Capítulo dos: Niñera del Príncipe
No sé qué decir, cómo actuar o cómo dejar de mirarle perpleja. Mi cerebro continúa en su letargo, asimilando la idea de que rey sea mi posible jefe.
—Uuh —balbuceo—, yo…
—Lamento que la hayan traído con tan poca antelación, señorita —el monarca toma la palabra y me siento a punto de desmayarme. Me niego a creer que me encuentro a solo unos metros del dirigente del país—, pero Felix es así, siempre actúa rápido.
—Es mi deber, majestad —salta el aludido.
—Y por ello estás donde estás. Ahora —sus ojos claros como el cielo al amanecer se posan en mí, provocando una mayor estupefacción—, señorita…
Extiende un brazo hacia mí en tanto yo solo puedo observarlo nerviosa y embobada a partes iguales.
Yo… lo he visto únicamente en los medios. ¡Jesús! En persona es mucho más apuesto. ¿Cómo puede ser que, de ser una desempleada desdichada, haya pasado a estar cara a cara con el rey?
Él sigue con el brazo extendido y yo reacciono, solo para perderme nuevamente en mis desvaríos.
«¿Cómo se supone que debo saludarlo?»
Bueno, no le voy a dejar con la mano colgada, pues por algo me la ha ofrecido. ¿Debo besarla? ¿Hacer una reverencia? Tal vez debería hacer ambas cosas.
Al final, mi cuerpo hace lo que le da la gana y opta por estrecharle dicha mano.
—Soy… Odette Dupont, su majestad.
Él se remite a asentir antes de romper el contacto de nuestras pieles. ¡Qué ojos más espectaculares tiene! Nunca había visto esa tonalidad de azul. Y cuando los veo brillar con intensidad, siento cómo se me debilitan las rodillas al punto de obligarme a sostenerme del escritorio a mis espaldas.
—Veamos —dispone luego de ofrecerme asiento—, tengo plena confianza en mi secretario y si él confía en usted, entonces le daré el puesto.
«¿Así sin más?», cuando creo que no puedo sorprenderme más, me ofrece un empleo sin pregunta o prueba alguna.
—Yo… —no tengo idea de cómo consigo encontrar mi propia voz— gracias, majestad.
—Excelente —expresa con la expresión indescifrable—. Entonces, comenzaré por presentarte a mi hijo de nueve años, el Príncipe Bastian.
De pronto, un sonriente niño aparece en escena junto a mismo hombre que me trajo.
—¡Qué bueno conocerte! —exclama entusiasmado—. Felix me dijo que te llamas Odette, como la Princesa Cisne. Yo soy Bastian.
El pequeño amplía su sonrisa, causándome una ternura nunca antes experimentada, antes de extenderme una caja repleta de rosas rojas.
»Las recogí en el jardín yo mismo —añade—. Pensé que te gustarían.
¿Esta es la dulzura que me tocará cuidar? Si es así, mis días atareados llenos de preocupaciones se han acabado. ¡Es un encanto!
—Son hermosas, majestad —recibo el presente gustosa—. ¡Me encantan!
Me acerco para aspirar el delicioso aroma de las flores y de un momento a otro, noto un movimiento dentro de la caja. Miro más de cerca y entonces, escucho un extraño ruidito.
—Espera, ¿qué es esto? ¡Dios mío! —suelto un agudo chillido en cuanto veo una rata asomar la cabeza y posteriormente, lanzo la caja al aire.
El animal sale volando y vuelvo a gritar cuando lo veo aterrizar en la cabeza del rey. Quiero morirme, juro que en este preciso instante desaparecer de la faz de la tierra es mi más profundo anhelo.
—¡Por el amor de Dios, Bastian! —escucho la voz del secretario como si estuviera a leguas de distancia, a la vez que yo permanezco totalmente petrificada.
No sé si he entrado en estado de shock, pánico o simplemente he abandonado este mundo. Han sido las veinticuatro horas más intensas de toda mi vida.
No obstante, el monarca se mantiene muy tranquilo mientras toma al roedor por la cola con lentitud. Yo por mi parte, cierro los ojos tratando de borrar la imagen ante mis ojos.
—Creo que regresaré a este amiguito al jardín —su voz se mantiene neutral como desde un principio. Me pregunto si tal actitud será una de las habilidades que vienen con la corona.
Se acerca a la ventana lateral que da una vista preciosa de los jardines del palacio y la abre antes de colocar al ratoncillo —ahora puedo ver que es diminuto— en el alféizar. El pobre sale corriendo apenas le dejan en libertad.
«¡Padre nuestro que estás en el cielo, acabo de lanzarle un ratón al rey!»
—Lo lamento, lo lamento mucho, majestad —comienzo a soltar disculpas por la boca de manera descontrolada—. ¡No me di cuenta! Yo… lo tiré sin querer… ¡Él salió volando! ¡No era mi intención, se lo juro…!
La estruendosa carcajada detiene en seco mis desvaríos. Sin embargo, una vez más vuelvo a quedarme estupefacta. ¡El rey está riendo!
«¡Y qué risa!», añade mi subconsciente.
—¿Quién nos iba a decir que los ratones podían volar? —cuestiona con diversión—. ¿Cierto, señorita Dupont? Es mejor que se vaya acostumbrando, el príncipe acostumbra a hacer este tipo de travesuras.
«¡Y yo que pensaba que era un ángel!»
«¡Menudo diablillo de cara bonita!»
El susodicho frunce el entrecejo primero en torno a mí y luego a su padre.
»Bastian —le llama este último—, le debes una disculpa a la señorita Dupont. Te escuchamos.
El principito simplemente nos arroja un indignado resoplido para luego salir corriendo por la puerta. Lo curioso es que ninguno de los dos individuos presentes hace ademán de seguirle.
»Creo que debería disculparme en su lugar… —resopla el monarca.
—No, majestad —replico de inmediato—. Ya él lo hará cuando esté listo.
—No muy estoy seguro de si ese día llegará —objeta apesadumbrado.
—En cambio yo tengo la certeza de que lo hará —aseguro—. Tengo experiencia con niños así. Solo te atacan verbalmente o mediante travesuras inocentes. Cuando los pequeños pierden a sus madres…
La mirada se le endurece de pronto y opto por callarme.
«Yo y mi boca», me reprendo, pues parece que he ido demasiado lejos.
«¿Pero cómo se me ocurre mencionar el fatídico suceso de la difunta reina?»
El país entero lloró su muerte y la familia real… bueno, es evidente que todavía no se recupera del golpe.
Un incómodo silencio se forma entre los dos, hasta que él decide volver a tomar la palabra:
—Estoy seguro de que puedes discutir los detalles sobre el empleo con mi secretario —señala al sujeto que ha cambiado mi vida con una simple proposición—. Si le soy sincero, espero tenerla por aquí mucho tiempo, señorita Dupont.
—Entonces —murmura Felix una vez nos quedamos a solas, antes de extenderme el contrato más generoso que me han ofrecido jamás—, ¿aceptas el reto? ¿Puedes hacerte cargo del heredero al trono?
No lo sé. ¿Puedo trabajar con el Rey? La paga será buena, pero… estamos hablando de cuidar a un príncipe. Y por lo visto, uno muy malicioso.
—Yo… no estoy segura, Felix —me sincero, tomándome la libertad de tutearle. Total, ya lo hice cuando lo confundí con un acosador psicópata.
—Odette, he presenciado tu don con los niños en persona —alega tratándome con la misma familiaridad—. Bastian es algo… hiperactivo, pero no tengo dudas de que con la guía adecuada se tranquilizará. Tú eres la indicada, lo supe desde que atrapaste a esa niña caprichosa y la convertiste en una mansa paloma.
—No fue para tanto —bufo.
—De todas formas, ¿te irás sin intentarlo? Trabajar en el palacio tiene muchas ventajas —añade con un tono sugerente.
¿Cómo es posible que la vida te cambié por completo en unas horas? Ayer estaba acostando a los mellizos Durand y hoy… he conocido al rey y hasta una rata le he arrojado encima. Mi madre creía en el destino y solía decir que nuestras vidas han sido escritas desde el preciso instante en que nacemos. Así que, por primera vez, me dejaré guiar por sus consejos.
—¿Pues sabes qué? Tienes razón. Acepto, Felix.
—¡Perfecto! —une sus palmas en un único aplauso—. Te dejaré en tu casa y arreglaré todo para tu traslado.
—Mi… ¿mi traslado? —inquiero dubitativa.
—Por supuesto, a partir de ahora vivirás en el palacio. De esa forma estarás al pendiente de Bastian —alude—. ¿Hay algún problema al respecto?
—Yo… —dejo escapar una larga exhalación—, supongo que no.
—Muy bien. ¿Puedes comenzar en dos días?
Asiento en silencio antes de permitirle conducirme hacia la salida.
Veamos, la buena noticia es que vuelvo a tener trabajo y por consiguiente, una fuente estable de ingresos; la mala, presiento que este será el comienzo de la mayor aventura de toda mi existencia.
Llego a casa y me recuesto en la puerta de la sala apenas cierro, sabiendo que me he convertido en la nueva niñera del Príncipe de Mónaco y presiento que necesitaré valentía y resistencia para mantener el título.