XVII

4893 Palabras
Adrien  Suspiré pesaroso y me llevé una mano a la frente, observando la montonera de papeles y documentos esparcidos por todo el escritorio. El inicio de cada mes era un completo caos: había que renovar matrículas, recibir a nuevos alumnos y organizar los grupos. Por no hablar de las facturas que había que pagar por mantenimiento del material y el impuesto a la corona por montar el negocio. En resumidas cuentas, estaba de trabajo hasta el cuello. —Maldición, ¿Dónde demonios he metido el certificado ahora? —removí todos los papelajos, acrecentando el campo de batalla que yo solito había montado en mi escritorio. —Voy a tener que contratar a un asistente a este paso. Y cómo si alguien hubiera escuchado mis súplicas, llamaron a la puerta un par de veces, haciéndome despegar la mirada de la mesa hacia la puerta. —Adelante—dije, sin mostrar demasiado interés. Ya era medio día y por la hora, debía tratarse de un empleado que venía a preguntarme por la comida. A los dos segundos, una empleada de la casa irrumpió en mi despacho y con una posición rígida y respetuosa se colocó en el umbral de la puerta para hablar. —Voy a retrasar unos minutos la comida—dije, regresando al papeleo que tenía delante. —Ya les avisaré cuando vaya a bajar. —En realidad, señor, venía para avisarle de que su padre está abajo—anunció la mujer y en esta ocasión, sí que logró captar mi atención. —¿Está aquí? —repetí, esbozando una mueca. —¿Ahora mismo? —Está en la sala de espera-especificó. —¿Quiere que lo mande subir o prefiere que ponga un plato de más en la mesa? «Genial, cómo si no tuviera trabajo encima» —Dígale que suba—dije y me recosté en mi sillón, masajeándome la sien. —Ya le ordenaré que ponga una cubertería de más si es necesario. —Cómo usted me diga—realizó un apenas perceptible asentimiento y con la misma rigidez abandonó la estancia. Resoplé por lo bajo, tratando de adivinar qué demonios estaba pasando por la cabeza de mi padre en aquellos momentos. Sólo esperaba que no me viniera con otro cuento del modelaje, porque con todo lo que tenía que hacer en esos momentos, posar para cuatro atontados era la guinda que terminara de adornar el pastel. En todo caso, saldría de dudas muy pronto. La puerta volvió a abrirse, esta vez sin siquiera dar el aviso. Mi padre entró con esos aires altivos y elegantes, vestido pulcramente con un traje confeccionado con las mejores telas y bordados de toda la ciudad. Su cabello peinado pelo a pelo hacia atrás y sus gafas redondas reposando con delicadeza sobre su nariz. Así era él, modesto y discreto hasta la punta de los zapatos, nótese la ironía. —Pensé que me tendrías esperando ahí abajo todo el día—dijo nada más entrar. Levanté las comisuras de mis labios y sonreí con ironía. —Cómo verás ando un poco liado últimamente-señalé el desorden que había en mi escritorio. —Parece que todos los compromisos que tenía se han puesto de acuerdo para ponerme de agua hasta el cuello. Mi padre miró de reojo el alboroto que yo solito había formado. —¿Ya te han llegado las facturas? —se interesó. —He oído que quieren subir un cinco por ciento el impuesto de propiedad. —Pues espero que no tengan previsto ponerlo hasta el mes que viene-me quejé, apartando de mala gana las cartas que me habían llegado con las facturas. —Tengo que renovar material y mínimo se me van cien francos. Mi padre agarró uno de los cientos papeles que tenía regados por la mesa y leyó por encima uno de ellos, aunque cuando vio la letra tan pequeña, lo dejó de nuevo, como si el papel le hubiera quemado la mano. —Ya veo que estás bastante ocupado—dijo, apartando todo lo que tenía por medio para apoyarse. —Así que intentaré ser breve y no quitarte mucho tiempo. Levanté la mirada y fijé mis ojos en los suyos. Cuando venía en ese plan, ya podía empezar a oler asuntos comprometedores. De esos repletos de "bien quedas" que sólo servían para comparar tierras y propiedades. —Espero que no estés pensando en meterme en otro de tus compromisos, porque como vez, ando un poco liado—le advertí. Mejor dejar las cosas claras desde el principio. —No—mi padre sonrió y negó con la cabeza. —Esta vez no se trata nada de eso. Suspiré, algo más relajado y me acomodé tranquilo, escuchándolo con más interés. Si no me metía en líos raros, entonces podíamos hablar en paz. —Te escucho. —Me gustaría ponerme en contacto con la familia Cheng y ya que tu pareces tener cierto acercamiento, querría pedirte el favor de ir en mi representación. Fruncí el ceño de inmediato y me incliné un poco, apoyando mis antebrazos en el escritorio. —¿Ponerte en contacto con ellos? —pregunté extrañado. —¿Para qué? ¿Acaso quieres empezar algún proyecto con ellos? Mi padre se quedó pensativo, meditando mis palabras. —Digamos que algo así—dijo, encogiéndose de hombros. —Bueno, más bien estrechar ciertas relaciones. Ya sabes, antes de iniciar una solicitud de cortejo hay que andar con algunas formalidades. «Espera, ¿qué?» La cara de idiota que debía quedárseme en esos momentos no tuvo comparación. Me quedé parado con la boca entreabierta, procesando sus palabras y sobre todo comprobando que había escuchado bien. —B-Bueno, no sé si estarás al tanto de que la Señora Cheng está casada. Que yo sepa a día de hoy, su marido aún está... —¿Y quién ha hablado de la Señora de la casa? —me interrumpió y entonces sí que el estómago se me cerró en banda. La sangre se me congeló y si creí que antes había escuchado mal, ahora tenía la sensación de estar teniendo un jodido problema de oído. Fruncí el ceño de inmediato, y tratando de sonar lo más tranquilo y calmado posible, hablé: —¿E-Estás hablando de su sobrina? —Naturalmente—afirmó y entonces me di cuenta de que mis oídos estaban bien, pero mi padre bueno... no podía decir lo mismo de él. —Me pareció una joven de lo más encantadora y creo que tiene muchas cosas que ofrecerme. «Pero, ¿de qué narices está hablado? ¿Se le ha ido la cabeza?» Marinette era seis años más pequeña que yo, j***r. ¿Cómo podía fijarse en una chica que es más joven que su propio hijo? —¿Hablas enserio? — inquirí, mirándolo con seriedad. —Papá, es... Es prácticamente una niña, ¿Cómo puedes pensar si quiera una cosa así? —No es tan niña, por favor, no me hagas verme como un degenerado -se defendió inútilmente, más eso no había cambiado ni un poco mi manera de ver las cosas. —¡¿Y qué quieres que piense si me estas pidiendo prácticamente que te ayude a conquistar a Marinette?! — grité sin si quiera darme cuenta de lo que había dicho. El abrió los ojos más de lo normal mirándome sorprendido. —Me sorprende que la llames solo por su nombre, considerando que solo fueron juntos al evento de Esgrima — dijo más para sí mismo que para mí. «Agh, ese maldito campeonato» Sentía nauseas de que me hiciera recordar el motivo por el que Marinette se había enfadado conmigo hace unos días. Y a pesar de que estuviéramos bien, mi mente no dejaba de presentarme aquellos ojos llorosos y decepcionados que fueron como un golpe seco en mi pecho. Afilé mi mirada tratando de mantenerme firme y serio en aquella conversación. —Nos han invitado a Kagami y a mí a cenar en casa de su tía, ya hemos charlado un par de veces, así que se podría decir que nos tenemos... ¿confianza? — titubeé la última palabra. Mi padre me miró con incertidumbre y entrecerró los ojos caminando hacia mí. —Entiendo — respondió — entonces, tú y esa jovencita son muy unidos ¿no es así? — cuestionó. Sentí la necesidad de gritar otra vez ante la mención de la estrecha relación que poseía con Mari, la quería como a una hermanita pequeña, aunque mi interior quería pensar lo contrario. De todos modos, mi padre sin darme cuenta estaba sacándome más información de la necesaria. No me sorprendí tanto, él siempre ha podido moldear y manipular a las personas para que hagan y digan las cosas a su voluntad, por eso era tan peligroso en este momento. Estaba a punto de decirle que todo era un completo mal entendido. Que ella y yo simplemente nos hemos visto a causa de las reuniones a las que iba con su tía, más un ruido de discusión fuera del despacho nos sobresaltó a ambos. —¡Mira! No me importa lo que él te haya dicho, ¡Yo voy a entrar a hablar con él lo quiera o no! — esa voz, la reconocí de inmediato. En seguida se dejó escuchar la voz de mi sirvienta reprocharle que saliera y no armara tanto escándalo. —Señorita, ya le dije que él está hablando ahora mismo con su padre, no le está permitido entrar — le explico aún ante las quejas que soltaba mientras escuchaba el sonido de sus tacones golpear el suelo con fuerza. —¡Me tiene sin cuidado! Él va a escucharme, no me importa si está dentro con el mismo demonio - gritó girando la perilla y abriendo de golpe la puerta. «Oh Oh, esta enfadada de nuevo, genial» —¡Adrien Agreste! ¿Se puede saber que era tan importante el día de ayer como para cancelar nuestra cita? — reclamó furiosa entrecerrando los ojos y cruzándose de brazos muy molesta. Sentí la mirada de mi padre sobre mi nuca al igual que la de Kagami en mi rostro desencajado. Me sentí acorralado. Tragué fuertemente y sin dejar que mi rostro formara una mueca de nerviosismo me acerqué a Kagami tomando sus manos. —Cariño, no te enfades por favor — traté de calmarla — he estado muy ocupado con el trabajo, justo se lo comentaba a mi padre — lo señalé mientras este nos veía desde su puesto. Kagami se soltó de mi agarre dejando sus brazos a su costado y esta vez solo me hablaba entre dientes tratando de no armar otra escena frente a mi padre, se podría decir que se calmó un poco. —Si claro... trabajo — masculló — no será que pasaste todo el día con ya sabes quién — espetó mirando de reojo a mi padre que se mantenía atento a la conversación. Agradecí en silencio que cumpliera su palabra de no decir el nombre de Marinette por ningún motivo. Aspiré algo de aire para tranquilizarme. —Kagami, por favor — reproché — ya discutimos este tema, ella solo es mi alumna y el día de ayer fui solo consumido por el trabajo y las clases, ni siquiera la vi un momento — mentí. Ella continúo fulminándome con la mirada y se cruzó de brazos diciendo que no me creía una sola palabra. La tomé de los brazos y la jalé hacia mi besando sus mejillas y sus párpados, acariciando su espalda suavemente y murmurando en sus oídos. —Tranquila linda, ya sabes cómo es mi trabajo — susurré — la verdad es que me siento muy mal de no estar el día de ayer contigo, pero... ¿Qué te parece? Si para compensarlo, tenemos una cita esta noche — sugerí con una sonrisa, esperando que eso fuera suficiente para apaciguar su ira. —¿Y tu trabajo? — masticó aún en mis brazos dejándose llevar por las caricias proporcionadas. —Por hoy puede esperar — me encogí de hombros — esta noche quiero que solo seamos tu y yo —respondí mirando a sus ojos castaños. —Hmm... está bien — musitó, se colgó de mi cuello y alcanzó mis labios en un beso corto — quiero que esta noche solo seamos tu y yo, como en los viejos tiempos — dijo acariciando mi nuca. —Así será, hermosa — prometí — Entonces... ¿estamos bien? — pregunté haciendo los ojos de cachorrito que tanto le molestaban. Kagami rodó los ojos y asintió finalmente. —Lo dejaré pasar por ahora, pero quiero que esta noche, sea perfecta. —Lo será madame. Ella sonrió sutilmente y abandonó la habitación despidiéndose de mi padre con una reverencia de manera educada y de mi con un beso en los labios. Cuando cruzó esa puerta sentí el alivio recorrer por todo mi organismo. «Bien, un problema menos» Respiré con tranquilidad antes de tomar la palabra antes que mi padre. —Escucha... — carraspeé — padre, tengo mucho trabajo que hacer aún y... ni siquiera he cenado, así que te agradecería que con todo el respeto del mundo abandones mi despacho... esta conversación puede retomarse en otro momento — sugerí. Noté como la expresión en su rostro se endurecía y volvía a ser el típico viejo amargado de siempre. Más no se negó, al contrario, se dio invitación a si mismo de acompañarme a cenar, quizás para poder sacarme conversación durante la cena sobre Marinette. Mi padre era así, ahora no hay modo de que pudiera hacerlo cambiar de parecer con respecto a cortejar a mi alumna. Era una locura, y por supuesto no pensaba revelarle absolutamente nada que se la pusiera fácil para poder cortejarla. Sobre mi c*****r. La cena continúo en silencio de no ser por una que otra pregunta que lanzaba mi progenitor a cerca de Mari, no me equivoqué en nada. Mientras masticaba llego a mí un escalofrío de terror e incomodidad que me abarco toda la columna. Tenía que explicarle en la siguiente clase a Marinette sobre quien le entregó las flores y de solo imaginarme explicándole que eran de parte de un hombre que le triplicaba la edad, me podía los pelos de punta. «Espero que este tema se lo tome bien y no la traumatice de por vida» ... -Marinette- El chirrido de las espadas de metal chocando violentamente se coló por mis oídos en un sonido agudo y molesto pero vigorizante, a su vez yo levanté mi brazo cubriendo una estocada que Adrien dirigía hacia mí, bloqueándola con mi arma y devolviendo el ataque y respirando agitadamente cuando quedamos uno frente al otro sin hacer el menor movimiento... planeando nuestra siguiente estrategia para lograr obtener la victoria. Guie mi espada hasta el frente, totalmente segura de mí misma, sonreí con autosuficiencia detrás del casco y me lancé a atacar a mi mentor salvajemente, los movimientos torpes y lentos de Adrien me dieron a entender que estaba por rozar el triunfo con los dedos. Ya faltaba poco, dos estocadas que di con todas mis fuerzas y la espada de Adrien voló por los aires cayendo clavada en el suelo varios metros de nosotros. Cansada apunté con mi espada amenazante a su pecho haciendo que este levantara las manos, señal de rendición. Subí la careta sonriendo satisfecha con el sudor escurriendo de mi frente, empapando así los mechones que caían a mis laterales. Pero sin alejar mi espada Adrien se quitó la rejilla con una sonrisa de la que podía notar, estaba orgulloso de mi desempeño, sabía que en su interior no estaba muy feliz por perder un duelo conmigo, pero su mirada verdosa resplandecía de una manera que no pude definir con simples palabras. Estaba feliz de que, por fin, luego de tantos intentos fallidos, logre tirar su espada, algo que consideraba imposible de conseguir hasta ahora. «La alumna ha superado al maestro» Sonreí altiva antes de caminar hacia su espada y levantarla sin problema del alguna de la empuñadura con la ayuda de mí misma espada, haciéndola caer en mi mano con maestría. «¡Sí! Ha servido practicar con el rastrillo y la pala» Volví con un estupefacto Adrien y le tendí la espada sonriente. —Debo decir que... has mejorado tus movimientos — aduló quitándose la careta por completo y asiendo su espada de mi mano. Alcé los hombros despreocupada. —He practicado — respondí con seguridad — como tú lo has dicho, es mi sueño llegar a ser una esgrimista reconocida, y si quiero alcanzarlo debo de dar lo mejor de mi — sentencié. Adrien asintió dándome la razón y quitándome la espada para dejarlas en su respectivo lugar. Me senté en la banca donde solían descansar los estudiantes y me retiré el casco dejando que mi cabello se desparramara completamente desaliñado por mis hombros. Con pavor volteé a ver Adrien quien se mantenía entretenido terminando de colocar las espadas en lo alto del muro y deslicé mis dedos por las hebras de mi cabello tratando de cepillarlo hacia atrás, o por lo menos intentando que este no pareciera un hogar de pichones. Cuando regresó la mirada hacia a mí, dejé mis manos en mi regazo simulando estar tranquila y regañándome a mí misma por ser tan descuidada. Su cercanía hizo que mi cuerpo entero se paralizara y más cuando sacó un tema en específico. —Marinette, quería comentarte sobre... bueno, el arreglo floral que recibiste aquella vez — vaciló rascándose distraídamente detrás de su cabeza. —¿Qué hay con él? — pregunté en arqueando una ceja confusa, sin saber por qué cuando estaba próxima a olvidar aquel bochornoso incidente, me lo recordaba nuevamente. No tenía ni idea de quien podría ser la persona que me había enviado las flores, pero la intriga me carcomía por dentro al observar el ramo cada día y viéndolo marchitarse con el tiempo. —El caso es que... tengo la certeza de haber encontrado al remitente. —confirmó. ¿En serio lo sabía? —¡¿De veras?! ¿Quién es? ¿Lo conozco? Tantas preguntas parecían estarlo abrumando, así que me callé examinándolo, suspiró soltando un gruñido y devolviéndome la mirada con lo que parecían ser nervios. ¿Por qué actuaba de esa manera? Simplemente le hice una pregunta. ¿Fue acaso algo que dije? ¿Por qué tanto misterio? Ni que las hubiera enviado el demonio de Vera Cruz. —Escucha Marinette, no sé cómo te vayas a tomar esto, pero... te pido que trates de estar calmada y evitar hacer preguntas. — prosiguió con ese extraño tono incómodo no muy propio de él. «¿Qué?» —¡Pues si dejaras de andarte con rodeos y me dijeras que pasa de una vez, tal vez pueda reaccionar acorde a la situación! - reproché cansada de que estuviera divagando. —¡Vale, vale! — claudicó. —¿Entonces? — inquirí. Despeinó sus cabellos hacia atrás y respondió. —Fue mi padre ¿vale?... él fue el que te envió las rosas... — espetó mordiendo su labio inferior. —¿C-Cómo? Decir que me quedé absorta era poco. Estaba pasmada, creí haber escuchado mal, pero... era obvio que la expresión de Adrien denotaba que no estaba bromeando, en verdad su padre había... Llevé mis manos a mi boca cubriendo la exhalación de sorpresa y murmuré cosas que ni yo misma entendí. Adrien tocó mi hombro con delicadeza observándome con un semblante preocupado, preguntó. —Oye, ¿estás bien? —S-Sí, digo... por supuesto que estoy bien ¿Por qué no lo estaría? — pregunté atropelladamente — solo... ¿sabes por qué razón tu padre, bueno... ya sabes — tartamudeé como idiota restregando mis manos con nerviosismo deseando con todas mis fuerzas que esto no fuera más que una pesadilla o una mala pasada de mi mente. Sin embargo, esto era real... —Hey... — llamó Adrien — no te pongas así, hablaré con mi padre al respecto, tu solo — resopló — quédate tranquila, todo esto se solucionará — prometió. Asentí aún anonada tratando digerir la información llegada a mi cerebro. ¿Qué me quedara tranquila? ¡Claro! Para él era muy fácil decirlo, no tiene detrás de él a un hombre de cincuenta años que quiere contigo... No era para nada lo que esperaba, prefería que ese ramo fuera del demonio antes mencionado que de un hombre al cual solo he visto una vez y era el padre de mi guapo profesor de esgrima. -Adrien- Me coloqué la pajarita bien recta y me aseguré de que mi traje de gala estaba en perfecto estado. Comprobé mi aspecto un par de ocasiones, mirándome en el espejo para evitar cualquier desperfecto. Quería que esa noche todo saliera perfecto. Después de los últimos días, quería que Kagami se sintiera como la reina que era. No habíamos pasado mucho tiempo juntos últimamente y siendo sincero, esto de dar clases particulares en casa me quitaba más tiempo del que tenía previsto. —Muy bien... Ya veremos que sale de todo esto—murmuré para mis adentros. Estaba decidido a hacer esta noche una de las mejores de mi vida, pero no podía evitar tener una mezcla de sentimientos encontrados: por un lado, quería dejar de lado la academia y todos los problemas que acarreaba, incluida Marinette, sin embargo, la charla que había tenido con mi padre no me lo ponía demasiado fácil. Aún me costaba asimilar que mi padre pudiera haberse fijado en ella, ni siquiera yo lo había hecho, al menos no de ese modo. Porque de alguna manera sabía que aquello no estaba bien, no podía fijarme en una niña a la que saco siete años. Y luego, mi padre con todo su careto va y me salta con la idea de un cortejo. Tiene gracia la cosa. Refunfuñé un par de maldiciones para mis adentros y de mal humor abrí la puerta de mi cuarto. «Venga, Adrien, j***r. Recuerda que le debes a tu chica una cena especial. No la arruines pensando en un capricho de tu padre» Bajé las grandes escaleras hasta llegar al recibidor y con un gesto ágil y juguetón cogí las llaves, haciéndolas girar con mi dedo. —¿Ya va a salir, señor? — se interesó mi empleada. —No quiero hacer esperar demasiado a la Señorita Tsurugi—aseguré metiendo las llaves en el bolsillo de mi traje. —¿Mandó ya la limusina que ordené a buscarla? —Salió hace cinco minutos. —Perfecto. —Sonreí satisfactorio y caminé hacia la puerta principal de la casa. —No me esperes levantada, me llevo las llaves para cuando llegue. La mujer esbozó un tosco asentimiento y esperó con posición rígida hasta que abandoné la estancia por completo. Fuera, en las calles, corría una brisa fina pero un tanto fría. Clavé mis ojos en el cielo y noté los nubarrones grisáceos que se movían de un lugar a otro, impulsados por el viento. «Bonita noche para una cena romántica» Puse los ojos en blanco, pensando en mi pésima suerte y con pasos pesados caminé hasta mi coche. «Ya veremos cómo termina la noche» Mis ojos estaban fijos en los pequeños cristalitos que colgaban de la lámpara de mi cuarto. Desde que llegué de la clase de esgrima no había podido evitar deambular de un lugar a otro sin ánimos ni para mirarme al espejo. Mis ilusiones habían caído en picado y se había desquebrajado como el cristal. Había pensado en todo tipo de opciones para ponerle cara al supuesto autor del ramo de flores. Desde un supuesto admirados secreto, a algún amigo de la familia y hasta el propio Adrien. Siendo sincera, debía reconocer que Adrien era mi opción más fiable y después de nuestra pequeña discusión, un ramo de disculpa pegaba a la perfección. Incluso me llegué a hacer ilusiones, ilusiones que extrañamente me habían oprimido el corazón. Pero, claro, ¿en qué momento llegué a pensar en algo así? Adrien estaba con Kagami, y según tenía entendido, no les quedaba mucho tiempo para casarse y hacer una familia juntos y felices. Esbocé una mueca de desagrado y saqué la lengua, imaginando esa escena. Una aburrida vida de casados. Eso era lo que llevarían. Con hijos, reglas, responsabilidades, apariencias... Debo admitirlo, Adrien y Kagami me daban pereza. Pereza imaginarlos juntos. Adrien era un completo soso y un aburrido cuando estaba con ella a cada rato. Él solo, le daba mil vueltas, se volvía más abierto, más risueño y mucho más agradable. Sinceramente, no creo que esa mujer pueda ser lo que él necesite en la vida. Más bien él necesita algo como... «Lo que usted necesita es al Señor Agreste. Podrían hacerse novios y casarse. Así podrían jugar y practicar esgrima todos los días» las palabras del niño del otro día se me vinieron a la mente de inmediato y por un momento, mi cabeza me imaginó a mí en los brazos de Adrien. Mi corazón volvió a alcanzar ese ritmo que me dificultaba respirar e inconscientemente, mis mejillas enrojecieron. —No, ¡No! ¡Marinette cuidado con lo que piensas! —me regañé mentalmente. —Él dice que es feliz, tiene una vida y sólo es mi profesor. Nada más que eso. Además, me ando quejando porque un hombre mayor quiere cortejarme y luego yo mismo me fijo en otro hombre casi diez años que yo. Lo único que tenía que hacer era alejar a los Agreste de mi vida y centrarme única y especialmente en la esgrima. No necesitaba a ningún hombre. Nunca los había necesitado y ahora no tenía por qué se la excepción. Me puse en pie de inmediato, levantándome de la cama. Caminé hacia mi mesita y sin pensármelo dos veces agarré el ramo, con el jarrón incluido. Abrí la ventana de mi cuarto y sin más dilación lo lancé por ahí, haciendo que las flores se desparramaran por el suelo del jardín. Ya era de noche y para colmo había tormenta, así que digamos que el sonido de golpe se amortiguó con el de la lluvia y los truenos. —Espero que se lo tome como mi respuesta a su supuesta proposición de cortejo. Una persona atravesó la verja de casa y mis ojos bajaron la mirada, observando al recién llegado con curiosidad. Según tenía entendido hoy no teníamos visitas y no creo que alguien tuviera el gusto de venir a visitarnos en una noche así. Su uniforme y la bolsa colgada a su espalda captaron mi atención y aunque la lluvia nublaba un poco mi campo de visión lo pude reconocer al instante. «Es el... ¿cartero?» Fruncí el ceño extrañada y lo seguí con la mirada hasta que lo vi pulsar el timbre de casa. Normalmente repartía el correo a primera hora de la mañana, a no ser que se tratara de algo sumamente importante. Una pequeña lucecita apareció encima de mi cabeza. «¡Puede que papá y mamá estén de vuelta!» Mis labios se curvaron en una gran sonrisa y de inmediato salí de mi habitación para bajar corriendo las escaleras. Quería ser yo la que lo recibiera y se enterara de la noticia antes que los demás. Al fin y al cabo, yo era su hija. Seguramente ya andaban en un pueblo cercano y por la mañana estarían en París. Querrían informar de su regreso y como el correo suele llegar con tanto retraso han tenido que entregarla al destinatario con urgencia. Antes de que la empleada se me adelantara, aligeré la marcha y me colé por enfrente, llevando la mano al picaporte para abrirla. Un relámpago iluminó la estancia y el cartero, completamente empapado, me esperó al otro lado de la puerta. Su rostro estaba bastante serio y si no fuera por toda el agua que le estaba cayendo encima, me hubiera atrevido a decir que había tenido un mal día. —¿Quiere pasar? —le ofrecí, haciéndome a un lado para cederle el paso. El hombre no se lo pensó dos veces y aceptó mi ofrecimiento, secándose la frente con una manga también empapada. Suspiró al verse en resguardo y luego me miró. —Buenas noches, Señor—lo saludé, sin disimular la sonrisa que se dibujaba en mi boca. Llevaba tres años sin ver a mis padres y según sus cartas, hablaban sobre una posible visita pronto. Me removí inquieta en mi sitio y lo observé con impaciencia. —¿Trae algo de mis padres? —pregunté, porque si no lo hacía, tenía la sensación de que iba a explotar. Su rostro continuó serio y al escuchar mi pregunta, su mirada se oscureció. Respiró hondo y se aclaró la garganta, sin dejar de mirarme con un sentimiento que me hizo que algo se me revolviera por dentro. «¿Qué estaba pasando? ¿Por qué me mira de esa manera?» Su expresión no me decía nada bueno y sin poder evitarlo, murmuré mis siguientes palabras: —¿Va todo bien? El cartero respiró hondo y abrió su chaqueta para sacar una carta. —Lo siento—musitó, extendiendo su brazo para darme un sobre perfectamente precintado y con un sello muy extraño. —Ha llegado de la provincia vecina. Han encontrado a sus padres en un terraplén de la ruta del Bucheron. Tomé la carta despacio y la observé, con ojos muy abiertos. —Encontraron sus cuerpos sin vida.
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