Mientras camina a la oficina del señor Morgan, Luke va pensando cuántas veces hizo un recorrido similar al despacho en la casa de su padre y, aunque fueron muchos, todos fueron con su frente en alto, la mirada de un triunfador y la sonrisa de un hombre joven satisfecho de cada acción. Muy diferente a cómo va ahora.
Su mirada está clavada en sus pasos, su postura es la de un hombre derrotado y, aunque sigue sintiéndose molesto porque corrieron a un buen chico, su reacción fue porque en verdad se esforzó toda esa semana y creyó que lo despedirían. Se mete dentro del pequeño espacio, se queda al lado de la puerta para dar lugar a Margaret, quien entra como una tromba, seguida del señor Morgan.
—¡¿Qué demonios es lo que le sucede, señor Evans?! —dice ella lanzado su libreta al escritorio y cruzando sus brazos para enfrentar a Luke—. ¡¿Tiene idea de quién soy aquí?!
—Lo siento, es que yo pensé…
—¡Sé muy bien lo que pensó, pero le hice una pregunta!
—Es la jefa de…
—No, soy la asistente del director de adquisiciones. Hago el trabajo de él y de otros ¡porque sencillamente no se les pega la gana hacer el suyo! ¡Yo no debería estar lidiando con personas como usted, sin embargo es lo que me toca!
—Señora Brooks… —intenta decir él, pero Margaret simplemente no lo deja.
—¡Nada de señora Brooks ahora! —ella se acerca a Luke sin quitarle la mirada de reproche de encima y por alguna razón, esa manera de verlo a él no le gusta—. Lo que hizo allá afuera es una falta de respeto hacia uno de sus superiores, perfectamente podría hacer que lo despidan en lugar de proponer que lo ascendieran, tal como habíamos pensando con el señor Morgan.
—Es… ¿es eso verdad? —pregunta más desconcertado y mira al hombre.
—Sí. Aquí nadie se me pasa desapercibido y la señora Brooks tiene mucho cuidado de atender mis sugerencias. Si ella considera a alguien candidato para un ascenso, esa persona es evaluada por recursos humanos y se le deja en el puesto que le corresponda. Pero ahora… yo no pondría mis manos al fuego por ti ni de chiste.
—Señor Morgan, ¿podría hablar con la señora Brooks a solas? —pide algo avergonzado y el hombre niega.
—No lo creo prudente…
—No le faltaré el respeto, es para aclarar las cosas con ella.
Morgan ve a Margaret y ella asiente, por lo que deja la mujer a cargo de la situación. Ella se sienta tras el escritorio, mira hacia la ventana y su mirada se ensombrece cuando llegan las burlas de los hombres que se ríen de la manera en que Luke la ha llamado. A él se le hace una mujer inteligente y hermosa, sentada tras ese escritorio lo hace pensar en lo mucho que haría como jefa, porque de asistente ya hace más que eso.
—Cometí un terrible error…
—Quiero saber, ¿por qué pensó que lo despediría a usted? ¿Cómo supo que alguien sería despedido? Porque eso me queda más que claro, lo sabía y pensó que sería usted —Luke mira a otro lado, pero por primera vez Margaret no quiere perder el control de la situación. Se pone de pie y lo obliga a mirarla a los ojos.
Aquel roce le provoca algo inapropiado a Luke, una sensación que recorre su cuerpo y culpa a la falta de sexo desde que su padre lo castigó. Se obliga a concentrarse y le dice con la voz más ronca de lo que quisiera.
—Los oí… —Margaret retrocede con sorpresa, no por la confesión, sino porque aquello le parece inapropiado, ella no debería tocar a un hombre que no es su marido y mucho menos sentir aquello—. La semana pasada los oí hablar de alguien a quien despedirían.
—O sea que, además de grosero, es un chismoso —Margaret se voltea hacia la ventana para que no vea como sus mejillas se han sonrojado—. ¿Puede oír las burlas? En esta empresa nadie me quiere, excepto por mi jefe y tal vez el señor Morgan, pero fuera de ellos, nadie me soporta.
—En verdad lamento lo que dije.
—Ya está hecho, señor Evans. Supongo que es otro apelativo más con el que me llamarán a partir de ahora y, por más que quiera revertir, ya no se puede. No se puede. Así que, mientras las personas que trabajan en la oficina piensan que no me merezco mi puesto, los de aquí se reirán porque soy una vieja amargada.
—Yo puedo disculparme delante de todos, no crea que me quedaré tranquilo…
—¿Sabe cuántos años tengo, señor Evans? —la pregunta descoloca a Luke y ella sonríe con tristeza—. Tengo veinticinco años, solo dos años más que usted y no hay nadie en esta empresa que pudiese creerlo a menos que le enseñe mi identificación.
—En verdad lo siento, señora Brooks. Le juro que no volveré a llamarla así, ni en público, privado o a solas… se lo prometo.
—Eso espero, señor Evans. Aunque el daño ya está hecho —Toma su libreta, mira por la ventana mientras masajea un costado de su cabeza y luego le dice—. Está a prueba, señor Evans. En otras circunstancias sería despedido, pero como solo soy una asistente, a nadie le importa que me falte el respeto, pero eso no quiere decir que no me lo cobraré, por lo que ante el más mínimo error, quedará fuera.
—Sí, señora Evans, me parece justo.
—Lo cierto, Luke —la manera en que pronuncia su nombre lo hace oprimir una sonrisa, pero ella no se da cuenta porque sigue mirando por la ventana—. Es que usted aún no tiene idea de lo que es justo o no, ojalá la vida le dé la misma sabiduría que a mí me tocó adquirir en dos años en un periodo más largo y mucho más amable. Parece ser un joven inteligente, pero noto que hay algo que no lo deja ver las cosas con seriedad y eso un día se convertirá en un problema muy grave.
Margaret deja la oficina y el señor Morgan entra para hacerle el gesto de que debe salir.
Luke se va a buscar sus cosas, porque ya es tiempo de su salida. En el cambiador se encuentra a Néstor mirando una fotografía y Luke se sienta a su lado. El chico ha perdido su trabajo, lo había olvidado en medio de todo ese problema y no le parece justo.
—¿Te van a despedir? —le pregunta Néstor y Luke niega—. Lo sabía, eres demasiado bueno en lo que haces. Eres fuerte, rápido y muy organizado, en cambio yo… —deja salir un suspiro y guarda la fotografía—. Mi abuela se molestará de nuevo y estoy seguro de que Daisy no me dejará ver a mi hijo otra vez, ya sabes, si no hay dinero, no hay hijo.
—Lo siento mucho, Néstor. Eres muy inteligente, solo que este trabajo no es para ti, no es justo que no te den trabajo en lo que estudiaste.
—Así son las cosas —Luke ve cómo le tiembla el labio, pero en lugar de llorar, solo sonríe, se pone de pie y toma su bolso—. Suerte, Luke, creo que la vas a necesitar. Bastó ver cómo salió la jefa para saber que te metiste en un problema muy serio.
—Sí… —sin saber por qué, Luke tira del muchacho y le da un fuerte abrazo—. Tienes mi número, no te pierdas, eres el primer amigo de verdad que hago en toda mi vida.
—Seguiremos en contacto, adiós…
Se dan unas palmadas y Luke ve con impotencia cómo Néstor sale de ahí. Es debilucho, no tiene el cuerpo de un chico de veintidós años ni menos aspecto de papá, pero lo que le falta de fuerza le sobra de inteligencia. Todas esas conversaciones que tuvieron a Luke le dejaron claro que el chico debería estar sentado frente a una computadora, no cargando camiones.
Toma sus cosas, pasa por su cheque y sale de la empresa riéndose, porque no le sirve de nada ya que va a nombre de Luke Evans, y esta vez el camino al autobús se le hace pesado, el trayecto a su casa mucho más agotador. No deja de pensar en lo injusta que es la vida con algunos y se descubre pensando en los problemas de otros, algo que jamás hizo en su vida. Al llegar a casa, camina el trayecto de cada día y cuando entra, oye la voz de su padre.
Su madre lo saluda como siempre, pero esta vez, en lugar de irse a su cuarto a descansar, le dice a su padre.
—Toma, esto no me sirve —su padre lo ve y mira a su hijo a los ojos—. En el banco no me lo aceptarán.
—Puedo solucionarlo…
—Ahora no, necesito hablar contigo de algo más importante —David se pone de pie y sigue a su hijo, quien entra al despacho, se gira y le dice con seriedad—. A cambio de ese cheque, quiero pedirte un favor.
—Ya veo —se ríe su padre y lanza el documento en su escritorio—. Me regresas el dinero porque seguro quieres salir…
—No sabía que esa era una opción, lo tendré en cuenta —se ríe Luke brevemente, adopta su expresión seria otra vez—. Pero no, te estoy dando mi salario a cambio de que le regreses su trabajo a otra persona.
David no oculta su sorpresa, se deja caer en el sillón y ve la figura de su mujer que también está boquiabierta parada en la puerta.
—Amor, de verdad creo que lo rompimos.