CAPÍTULO TREINTA El bebé dragón estaba en el suelo del bosque sintiendo que moría pero ya sin que esto le importara. Estaba tan débil por la pérdida de sangre que apenas si podía abrir los ojos. Había estado perdiendo el conocimiento a momentos en los que soñaba con su padre que venía a recibirlo y lo guiaba hacia una luz. Al principio había tratado de pelear, pero ahora estaba listo para dejarse ir. Esta vida había sido muy corta, muy dolorosa y muy confusa. No podía entender la vida. ¿Por qué había nacido sólo para morir? ¿Por qué no se le permitía vivir más tiempo? Con su padre muerto él ya no tenía ningún motivo para vivir. Sus heridas le dolían, pero el dolor bajó mientras perdía el conocimiento y dejaba de pelear por seguir con vida. Se dio cuenta de que la muerte no era tan mala

