Antes de que papá llegara había decidido pasear con Ares en una bicicleta vieja y un carrito atado a una soga, donde el cachorro iba. Y luego de un largo rato, había llegado al centro del pueblo.
Caminaba tranquilamente sosteniendo el manubrio de la bicicleta, con Ares siguiéndome a la par. El centro a esa hora era de lo más espectacular, cuando los colores del ocaso se reunían sobre el mar y el cielo pintado de anaranjado iluminaba las casas de dorado. Lo principal se encontraba en la costa, donde los restaurantes de comida marina –u otras preferencias- se alineaban uno contra otros junto al puerto, donde los veleros y barcos de pesca estacionaban. Unas altas palmeras adornaban la playa y siempre se veían luces amarillas colgadas como si fueran de navidad alrededor de sus delgados troncos. Detrás de los restaurantes estaban las tiendas de ropa y regalarías, y en la siguiente cuadra, un mini supermercado, un videoclub, el viejo árcade y el correo. Entre esas calles, estaba la pizzería de Holly, la cafetería Ross, el Jardín de infantes al lado del instituto primario y el hospital central. Luego todo se dividía en casas, casi de las mismas formas y tamaños, con tejados rojos y paredes beige. La avenida principal era la entrada, dos hileras con escasos coches y faroles –vaya a saber de qué año- a cada lado de la vereda. El corazón de Jennings tenía una belleza antigua que sabía engatusarte a pesar de lo pequeño y precario que podía ser.
Pasé por delante del instituto, en la vereda al otro lado de la avenida. Las luces estaban encendidas, jamás se apagaban, y era tan solitario que asustaba. Seguí mi camino hacia mi destino, la tienda de muebles. Ares se emocionó a dos cuadras de llegar, se marchó a brinquitos y no pude más que vigilarlo desde atrás para que no cometiera ninguna travesura. Crucé enfrente de un local de ropa para bucear llamado “La casa del buceador”, y finalmente me detuve cara a cara con “Muebles Olson”. Un nombre poco original, pero adecuado a la perfección según la opinión de mi padre. Ubicado en una esquina, lo primero que se veía desde la avenida era una vidriera con una puerta en el lado oeste, desde ahí se veía un escritorio, un perchero, una mesita de luz, y una cajonera. Ares tenía la nariz pegada al vidrio de la puerta, con sus patas traseras sentadas en una alfombra marrón que daba la bienvenida.
Entre, el aroma a madera me recibió e inhalé con fuerza. Inevitablemente el cachorro fue conmigo, sus ojitos me habían cautivado cuando estaba casi a mitad de camino y no pude evitar no caer en su juego. Pero su irradiante felicidad apaciguaba la tensión que había cargado todo el día, y eso compensaba el posible reclamo de mi padre cuando lo viera, si es que no tenía permitido el ingreso de mascotas a la tienda. No había nadie en el mostrador, solo se veía el respaldo de una silla vacía, un montón de folletos en la encimera y un soldadito de madera parecido al cascanueces. Todo estaba consumido en un silencio donde solo podía oír el jadeo de Ares y el zumbido del foco de luz sobre mi cabeza. En un momento el cachorro fijo sus ojos en la cortina que dividía el límite entre la tienda y la fábrica y sus orejas se elevaron en punta.
La puerta estaba abierta pero no percibía ni un alma cerca. A menos que estuvieran todos en el almacén de atrás, Frank nunca abandonaba su puesto aunque estuviera, incluso, a punto de cerrar. Solté el aire por la boca, haciendo un pequeño sonido con los labios, impaciente esperaba que alguien saliera de la puerta tras la cortina al lado del mostrador. Estuve a punto de pasar, pero la voz de mi papá me detuvo. Entonces Ares comenzó a gruñir y su cabellera se erizó como si hubiera presionado un botón de tranquilidad absoluta a modo agresivo.
—Muchas gracias Caillen. Te enviaremos el tablero de la cama apenas esté listo.
La cortina se corrió, como un ángel caído del cielo iluminado por reflectores apareció un hombre joven, de edad confusa, vestía unos pantalones de gabardina n***o y una camisa blanca con las mangas arremangadas, una vestimenta muy elegante por estos lados. Era alto, esbelto, con anchos hombros, y un cabello rojizo espectacular peinado con gel hacia el costado, dejando un pequeño copete. Su piel era llamativamente blanca, casi translucida, como si pudiera ver a través de ella.
— ¿Linn? ¿Qué haces aquí? ¿Viniste sola? —Me preguntó papá. Ares no abandonaba su posición y comencé a ponerme ansiosa. — ¿Ares? Oye chico, relájate.
El cachorro le enseñaba sus colmillos al hombre pelirrojo. Mi cerebro tardo en unir cabos, preguntándome la razón de tal comportamiento en el perro, que la mayor parte del tiempo tonteaba y correteaba por la casa. Entonces cuando fije mis ojos en el hombre, todo tuvo sentido. Eran grises, iguales a los de los hermanos McAllen. ¿El doctor McAllen? ¿Caillen?, eso tenía lógica considerando que papa hace unos minutos lo había llamado así. Me sorprendió que haya caído tan tarde en darme cuenta, pero el enfado que Ares presentaba me había desconcertado a tal punto de bloquearme.
—Tranquilos, nunca me he llevado bien con los perros. —Dijo el Doctor con una amable sonrisa. Lo miré recelosa, y tapé a Ares con una pierna, fue casi instintivo, ¿Es que nadie de esa familia podía transmitirme confianza? La respuesta era no.
—Lo lamento Caillen. —Se disculpó mi padre. — ¿Te acuerdas de mi hija menor, Linn?
Apenas logre mover la mano para aceptar el saludo del Doctor.
—Me has hablado mucho de ella, es una señorita con mucho carácter. —Dijo, descolocándome por completo. Nuestras manos se unieron y sentí la helada corriente de su piel provocarme escalofríos. Lo solté rápido.
— ¿Cómo…?
—Oh lo lamento. —De sus rosados labios delgados brotó una melodiosa risa. —Mi hijo Edmund me ha comentado sobre lo sucedido en la cafetería.
Jodido, hijo de…
— ¿Tuviste problemas Linn?—Interrumpió mi padre mirándome con ojos acusadores.
Tuve que morderme la lengua para no asesinar verbalmente al Doctor McAllen.
—Algo así. —Me limité a decirle.
Ares seguía en su misma posición, y me agaché para acariciar su frente. El cachorro se distrajo con esa leve caricia, y siseé. Debía calmarlo, porque oírlo de fondo me ponía los pelos de punta a mí también.
—Mi hijo es un chico reservado pero impulsivo, lamento si ha causado algún problema. —No tuve fe en creer lo que me decía.
Hubo un incómodo silencio, que no me moleste en derribar.
—Bueno. —Suspiró y junto sus manos, con una nerviosa sonrisa. —Mi familia me está esperando, así que nos vemos pronto Charly. —Le dijo mirando a mi padre.
—Claro. —Papá me envió una mirada cargada de “tenemos que hablar” y le sonrió al doctor con tranquilidad. — Me comunicaré contigo cuando este el envió.
El Dr. McAllen, me sonrió y asintió en forma de despedida hacia mí. Sus ojos plata me miraron por última vez, y paso por mi lado dejando una estela de aroma a perfume masculino y un efluvio agradable. Quizás demasiado. Era dulce y un poco picoso. Dejé de mirarlo cuando recalqué en lo que estaba sucediendo, ¿Desde cuándo tengo tanta sensibilidad en el olfato?
Pasé mi mano por mi cabello, mis dedos se enredaron a la mitad de este. Papá volvió hacia mí con las manos agarradas en la cadera, sabía lo que significaba, lo miré, esperaba que su interrogatorio fuera rápido. Se sacó los anteojos, los limpió con el borde de su sudadera y volvió a colocárselos, todo esto en completo silencio, como si estuviera ordenando sus preguntas.
— ¿Y?
— ¿Y…?—Repetí.
— ¿Qué paso?
Que no paso, es la verdadera pregunta.
—Tuve un inconveniente en la cafetería. —Empecé. Papá me insistió con los ojos a que largara más la sopa. —Un tipo llamado Tyler, él y su grupo de imbéciles que molestaban a mis nuevos amigos, empezaron a provocarnos, se sobrepasó conmigo y reaccioné.
— ¿Qué te hizo?
—Quiso humillarme. —No iba a decirle lo del agarrón de cintura. Mañana aparecería el cuerpo del chico muerto si lo hago. —Pero Tessa se interpuso antes de que pudiera darle una segunda razón para recordar que no debió meterse conmigo.
Papá abrió los ojos, asombrado.
— ¿Tessa hizo eso? —Casi puedo decir que sonaba incrédulo.
—Si lose, han pasado muchas cosas, eso es una de las tantas.
— ¿Y el hijo de Caillen que tiene que ver?
—Tessa me defendió pero Edmund defendió a Tessa, lo empujó contra las mesas. El chico está bien pero fue a parar a la enfermería por las dudas.
—No creí que estarían metidas en problemas tan temprano. —Comentó y solté una risilla.
—Tessa los atrae, yo los busco.
—Me llamó tu abuela en la tarde. —Cambio de tema. —Me dijo que te has olvidado tu diario en un cajón. Estaba preocupada de que te sintieras mal y me avisó que lo envió para acá por el correo.
Hice una expresión de confusión. ¿Diario? Yo no escribía ningún diario.
—No tengo un diario papá. —Le respondí desconcertada.
— ¿Ah no? —Se escuchó sorprendido por mi revelación. — ¿Entonces porque me diría eso?
Me encogí de hombros. Quizás la abuela se había vuelto loca, yo no escribía diarios, no se me da bien eso y ella lo sabe, y si lo tuviera, ese no podía ser el motivo de una charla ¿o sí?
—La abuela estuvo actuando extraño antes de irme. —Papá me miró atento. —Habrá perdido un tornillo, ¿Debería preocuparme?
—Llámala en cuanto tengas tiempo.
Papá preparaba todo para cerrar el negocio, mientras yo estaba sentada en la silla del mostrador con un dormido Ares en mis pies. Escuchaba los sonidos que hacía en la fábrica, hasta que llegó a la parte delantera, y el rechinido de la persiana me aturdió, formé una mueca hasta que bajo por completo. Desperté a Ares cuando metió la mano en su bolsillo, y me encaminé a la salida. Ares se metió en el asiento trasero, yo en el copiloto. Papá me echaba algunas miradas en el transcurso que encendía el motor y arrancaba la camioneta.
— ¿Está todo bien Linn?
Apoyé la cabeza en la ventanilla y cerré los ojos un minuto.
—Solo estoy agotada.
—Es el cambio cariño, todo se ira ordenando poco a poco.
—Lose… solo que. —Suspiré y volteé la cabeza en su dirección. — ¿No has experimentado cosas sin explicación alguna vez?
— ¿Cómo qué? ¿La pubertad? ¿O el amor?
Volví a suspirar. Ya había perdido la cuenta de cuantas veces lo había hecho ese día.
—No es eso. Desde que empezó el día me sentí furiosa, sensible y yo… no sé qué me ocurre. Ni siquiera sé que es lo que pasa conmigo pero no es normal.
—Tranquilízate hija, adaptarse a otro ambiente es difícil, han sido muchas emociones en corto tiempo. Sin olvidar que aun eres una adolescente propensa a las crisis.
¿Podía ser cierto? ¿Podía ser eso solamente? ¿Una crisis adolescente producto de un mar de emociones?, tal vez papá tenía razón, quizás estaba siendo paranoica y le estaba dando demasiada importancia. Debía volver al principio, donde solo vivía sin preocupaciones, así como en Miami, soportándolo todo sin rechistar, sin cuestionarme, sin pensar mucho. Estaba algo perdida, esta no es la chica que vino de Florida.
—Todo estará bien cariño. —Me dijo papá a mitad de camino, tras un largo silencio.
Al llegar la noche estábamos cenando Espaguetis que Tessa había cocinado. Comimos en silencio durante varios minutos, a ninguno de los tres nos resultaba incómodo. Habíamos aprendido a convivir sin hablarnos y no era tan deplorable como parecía o uno se puede imaginar.
—Entonces, ¿Qué tal el instituto? ¿Han hecho amigos? —Preguntó llevándose el último bocado de espagueti a la boca.
—Tengo algunas clases con Larry y una chica llamada Nina. Almorzamos juntos, aunque Nina y Larry no hayan sido más que compañeros, la pasamos… bien.
— ¿Almorzar Linn? —Inquirió Tessa con una burlona sonrisa.
—Linn ya me dijo que tuvieron un problema en la cafetería.
Le saque la lengua a mi hermana, cuando vi su expresión de derrota. Su plan de mandarme al frente había fracasado.
—Si bueno, Linn nunca sabe cómo mantenerse al margen.
— ¡Que dices! Tú no te has quedado atrás para nada.
—Oigan niñas. —Oí a nuestro padre decir.
— ¿Y dejarte que causaras estragos en tu primer día? —Tessa alzó la voz.
— ¿Cómo tu defensor que lo empeoró todo? —Me reí. No piensen que tengo algún problema de bipolaridad, pero era divertido ver las orejas de mi hermana ponerse roja de la furia. Aunque ya haya mencionado esto, deben saber que hasta mentiría con tal de hacerla enojar un poco. Siendo sincera conmigo misma, apreciaba la ayuda de los ojos raros y aún tenía pendiente agradecerle.
— ¿Edmund?—Se metió papá en medio.
— ¿Realmente le contaste todo?—Me reprochó Tessa.
—Su padre estaba en la tienda y abrió su gran bocota. No tuve opción. —Suspiré. Papá me clavo sus ojos negros de manera alarmante y me apresuré a aclarar. —Pero claro que te iba a contar papá, solo que en la cena.
Hubo un corto silencio.
— ¿Entonces conoces a los McAllen?—Preguntó Tessa vacilando. Contraje los músculos de la espalda y arrugué el entrecejo observándola con recelo.
—Claro, el doctor es un gran hombre.
—Pues sus hijos son unos raritos. —Comenté cruzándome de brazos. No me agradaba traer a la mesa a los McAllen. —Sexis, pero raros.
—No tienen muy buena fama en el instituto. —Dijo Tessa, enredando la pasta en su tenedor.
Papá exhaló el aire con enojo, sorprendiéndonos a las dos.
—El Dr. McAllen y su esposa Ayla son unas buenas y trabajadoras personas que tiene la posibilidad de estar en cualquier lado si lo quisieran. Caillen es un cirujano excepcional, director del hospital y su mujer una pediatra que ha viajado a los lugares más recónditos para ayudar y atender niños. Con el reconocimiento que tienen sus nombres podrían estar en cualquier parte, pero están aquí y la gente aún se atreve a menospreciarlos. —Se quejó lleno de indignación y molestia. —Caillen es un buen amigo, es un hombre muy correcto al igual que sus hijos. ¡Qué bárbaro! La gente de este pueblo solo esta para el chismerío.
Tessa tenía los ojos como platos y yo ahogue una risita bebiendo un poco de agua. Nunca había visto tan exaltado a papá, así que lo que le dijimos pudo haberle realmente molestado.
—Son algo reservados pero son atractivos.
Y vaya que lo eran. En especial la chica de cabello rojo. Me dio un escalofrío, ¿Usará alguna clase de brujería?