Continuación del Capítulo 1

4044 Palabras
*** —¿Cómo se te ocurrió permitir que tu hermana, la Vanessa le lanzará su plato de dulces a ella? Era mi sueño invitarla y más aún que asistiera porque sabía que su padre nunca nos había visitado. Por culpa de ella, me odió desde entonces. —Tu madre no la quería. —Sí, y mira ahora, las ironías de la vida. Es dueña de la compañía familiar. ¡Vueltas que da el mundo, amigo! — se echó a reír de buena gana mientras se aflojaba el nudo de la corbata. Su amigo encendió el equipo de sonido y se decidió por el tema de: “si me falta tu mirada de Il Vollo”. Uno de sus grupos pop lirico preferidos. —¡Esto sí es música Fabián! Me alegra saber que has mejorado tus gustos. ¡Vaya, realmente me hizo recordar que tengo en pausa mi corazón y ciega mi ilusión! —¡No! ¿No me digas que tú continúas con esa bobería de conocer más a la zanahoria del barrio? —Oye, pocas mujeres se merecen el título de zanahoria. Sí, ni tú ni nadie puede negar lo inteligente y destacada que siempre fue esa niña. —Pues claro, si tu madre es la profesora en casa ¿qué más puedes esperar? —¿Su madre era profesora? —incrédulo —¿No lo sabías? ¿Cómo? todo el mundo lo sabía. Su madre era titulada en su país de origen, pero nunca pudo ejercer aquí, dicen que su esposo no la dejaba. La Pista de Il Volo terminó y empezó el tema de Grande Amore que le hizo emitir un grito que acopló con el coro de la canción y lo enfatizaba de una manera muy divertida. —“Cada vez que pienso en ti, en el perfume dulce de tu piel tan pura, es una fuerza inmensa que pinta mi cielo de los mil colores— Extendió la mano hasta alcanzar el ícono del volumen en el tablero digital y el volumen subió hasta las nubes. Il Vollo con su melodía se dispersaba al paso veloz del auto, allí entre los dos amigos— ¡No me salen las palabras, pero aquí he venido para confesarte, ya sin más temores yo quiero gritarte este Grande amore! —¡No! —Apagó el equipo al hundir un dedo en el encendido— ¿No me digas que además de venir a quitarle dos de las acciones vienes a moverle el piso a esa mujerota? —Por supuesto. Para mi nada es imposible. — y volvió a encender el equipo con solo presionar un icono en la pantalla. —Sí nadie se ha jactado de comerse esa manzana, ¿Lo vas a hacer tú? —se burló. Il Volo volvió a llenar el espacio, así que sin apagarlo se acercó hasta el oído de su amigo, palmeó su brazo y le dijo: Yo no soy cualquiera, Fabián. Esa manzanita es mía. Siempre lo fue. Su amigo soltó una risotada y prometió su deseo por verlo, especialmente el rostro de su propia madre. Ethan continúo cantando al unisonó con el Il Volo que escapaba del reproductor. —Amore, solo amore. Es esto que siento—Se apretó el pecho con dramatismo —dime por qué cuando pienso, pienso solo en ti. Dime por qué cuando hablo, solo hablo de ti. Dime por qué cuando creo, creo solo en ti. ¡Grande Amore!!! Dime que estás, que mi amor siempre serás. Dime esta vez que no te voy a perder amor. Dime que no. Que no te vas a marchar. Yo te diré Que eres mi único y grande amore. — ¡Mierda, Canadá te volvió loco! — y se echó a reír. Con la canción de Il Vollo de fondo— de seguro tu madre te mata. *** Estacionó el sofisticado Mac Laren P1 de lustra latonería negra al frente del umbral al portón eléctrico que se elevó a su llegada. Las finas terminaciones en la madera, el caoba intensa de los tallados y la rigidez de sus marcos se rendiría con pleitesía a la imponente máquina de 916 caballos de potencia capaz de hacer que aumentase la adrenalina hasta en un monaguillo de iglesia con solo palpar la tapicería sedosa de sus asientos. Ascendió un pequeño muro en la entrada con una suavidad de pluma se deslizo en una rampa interna que los condujo hasta uno de los “hangares” típicos para esas naves terrestres con las que un país entero podría construir escuelas o comedores. Las portezuelas se abrieron al desbloquearlas y al mismo tiempo se desplegaron de un costado hacía arriba como si del auto de Marty MacFly y de su amigo “Doc” Emme Brown se tratase. Ambos sonrieron y apenas llevó consigo el portafolio que desde su embarque guardaba respaldado a sus piernas. —¡Vaya! No soy el único al que la suerte le ha seducido, ¿No? —palmeó su hombro y haló su cabeza para besar su corona en un tierno gesto de amistad. —Me alegra mucho. Ahora, cuéntame: ¿Me voy a encontrar con una bella pelirroja y tres pequeños diablillos dando brincos de un lado a otro mientras tu perro mordisquea el sofá en donde nos sentaremos? —¿Por favor, friend? ¿Cómo se te ocurre? ¿Yo? ¿El distinguido y rápido Fabián? … ¡Ni loco, Ethan, ni loco! —¿Así que continúas siendo el mismo solterón gigoló de nuestros tiempos? —¡Oye, No! bueno, sí, no puedo mentir— y se dobló sobre el sofá en una profunda risotada para terminar extendiendo los brazos en los espaldares del mullido sofá de tres puestos— Esta es mi humilde casa de citas, mi morada y sitio de relax. Las modelos más bellas de todo chile han pasado por este delicado sofá y caminado sobre mis alfombras persas. —¿Y con ninguna te decides? Se puso de pie para tomar el control remoto sobre la mesa lateral del vestíbulo, oprimió un digito en él y al par de segundos un caballero estaba allí para atenderles con el más fino y delicado traje de etiqueta. Pronto la mesa fue servida con un vino dulce, entremeses y copas para ser vertido el delicioso licor— No he conseguido la mujer ideal para mí. —¿No será que no deseas encontrarla? —¡Que tonterías, amigo!, si todas con las que salgo aspiran llenar sus cuentas bancarias con mi dinero. Puedo decir que ellas no desean encontrarme. —se ríe. —¿Quizás debas cambiar de tipo de chica? No sé, una más virtuosa para las artes, la ciencia o hasta con aires místicos. —Sí, claro, ¿Cómo tu aspiración? Suspiró al cerrar los ojos. Por fin se había olvidado del portafolio y se reclinaba a sus anchas en el sofá frente al de su amigo—Abir Abdallah Taylor tiene todo lo que busco. —¡Que tonterías, Ethan!, esa mujer ya no es nada de lo que era cuando fue niña, ni siquiera lleva coletas y tiene unas piernas, ¡Que Uy Dios mío! De seguro, lo que tú buscas lo ha tomado otro. Ethan Madison se puso de pie, exhalando una bocanada de aire como si estuviese padeciendo una crisis de asma, su rostro adquirió profundas líneas de expresión en el ceño que para su amigo Fabián resultaban irreconocibles. Supo entonces que la conversación no llevaba buen rumbo. El mismo se sirvió una copa del licor dulce y llevó a su boca una pieza de los deliciosos entremeses marinos. —Preferiría que no manifestaras lascivia alguna ni suposiciones ofensivas hacia Abir —No es tu chica. Ni siquiera la has visto en más de… ¿Cuántos años? ¿Diez? ¡Olvídalo amigo! Si estás soñando con comerte ese pastel de niños, estás loco. Hoy en día no hay mujeres castas y menos con dinero. Molesto le dio la espalda, tomó su portafolio y regreso a la puerta de entrada. —Oye espera, no te molestes, amigo. Si acabas de llegar…Comamos algo y luego te llevo a dar una vuelta por la ciudad. —Te dije que no deseo que te expreses de esa forma de Abir, recuerda que aún tenemos asuntos pendientes de nuestra juventud. Además, aún no se ha casado y te apuesto que Abir aún se conserva tan casta y pura como siempre lo fue. —¡Por favor amigo! ¿En pleno siglo veintiuno? —Se sonrió burlesco—¿Te apuesto mi bebé precioso? Sí, esa máquina en la que hemos llegado a casa. Te apuesto a que ese pastel se lo comió otro—elevó el llavero y el control remoto en él bailoteándolo frente a sus negros ojos. —¿Y qué piensas tú, ¿qué voy a hacer como la cultura marroquí? ¿Quieres que me acueste con ella y te traiga la sábana con la prueba de su honor? ¡Estás loco! ¡Compórtate como un caballero si no te vas quedar calvo completamente! —se sonrió, pero era un esbozo frío, lúgubre que su amigo supo reconocer. Estaba hablando en serio. —¿Y cómo pretendes llegar a ella? Tiene más hombres de seguridad que el presidente de la república. —¿Olvidaste que soy socio de su compañía? —¿Y crees que se detendrá a charlar contigo? Si la Abir se ha ganado la fama de ser la Tirana. Sí. Como la Tirana de Tumaragual. ¡Mucho cuidado y no terminas tú, muerto a sus pies! —Ninguna mujer se resiste a mis placeres, Fabián. Ninguna. Frotó las palmas de su mano en medio de un ademán de arlequín y dijo: —¡Eso hay que verlo, amigo! ¡Yo quiero verlo! Le arrebató las llaves de la potente máquina de ruedas y se retiró con el portafolio en su otra mano. —Con tu permiso, me llevo mi auto. —Vete tranquilo. Ya me lo devolverás cuando pierdas tu apuesta, amigo— se sonrió mientras se servía otra copa de licor y lo vio desaparecer entre el garaje y el antejardín que lo conduciría de nuevo a la salida. —iré a visitarte más tarde. Pero su amigo ya estaba alejado y solo se despidió con un voleo de las llaves al aire. Al llegar a casa Ethan Madinson terminó de descargar el equipaje que solo retiro de la cajuela hasta llegar a su townhouse en la zona metropolitana, desde allí podía contemplar el cielo nocturno de un Santiago Veraniego calcinado por las altas temperaturas y reverdecidas por la insistencia gubernamental. Paso la noche escuchando música en francés e intentando comunicarse con la accionista mayoritaria de Muebles M&T. Necesitaba descansar. Dejar de pensar en el mañana, después de todo, tarde o temprano llegaría. Al día siguiente se duchó, vistió y se bañó, en sentido literal, con sus cotizadas fragancias, a pesar de estar seguro de que Abir Abdallah Taylor continuaba igual de anti parabólica y despistada para ese tipo de detalles. Podía reconocer el error en una raíz cuadrada determinada a lápiz y papel con puro cerebro en plano, pero no detectaba un look nuevo y diferente. En una ocasión le obsequió un cesto de chocolates suecos y solo a dos de ellos envolvió con sus típicos cisnes de papel con las declaraciones de amor. Deseaba besar sus labios sonrosados. No sabía besar. Era un niño tonto. Tímido y torpe que nunca se hubiese atrevido a besarla tal como su amigo Fabián solía enseñarle cada vez que ponía el espejo en sus labios empinados en medio de un sonido que siempre le pareció estruendoso. Ethan solo deseó rozar sus labios. No era como su amigo. A sus trece años, Fabián se jactaba de haber tocado los senos redondos y suaves de la Julia, la Marta y hasta de la Filomena, la niña más cara de ángel, después de Abir, en todo el colegio particular. Ethan se sonrojó desde la barbilla hasta las orejas una vez que su amigo Fabián le había instruido sobre cómo debería tocar a su chica entre las piernas. ¡Mierda! ¡Él no era capaz de hacer algo así! De una u otra manera nunca ofendería a una chica y mucho menos si esa chica era Abir Abdallah Taylor. La mañana en que llegó a las instalaciones de Muebles M&T se reuniría con su padre, el abogado de Abir, su contador y si corría con un poco de suerte, con ella. —Bonjour, chers messieurs, belle dame ! Buenos días, respondieron al unísono los caballeros. Su padre, Don Madinson estaba desgastado por los años vividos, pero de seguro sus manos suaves, ahora no requerían tipiar u organizar asambleas. Su cabello había dejado de ser dorado para convertirse en una maceta de delicadas y brillantes hebras plateadas que junto con sus marcadas líneas de expresión describían los esfuerzos y hechos vividos. Ella fue la única que contestó en francés a su saludo. Un bello y melodioso saludo francés que activó los recuerdos de su infancia en donde lanzaba papelitos doblados de papel con poemas escritos en francés. La reunión inició con la formalidad de rigor. Una secretaria tomaba el orden de ideas y seccionaba por escritos los temas a tratar. El abogado hizo su participación y ambos acordaron el porcentaje de las acciones adquiridas por la señorita Abir Abdallah Taylor, que juntas correspondían a un cincuenta y cinco porcientos. No conforme con su decisión se levantó de su asiento y en medio de la sala se dirigió a Ethan Madison con un ofrecimiento que terminó dejándolo perplejo. —Estimado Ethan Madinson, permítame hacerle un respetuoso ofrecimiento a usted en representación de su padre y familia. Él puso el codo sobre la mesa y frotó el mentón entre su dedo pulgar y su índice con sus cinco sentidos atentos. Lucía lampiño, oloroso a perfume costoso y con unos marcados bíceps bajo los pliegues de su camisa importada, Su gabardina colgaba desde su entrada en el perchero principal y sus labios palpitaban viriles y tentadores al roce fortuito de sus dedos. —Sé lo difícil que resulta para usted alejarse de sus propios negocios, especialmente de su arte, también reconozco que, su padre, tan honorable merece un descanso—sin parpadear lo escudriña con la mirada al tacto del frío cristal que sirve de mesa— por eso es que le ofrezco la compra del total de sus acciones, de esa manera usted podría retirarse dignamente al disfrute del fruto de su esfuerzo con gran plusvalía. El padre de Ethan Madison Fuller, intentó ponerse de pie, pero una mano joven lo retuvo en el asiento. El abogado tomó la palabra y exhibió las posibilidades legales de que ello ocurriese. Pronto Ethan solicitó la palabra. Saludó a los presentes con esa misma sonrisa de hiena en cautiverio y de pantera al acecho que flanqueaba la belleza de su masculinidad, que nada tenía que ver con el muchachón obeso, de panza redonda y piernas débiles que una vez hizo correr cuando le pidió que rescatará uno de sus aviones de papel de un enorme panal de abejas. Se sonrió discretamente al recordarlo, y no pudo evitar sentir ternura al saber lo que era capaz de hacer él cada vez que ella solicitaba ayuda. Aún recuerda la estruendosa sirena de los bomberos y su familia exquisita haciendo el gran escándalo por los pinchazos de su hijo. Lo lamentó mucho. Esa tarde no pudo cenar y solo se tranquilizó cuando dos días después lo vio asomarse a través de la misma ventana del despacho con la nariz cubierta de venditas y los párpados hinchados. Se preguntó si todavía seguía siendo el chico dispuesto a salir a su auxilio. Entre esos recuerdos y la intervención del abogado se hundió en un breve suspiro que no paso desapercibido en la reunión. Incomoda su mano de dedos largos acariciaron el cuello de su blusa para terminar jugueteando con su collar de Swarovski y plata que disimuló el leve carraspeó de una garganta irritada. De inmediato le fue servida una copa de agua por la diligente asistente. —Agradezco tan tentador ofrecimiento, pero precisamente consideraba la misma posibilidad. —El bolígrafo de plata con las insignias doradas de su apellido Madinson bailoteó entre sus dedos antes de reposar sobre el cristal de la mesa—La razón de asistir a esta reunión era la de adquirir las acciones totales, quizá para usted sea más cómodo dedicarse a un solo rubro y no a los cinco que ya su firma mantiene en el mercado. —Gracias por su consideración. Es un honor que usted reconozca la presencia y relevancia de nuestra firma en el mercado. Ha sido un trabajo consecuente y de mucho esfuerzo que jamás ameritó fondos familiares para impulsar sus pasos —Su mirada fija hizo que las pupilas de Ethan se dilatarán como las de un felino—Ser un emprendedor hoy más que nunca es navegar en un mar de tiburones que venturosamente he sabido surcar, así que no siento ninguna incomodidad con proseguir con el alcance de nuestros logros. —La entiendo, pero una buena oferta puede resultar tentadora. Madinson Fuller puede manejar la cifra que considere acertada, señorita Abir— agregó sin despejar la mirada en ella. —Veo que esta mañana será bastante polémica y el debate será un pesado norte—dijo Abir con un dejo de soberbia en sus facciones— lamentablemente no están en venta ninguna de mis acciones... —Tampoco ninguna de las nuestras señoritas Abir. —Bien entonces, fijaremos hoy una reunión específica para fines contables con la auditoría respectiva sobre administración y finanzas. Evaluaremos y proyectaremos la nueva visión y misión de Muebles M&T en base al flujo de caja que el administrador en curso nos presentará. Me gustaría señor Ethan escuchar sus propuestas de impacto comercial y de innovación para nuestros productos. —Haré llegar el portafolio con mis propuestas sobre lo mencionado señorita, una vez que tomé posesión de la gerencia. Estoy ansioso por iniciar con nuestra sociedad. —Ahora era él quien le miraba fijo a los ojos con la diferencia de que no hubo un atisbo de intimidación en ella. —Si no hay otro tema que discutir, Considero esto, el fin de la sesión. Debo retirarme señores. Con su permiso. Los demás caballeros permanecieron junto a la secretaria quien les sugirió aguardar por la entrega de las copias del acta de la sesión llevada a cabo, pero mientras ello ocurría. Ethan se disculpó con su padre palmeando su hombro para salir detrás de la elegante ejecutiva. Tuvo que agilizar el paso hasta llegar al trote para cruzar al pasillo continuo y poder entrar de golpe al ascensor en donde, la señorita Abir había subido. No dejó de cuestionar su destino y verla delante de él, con los mismos pasos de gacela, con las caderas contorneadas, su cintura, sus glúteos redondos tras la tela de gabardina, sus tacones delgados de algún diseñador francés y ese cabello tan sedoso cayendo en bucles perfectos por el dorso de la espalda. Se sacudió la antigua imagen de niña de caderas escurridas, salivó de forma inconsciente y deseó estrecharla entre sus brazos como nunca antes lo hizo. Al verla frente a sus ojos no pudo dejar de escudriñar sus pupilas pudiendo grabar y tallar en piedra cada una de sus facciones. Sus labios entreabiertos, teñidos del vino tinto precioso parecían exhalar a paso lerdo una respiración asmática que instintivamente recobró el ritmo adecuado. —Disculpa mi intromisión, pero desde que nos hicimos adultos ha sido muy difícil hacerte llegar los cisnes, aviones y tortugas de papel; las r************* y el whats app mantiene un margen de tres kilómetros de grosor contigo y verte me resulta más difícil que ver a Ricardo Arjona en persona. Ella pudo sonreír al rememorar el fin de año académico de segundo medio en donde le había ofrecido contratar a Ricardo Arjona —su cantante preferido—para hacerla feliz luego de enterarse que por dos milésimas no había obtenido el máximo puntaje. —El tiempo ha pasado sr Ethan Madinson. No obstante, resulta imposible no saber de usted y de su repertorio de violonchelo además de su marca personal y sus prósperos negocios con la inmobiliaria. Muy buen sector de inversión en el norte, señor Ethan. —Preferiría Ethan a secas, Abir. —susurró su nombre tan cerca de sus labios que sintió el vértigo a sus pies, él la sostuvo y el ascensor se detuvo en un piso, número tres, en donde nadie subió. Aprisa él marcó el piso número siete dejándola boquiabierta y sin respiración. —Necesito los siete pisos para decirle que la extraño, que deseo invitarla a cenar conmigo está noche. Necesito hablar de pliegues de papel, colmenas de abejas, pedir disculpa por la crema chantillí en tu vestido y decirte lo que nunca pude decir antes. —¡Oh por Dios, estás loco Ethan! Estas susurrándome al oído como un seductor— se sonrió mientras dio un par de pasos lejos de él. — No estamos para esos jueguitos, podría considerar este comportamiento como acoso y has tenido mucha suerte de que prescindiera de mi escolta en este viaje. Además, de lo que hablas son solo trivialidades de muchachos —dijo ella indiferente—no tengo tiempo para esas cosas. Debes reconocer que nuestras relaciones nunca serán las de esos jóvenes del pasado. El tiempo pasa y las hojas del otoño suele cubrir el concreto. —y las ventiscas del invierno agita hasta remover la última de las hojas. —El frío de invierno cambia la textura del concreto. Resbaladizo, peligroso. Se debe andar con cuidado en él Ethan, con mucho cuidado. —Las amenazas tras las metáforas suenan a versos en tus labios. Así que no me importa, insisto en querer platicar de todas esas trivialidades nuestras hasta llegar a temas de adultos, decirle a esa niña, lo hermosa que se veía y que, si la Vanessa le echó su postre encima, fue solo por envidia, porque no había niña más linda que tú en esa fiesta. Su barbilla estaba a milímetros de la suavidad de su tez y el aliento fresco a eucalipto puro de su boca erizó su piel, él pudo sentir el temblor de sus labios sedientos y pudo respirar las feromonas que expelía su piel. Se maldijo así mismo y deseó poder tener la oportunidad de besarla en la intimidad de la noche y perfeccionar las técnicas de seducción bajo su falda que el Fabián siendo un mozuelo le habría instruido. Era todo un hombre y ella toda una mujer y la deseó con todas las ganas del mundo, tanto que su vejiga se contrajo y una fuerte sacudida hizo estremecer el cuerpo viril entre sus piernas. Tuvo que respirar profundo para volver en sí y no irrespetar ese momento. Ella se reclinó cerca de la puerta ante la mirada fija de Ethan. Oprimió con determinación el piso de planta baja. —Te invitó a cenar en mi departamento. —Disculpa, no acepto cenas privadas, de nadie. —Lo sé. Eso es lo que me encanta de ti. Te invitó a cenar en el mall, un centro comercial. No correrías peligro. —Tú no me harías daño en ningún lugar. Estoy segura que no correré peligro, pero lo lamento no tengo vida social como lo esperas. —Entonces, Abir acepta que te recoja en tu propiedad a las 20:00 horas y cenamos en mi departamento. Los jóvenes de antes con modales de adultos. ¿Te parece? Ella se sintió vencida, inhaló aire y se aferró a su cartera de Carolina Herrera. Su piel expelía un delicado aroma a rosas frescas— ¿De qué hablaríamos? Llevamos años sin saber uno del otro. —¡Perfecto! Entonces hay mucho de qué hablar. Hasta las 20:00rs. El ascensor se detuvo, en la parte superior la luz de led rojiza marcaba las iniciales de planta baja. Ella descendió altiva y él permaneció en el habitáculo metalizado. Oprimió el número correspondiente al piso de la sala de juntas y vio disiparse su imagen al cierre de las compuertas.
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