Margaret camina con paso firme por las bodegas de la Taylor Company, con su libreta en mano va tomando notas, tachando otras, es una clara extensión de su voluntad de hierro, una que tiene que hacer presente cada día cuando pasa por la bodega para verificar los recorridos. Aunque ese trabajo debería hacerlo otra personas, su jefe no confía en nadie más para que lo haga.
Con cada paso se agrega una anotación en reflejo de su aguda percepción, no hay detalles que se le escapen, por eso muchos en el sector la llaman señora Brooks más como un insulto que como una manera de mostrar respeto.
Para algunos, los más jóvenes, es la “vieja odiosa” que va a husmear sus labores para luego reportar a los jefes. Aunque su título es el de asistente del director de adquisiciones, su rol trasciende los límites de su descripción laboral; ella es una visionaria en un mundo de números y contratos, por lo mismo, su opinión cuenta demasiado para su jefe y otros directores, excluyendo por supuesto a su esposo.
Cada día, Margaret enfrenta la mirada despectiva de Oliver Brooks, su esposo y director del departamento de finanzas. Él, con su ego inflado y actitud misógina, rara vez le da crédito a sus ideas. Las mujeres, que tampoco son muy solidarias con ella, se preguntan por qué sigue con aquel hombre y no pueden sino pensar en que es por conveniencia, ya que, si terminara su matrimonio, seguramente bajaría a cualquier otro nivel más bajo dentro de la compañía.
Las pocas veces que Oliver le ha dado crédito a sus ideas es solo para apropiarse de ellas y presentarlas como si fueran suyas ante la junta directiva. Margaret ha aprendido a navegar estas aguas turbulentas con cautela, manteniendo sus verdaderos talentos ocultos bajo una fachada de conformidad. Aunque el único que no se conforma es su jefe.
«—Deberías presentarte como postulante a tal cargo, Margaret. Tú eres más que una asistente… siento que te estoy deteniendo para algo mejor.
—Está bien, señor Willis, me gusta ser su asistente. Usted es el único que parece escucharme en esta empresa y que valora mi trabajo.
—Que parece no, Maggie… Lo hago. Y sí, soy el único, tal vez por eso deberías irte de aquí y buscar un mejor lugar, sé que lo tuyo es otra área y no tengo dudas en que lo harás mejor que como asistente.»
Pero irse de Taylor Company no es una opción, eso a Oliver por supuesto que no le gustaría y lo último que quiere es desafiarlo alejándose de dónde no pueda vigilarla de cerca.
Está terminando de revisar la mercancía, cuando oye al jefe de flota discutir con alguien.
—¡¿Cómo es posible que recursos humanos le permitiera vacaciones a Guzmán cuando tenemos a Ripetti con baja médica?! ¡¡¿Acaso son idiotas?!! —un gesto de la mujer le dice que debe callarse, él se gira y se muestra incómodo con la presencia de Margaret—. Señora Brooks… disculpe, fue un…
—No, señor Morgan, tiene razón —dice observando la planilla—. Son unos idiotas… tenemos dos camiones menos y me imagino que su molestia es porque no hay reemplazo.
—Exactamente… aunque puedo solucionarlos en cinco minutos, tres de los cargadores están capacitados para conducir los camiones…
—Pero nos quedaríamos sin cargadores… —termina ella y el hombre asiente—. Bien, ahora mismo tenemos reunión con los directivos, pondré esto sobre la mesa y le diré al señor Willis que lo solucione con el director de recursos humanos.
—Gracias, señora Brooks.
Ella se retira del lugar rápidamente, ve la hora y comienza a correr porque la junta será en diez minutos.
Al legar, todas las miradas se posan en ella lo justo para arrugar la nariz. Por dentro eso le afecta, en verdad que sí, pero por fuera no muestra nada porque sabe que, si se muestra más débil de lo que ya es, estaría en serios problemas.
Su jefe nota su urgencia, ella le comenta brevemente lo ocurrido y nada más se sientan alrededor de la mesa, se lo plantea al director de recursos humanos, a quien no le agrada mucho que sea Margaret quien haga las observaciones.
—Y faltarán cargadores, señor Landers —dice ella bajando la mirada con vergüenza, porque se supone que los asistentes no deberían hablar en la junta.
—Lo tendré en cuenta, señora…
La reunión sigue con normalidad, a pesar de que el CEO no está presente, esta debe llevarse a cabo de todas maneras. Están en medio de una discusión acerca de la publicidad de la empresa, todos opinan cómo pueden mejorar esa parte que aún está algo oxidada y el señor Willis le de un codazo suave a Margaret para que plantee su idea.
—No… —susurra ella, pero el hombre se aclara la garganta y dice con firmeza.
—Margaret tiene una estupenda idea —ella lo ve con los ojos abiertos y Oliver es quien le responde.
—Los asistentes no hablan ni exponen en las reuniones…
—Sí, pero yo no sabré explicar la idea que ella tiene y me parece que es estupenda. Seguramente al señor Taylor le encantará. Vamos, muchacha, eres mi representante.
Ella se pone de pie con nerviosismo, pasa sus manos por el pantalón de tela y comienza a hablar acerca de su propuesta. Entrega números y estadísticas que avalan su propuesta, varios de los directores la ven con atención y hasta asiente conformes con lo que expone.
Para cuando termina, todos le aplauden, menos uno… Oliver. Este ha escuchado atentamente, su sonrisa es una máscara que apenas oculta el desdén. Y sin pensar si eso daña a su esposa o no, ante todos, descarta la propuesta de Margaret sin un segundo pensamiento.
—Me parece perfecto, solo que no tenemos el presupuesto para algo como eso. Externalizar la publicidad sería como pagar dos salarios y traer gente joven solo nos sería sinónimo de irresponsabilidad.
Nadie dice nada, Margaret se sienta y como siempre que da una idea, esta queda en nada. Su jefe le da unos golpecitos en la mano y ella solo baja la mirada con el rostro encendido, porque sabe qué es lo que se viene.
La tensión entre Margaret y Oliver se intensificará esa noche en casa, los últimos meses se han vuelto cada vez más pesados y divorciarse no es una idea descabellada… solo que sería un fracaso más en su vida y no sabe si podría con eso. Cada palabra que ella intenta expresar es bloqueada por las barreras que él levanta, cada intento por brillar es sofocado por la sombra de su presencia dominante. Oliver no tolera ser opacado, especialmente por su esposa y eso ha abierto un abismo inmenso entre los dos.
Para cuando termina la reunión, agobiada pero no derrotada, Margaret se encierra en su oficina privada dentro de la empresa. La soledad del cuarto le brinda la privacidad que necesita en ese momento, su respiración agitada es un eco de su lucha interna para evitar que las lágrimas que ha contenido durante la reunión, finalmente encuentran libertad en la reserva de su cueva. La frustración y el dolor se mezclan en un silencioso lamento por todas las oportunidades perdidas y esas batallas aún por luchar.
Un golpe en la puerta corta el flujo de sus emociones y se limpia rápidamente el rostro.
—Señora Brooks —se escucha una voz al otro lado—. El señor Willis dice que el cargador que faltaba ya está en la bodega. Quiere saber si usted hablará con él para explicarle sus funciones.
Con un suspiro profundo, Margaret seca las últimas lágrimas que han caído y endereza su postura. Hay mucho por hacer, aunque no sean sus tareas, y ella está decidida a dejar su marca en la empresa Taylor y en el mundo empresarial. Sale de su oficina para enfrentarse a esa nueva tarea, sin saber que el nuevo cargador sería solo un dolor de cabeza.