CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO Alec sudaba sentado frente a la forja, martillando sobre la espada como lo había estado haciendo por días, frustrado y perplejo. La espada sin terminar creada con un metal que no conocía no podía ser moldeada. Era la más obstinada pieza de metal con la que había trabajado. Mientras intentaba darle forma, la espada parecía tener una mente propia. Había tratado reblandecerla con fuego líquido, enfriándola y martillando por todos los ángulos y con toda clase de martillo. Nada funcionaba. Alec se quedó sentado con hombros adoloridos y bajó su martillo necesitando un descanso. La examinó respirando agitadamente y goteando sudor sobre ella, confundido. La puso contra la luz con sus manos lastimadas por el martillar y le daba vueltas tratando de entender. Nunca se habí

