Capítulo 7 No eres más que una p*rra para míPatrick parecía asqueado tras escuchar mis palabras. Sin embargo, soltó mi cuello y me sujetó de la barbilla mientras me observaba con sus ojos negros, como si quisiera ver dentro de mí.
Todo estaba tan silencioso que lo único que podía sentir era el olor a alcohol en el aire.
Todo estaba tan silencioso que lo único que podía sentir era el olor a alcohol en el aire.
Fui demasiado ingenua y pensé que había logrado convencerlo, así que dije: “La huella dactilar que está en el contrato matrimonial es la mía. Mientras no firmes un nuevo contrato con ella, seré tuya.”
Me empujó, se acomodó en el asiento del conductor y condujo en silencio.
No obstante, después de que llegamos a casa, me arrojó dentro de una bañera llena de agua helada. Después, me tiró del cabello y dijo: “¿Piensas que voy a creer lo que dijiste? Una mujer como tú no es más que una p*rra para mí.”
En este momento, me topé con la cruel realidad. Me di cuenta de que Patrick me odiaba tanto que no se dejaría convencer por mis palabras.
Luché bajo el agua, pero parecía no importarle. No me sacó de la bañera hasta que estaba a punto de ahogarme. Luego me llevó a rastras a la ventana, al sofá y terminamos en la cama, probando una postura tras otra en cada lugar…
Estaba cubierta de heridas por lo que había sucedido el día anterior. Además, la parte inferior de mi cuerpo estaba hinchada y adolorida por la forma en que Patrick me hacía el amor. Cada roce de su piel me hacía llorar de dolor. Grité y le pedí que se detuviera, pero parecía ignorarme.
Después de todo lo que pasé, perdí el conocimiento.
Cuando desperté, vi una pared blanca frente a mí y una botella de goteo intravenoso colgada a un lado.
Para este momento, ya se me había pasado el efecto del alcohol. Recordé lo que había dicho y hecho el día anterior, y me sentí tan avergonzada que me hubiera gustado esconderme en algún lugar recóndito.
Permanecí en el hospital durante tres días.
Durante todo este tiempo internada, además de atender las heridas de mi cuerpo, las enfermeras también tuvieron que aplicarme medicamentos en mis partes íntimas. Aunque ninguna me preguntó en ningún momento por qué estaba hospitalizada, a juzgar por la forma en que me miraban, estaba segura de que ya lo sabían.
Hasta el momento que me dieron de alta del hospital, no había vuelto a ver a Patrick.
Lo primero que hice una vez me dieron permiso para irme fue llamar a Lisa. Para mi suerte, sí contestó mi llamada esta vez. Le conté que había estado hospitalizada y de inmediato tomó un taxi para venir a recogerme. Empaqué todas mis cosas y me llevó a su apartamento de cuarenta metros cuadrados.
En cuanto entramos, aparté la ropa apilada sobre su sofá y me senté. Ya estaba acostumbrada porque siempre hacía lo mismo cuando venía.
Luego Lisa colocó un pequeño taburete a mi lado y se sentó. Encendió un cigarrillo y tomó dos bocanadas antes de preguntar: “¿Qué pasó?”
Aunque me estaba preguntando qué había pasado, sabía por su mirada que tenía una muy buena idea de todo lo que me había sucedido.
No contaba con nadie más a quien pudiera contarle mis problemas, así que le dije todo lo que me había sucedido en los últimos días.
Ella tan solo seguía fumando mientras escuchaba mi historia. Cuando terminé de hablar, apagó la colilla en el cenicero y aplaudió. “Ya no eres virgen.”
“¿Qué?”
Al principio, había pensado que Lisa me regañaría por mis malas decisiones, pero nunca hubiera esperado que me felicitara.
Se acomodó en su asiento y habló como si tuviera mucha experiencia en la vida: “No debes lanzarte a los brazos de Patrick tan rápido, deberías dejarlo esperando un tiempo. Todos los hombres son así. Tarde o temprano, él te dejará entrar en su corazón.”
Estaba insinuando que debía seguir con Patrick a pesar de lo que había sucedido tres noches atrás. Aunque estaba borracha, no podía olvidar el dolor que me había hecho sentir, así que respondí: “Ni lo pienses. ¡Es un salvaje!”
“No digas tonterías.” Lisa se puso de pie, se sentó sobre la pila de ropa a mi lado y me abrazó del cuello. “No dejabas de hablar de él durante tantos años. Incluso recortabas artículos del periódico sobre él y los pegabas en la pared. Ahora que está a tu alcance, ¿cómo puedes renunciar a él, así como así?”
Me quedé atónita al escuchar sus palabras.
“Es verdad. Antes, pensaba que algún día lo volvería a encontrar y me casaría con él…”
De repente, comenzó a sonar una música melodiosa.
Era el tono de llamada de mi móvil.
Había estado usando el mismo tono de llamada durante mucho tiempo. Recordé que por poco rompí en llanto la primera vez que lo escuché.
Tal vez, Patrick era ese rayo de esperanza del que todo el mundo hablaba. Aunque sabía que no estaba a mi alcance, había hecho todo lo posible para ser más fuerte y destacar. Todo con la esperanza de poder estar al mismo nivel que él algún día. Había deseado que llegara el momento en que pudiera darle la mano y presentarme ante él con confianza.
Cuando saqué mi móvil de mi bolso y vi que era su número, me asusté tanto que lo tiré a un lado.