EN EL LUGAR DE LOS HECHOS

1898 Palabras
Juan María Pinchao, había subido el sábado hasta la finca del placer, tomo unas fotos, hablo con los empleados, se detuvo frente al cuarto principal de la casa , cerca a la mesa donde estaba el florero con claveles rojos y observó el vaso de whisky con un botón blanco que aún permanecía dentro de él . El Señor Miguel había ordenado que todo esté igual a como quedó después de la madrugada del día jueves. El inspector recorrió con su mirada desconfiada todo el lugar. El día lunes busco en la ferretería principal a don Miguel, lo encontré solo hasta el martes. El prospero comerciante lo atendió de n***o por el luto que guardaba , había llevado a su hermana Praga hasta su ciudad natal para enterrarla . Miguel había asumido toda la responsabilidad mientras se aclaraban los hechos que eran materia de investigación . El inspector noto todo normal , atendiendo instrucciones superiores , sólo se había limitado a recoger declaraciones de los cuidadores de la finca el placer, tomar fotografía del lugar de los hechos . Levantó un informe y remitió el asunto ante el juzgado competente . Desde que tuvo conocimiento de aquellos hechos, José María Pinchao , vivió muchas noches de soledad .Sentado en el viejo escritorio, debajo del atorado ventilador, pensaba en los acontecimientos sucedidos en la finca el placer. Algo rondaba su mente, que no lo dejaba dormir, eran tantos comentarios, tantas cosas. Sabía que hubo algo más que un accidente o una muerte de un caballo achacoso, unos bultos de abonos rotos. La muerte de Praga no era casual, había algo más en torno a las deidades de una vida de apariencias y derroche, que usualmente gentes adineradas de la ciudad utilizaban los parajes de la montaña para sus francachelas. El que era un hombre de campo, nacido entre las bellezas silvestres de los andes, crecido bajo las querencias de las fiestas de pueblo, donde se tomaba chicha y aguardiente, se enamoraba y los problemas no pasaban de una pelea a trompada limpia. No podía adaptarse a la belleza artificial que crecía sin control por estos lugares. No, a estos campos los habían cambiado, igual adornaban las flores como las armas, el buey como el Campero, los caballos ya no llevaban la carga sino que caminaban fino y hasta tenían peluquero propio. Definitivamente, José María, estaba harto de ver tantas cosas injustas que sucedían. El que era la autoridad en un lugar pequeño pero al fin y al cabo autoridad, no podía hacer nada ante la realidad . Por todo esto él no podía dormir. En un viejo cuaderno de apuntes el inspector escribiría unas notas para recordar el asunto , bajo el título “ le sobró un botón al whisky ” .Tenía serias y válidas sospechas que en la finca del Placer había sucedido algo más que una simple parranda y que lastimosamente solo podía gritarlo en voz alta en la clandestinidad de sus pensamientos . En su mente rondaba la afirmación de su viejo profesor de derecho “ usted como que no aprendió derecho y no soy yo quien le voy a enseñar ahora” ,esto lo incomodaba muchísimo , pero a la vez no conciliaba el sueño por una frase que lo atormentará siempre por los días siguientes “ nunca es tarde” . De un escaparate que había acondicionado en su pieza sacó un libro viejo , se recostó en la cama , acercó la lámpara a su vista y empezó a leer , la teoría pura del derecho de Hans Kelsen. Alrededor del bombillo de la lámpara giraban unos zancudos que poco a poco tomaban confianza y se acercaban a la cara del lector, de pronto un certero golpe del libro para acallar los molestos animalejos. La noche se volvió calmada y más pura . Juan logró dormir . Una explosión cerca a su cabeza, hizo que Gabriel saltara sobre la cama de naranjillo, frente a él estaba toda la fiesta reunida, las caras de los chismosos se aglomerada en la puerta de la habitación con los ojos abiertos, Marcelo lanzaba un madrazo mientras disparaba. De la cama volaban las plumas de la almohada. Gabriel no entendía nada, solo que disparaban, las balas rebotaban, de pronto cayeron al suelo una mujer y un hombre por culpa de la balacera. La sangre escandalosa chispeaba por todo el cuarto. Miguel y Marcelo se agacharon a observar a los heridos, momento que aprovecho Gabriel para lanzarse por la ventana. Marcelo, lleno de ira, ordenaba —Maten a ese hijueputa y a todos sus amigos y dirigiéndose directamente a Miguel , le sentencio, — usted me responde por mi hermano . La ventana de la pieza ocupada por Linda daba a la parte trasera de la casa finca, como quedaba en el primer piso, era fácil la caída al patio, de ahí habían unos cincuenta metros hasta llegar al lindero de la casa. Pasada una cerca de alambres todo era ladera abajo. Gabriel que tenía pies como de pato corría de una manera extraña, alcanzo a llegar al lindero, paso el alambrado, No sabía que camino tomar , de repente se escucharon disparos. Los perros cabezones ladraban cerca , de inmediato se arrojo ladera abajo, pero no usando los pies sino resbalándose sobre su cola. La ladera se iba inclinando creando ondulaciones entorno a la montaña hasta llegar a una huecada .Gabriel se impulsaba con sus manos sobre la tierra, de pronto le tocaba usar todo su cuerpo contorsionándose para no quedar frenado. De esta manera Gabriel, logro llegar hasta una quebrada, se limpio la cara y sin pensar siguió el camino que se formaba paralelo al cause del agua, tratándose de alejar de los ladridos de los perros. Gabriel, estaba exhausto. El que toda la vida había sido sedentario y de buena vida, sabía que sus fuerzas no resistirían mucho. ojalá, se decía, en estas momentos estuviera Petronio su mejor amigo, que era como su hermano, el si sabría que hacer, el no se dejaría joder , pero no, el era quien vivía estas circunstancias las cuales no tenía la menor idea porque sucedían, lo cierto era que lo querían matar. Necesitaba encontrar una carretera que le permitiera conseguir transporte que lo alejara definitivamente de ese lugar. De pronto se encuentra debajo de un muro que daba a una casa blanca de paredes de barro, al frente se podía observar una carretera igualmente destapada, pero mas amplia que el camino a la finca el placer. La subida se veía difícil por su inclinación, le tocaría dar una vuelta bien grande para poder subir. Se propuso hacer el recorrido, en ese momento llegan hasta el pie del muro unos rabiosos perros cabezones negros, uno de ellos alcanzo a morder a Gabriel en el pie .Mas por los nervios que por su habilidad arañando la tierra y tomándose de unas endebles y cortas ramas de picuy seco, logra subir un poco por el muro. Los perros descontrolados ladraban debajo del muro , no sabían que hacer, mientras Gabriel, lentamente trata de llegar por el muro a la casa, los cabezones trataban de llegar hasta los pies de Gabriel. Los furiosos perros por unos momentos se detuvieron a mirar su presa, como esperando que este cayera del empinado muro. Gabriel seguía escalando con dificultad, logrando llegar al patio de la casa, de donde después de haber pasado el susto, les hacía fieros con su cara a los animales y les tiraba terrones. Debajo de la casa, al pie del muro iban llegando mas y mas perros, uno de ellos venia arriado y siguió derecho, los demás lo siguieron. Los furiosos animales empezaron a bordear el camino que daba a la casa vieja de tapias blancas. Gabriel de echar piedras y empezó a correr desesperadamente. Por la carretera, de una forma milagrosa, venía un campesino conduciendo una zorra vieja, llevando unas cantinas de leche hasta la ciudad. Gabriel, logra subirse al maltrecho transporte, —Perdone Usted, señor, pero estos perros están que me desayunan — . El viejito arreglándose el sombrero, mientras fumaba y llevaba las riendas de su burro con acento de provinciano, le dijo. —No será, que usted le quería robar a don Miguel y por eso le soltaron los perros . — no, es que me perdí de la finca de unos amigos, no sabía como encontrar el camino, creo que me metí por donde no era y asuste a los perros. —Usted es muy simpático pero tiene cara picarona, a de andar enamorando a las hijas delos ricos de las fincas. Gabriel quería demostrar tranquilidad, lo único que deseaba era llegar a la ciudad antes de que aparezca la gente que seguramente lo estarían persiguiendo. El viejo campesino, continuaba con sus comentarios suspicaces, que tiraba de cuando en vez, tratando de sentirse importante, quería pescar algo de vanidad ante la angustia de un muchacho asustado. Gabriel, mentalmente se decía “ hasta el mas infeliz de los mortales aprovecha las dificultades de los demás par sentirse importante, que sea feliz, el tonto éste, lo importante es salir de aquí”. La vieja carreta lentamente se acercaba a las inmediaciones de la ciudad. El burro rebuznaba ahogadamente ante el acoso de los perros cabezones que ya no ladraban si no que babeaban intensamente, más que la noche anterior, cuando manchaban las ventanas del Mazda de Heleno. Los temidos perros cabezones siguieron la zorra un corto trayecto, luego se devolvieron hacia la finca el placer. Gabriel, abrió una de la cantina que contenía leche y bebió mientras el viejo campesino pensaba una nueva ocurrencia. Fue como media hora de camino, al cabo de la cual entraron a la ciudad. Gabriel que ya no hizo más caso de la habladuría del campesino. Aceptaba todas sus pendejadas con un movimiento de cabeza, solo se limitaba a decir “es correcto”, de alguna manera tendría que pagarle la salvada de los perros, la llegada a la ciudad sin ser atrapado y la leche que se tomó. Gabriel se bajo de la carreta y se despidió del Viejo, que con el mismo tono provinciano le gritaba mientras se alejaba la carreta. – ¡Jovencito, la leche estaba cruda! — . Gabriel, necesitaba ubicar un sitio ideal para pasar este susto y poder poner en claro sus ideas. camino lentamente, apretando sus glúteos y sus piernas haciendo rozar las rodillas. Sus pies de pato se habrían más, su caminar era gracioso. Muy cerca encontró la primera tienda, la cual era atendía por una señora de unos sesenta años. —Doña María, présteme el baño, de una manera apresurado le dijo Gabriel. Sin esperar respuesta, se fue entrando, abrió una puerta, era la cocina. Cada vez Apretaba más sus nalgas, ya no caminaba, daba pasos impulsados por su cintura. La señora de la tienda salió gritando del mostrador con una escoba entre sus manos. Gabriel por fin encontró la puerta que ansioso buscaba. Ahí estaba un hermoso inodoro, en el descargaría todas las desgracias de esos dos últimos días. La vieja de la tienda con una escoba golpeaba la puerta del servicio y a gritos chillones llamaba a los vecinos pidiendo ayuda. Rápidamente, Gabriel saco un billete de a mil pesos, lo zumbo por debajo de la puerta, la señora dejo de gritar, —Jovencito, yo no soy Maria, me llaman Chavita.
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