MAKARENA —Mmmm, oh, Yanka —gimo al sentir su lengua saboreándome de manera increíble. La electricidad y el placer que Yanka me da recorren mi cuerpo. —Eso es, conejita, gime mi nombre —me dice con su voz ronca y en susurros. Entonces, una idea cruza por mi mente, la cereza del pastel... —Ya eres mío, Yanka Lombart, y serás mi conejito —le digo, aunque al explotar en su cara, no sé si me ha entendido. —Eso estuvo... delicioso, conejito —sonrío. La maldad me recorre. Pero él alza una ceja y me pregunta: —¿Conejito? —Eso eres. Mío —digo con posesividad. Mientras él se viene sobre mí y me penetra de manera deliciosa y suculenta. —Mmmm, ohhh, conejito —gimo. —Soy tuyo, mi Reina —me contesta, y eso era lo que en realidad necesitaba saber. Yanka sigue con sus embestidas fuertes, y esto

