⚠️ Advertencia de Contenido ⚠️
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Hace unas horas Sophia estaba saliendo de su guardia relativamente tranquila de quince horas en el hospital. De regreso a casa, pasada la medianoche, esperaba en la parada del transporte local, estando su coche en reparación, decidió usar ese medio, aprovechando su servicio de veinticuatro horas; al ser un pueblo medianamente pequeño, teniendo el turismo como principal ingreso, tomar un taxi significaría un costo elevado para cualquiera, con el objetivo de sacar el mayor provecho de los visitantes que lo necesitarían sí o sí. Perfectamente podría costearlo, pero le gustaba viajar con la gente que paseaba por el lugar, observarlas y a veces deduciendo a qué se dedicaban, cómo se llamarían, y demás durante el trayecto.
Uno de sus compañeros de trabajo, que de igual forma terminaba su guardia, se ofreció a llevarla a casa, pero se negó al pensar que también estaría cansado y lo único que querría es llegar a su propia casa a descansar lo más posible antes de ser llamados a otra guardia tan extensa como esa. Sabía que al negarse, podría pasar más tiempo con su esposa que con ella, viendo por sus propias necesidades.
A pesar de las pesadas guardias, adoraba su trabajo como enfermera del hospital más grande del pueblo. Su cansancio valía cada minuto con los pacientes, y las salas estaban llenas de historias curiosas de vez en cuando, lo que los mantenía siempre entretenidos.
La joven no sabría decir desde cuándo tomó la decisión de dirigir su vida al área de la salud. Puede remontar sus recuerdos a cuando veía a su madre curar sus propias heridas y las de otras personas desconocidas, pero no podía recordar muy bien a qué se dedicaba específicamente. Aprendió viéndola y una pasión crecía en su interior por querer ayudar a las personas sin importar qué. Como hacía su madre.
¿Cómo estará mamá?, se preguntaba cada día. Hace varios días que no hablaba con ella. Tendré que comunicarme lo antes posible, se proponía.
Normalmente era ella quien marcaba el número de su madre cuando tenía un momento libre de tanto trabajo, pero la última semana habían sido desconcertantes ante la anormal cantidad de pacientes que llegaban al hospital. Sin embargo, ni tiempo tenían de quejarse ya que tenían que cumplir con su trabajo como era debido.
Esperaba sentada en una banca sosteniendo un vaso con café caliente entre sus manos para apaciguar el frío que comenzaba a aparecer en esta época del año. Las nubes oscuras que estuvieron presentes durante el día, junto a la corriente fría que la envolvía, la hacían creer que en cualquier momento podría comenzar a llover. Debió haber traído un abrigo más cálido, sin mencionar un paraguas.
Con el espeso bosque a sus espaldas, se sentía ese ambiente más fresco y de cierta forma espeluznante. Si uno se ponía a pensarlo con detenimiento, la zona donde se encontraba ese pueblo resultaba ser tétrica y oscura, con una gran distancia para llegar al siguiente pueblo, rodeado de un espeso bosque, engañoso para hacer perder la orientación a cualquiera. Esto ha provocado una gran cantidad de desapariciones de inexpertos aventureros que tienen la osadía de adentrarse en él sin un guía.
Pero, ¿no es acaso eso una de las razones del alto nivel de turismo? Las personas curiosas por las múltiples historias y leyendas que rodean al pueblo, dispuestas a investigar para encontrar cualquier prueba de veracidad de alguna de ellas.
Aún con todo eso, la joven sentía que ese era su lugar correcto. Y sus corazonadas siempre eran acertadas. O al menos, la mayoría de las veces.
Mientras sorbía su café aún caliente, cayó en cuenta que las calles comenzaban a vaciarse poco a poco, un evento anormal ya que la mayoría del tiempo éstas se encontraban llenas de turistas y personas locales que salían a los diversos bares y locales de entretenimiento esparcidos por el lugar, casi se podría considerar “días de diversión y noches de fiesta”. Pero el ver que por esa zona sólo pasaba una que otra persona le generaba cierta inseguridad.
No pasaron ni cinco minutos de su análisis cuando comenzó a sentirse observada. Intentó mirar disimuladamente a su alrededor, pasaban algunas personas y algún que otro auto transitando por esa calle, pero un cuerpo mirándole fijamente del otro lado de la acera llamó su atención. No habría sentido temor si no se hubiera centrado en su complexión alta y corpulenta, aseguraría que se trataba de un hombre que, sin fallar en su estimación, podría medir dos metros.
Dejó su vaso de café a un lado para meter sus manos dentro de los bolsillos de la chaqueta. Se podría afirmar que es un lugar con baja tasa de asaltos o atentados, pero nunca cero. Uno no sabría cuándo le sucederá algún evento como el que Sophia estaba temiendo. Ese pensamiento le hizo tomar con fuerza sus llaves, asegurándose que las puntas sobresalieran por entre sus dedos.
Teniendo completa atención en el hombre parado a una distancia considerable, su cerebro no sabía qué hacer y temía comenzar a bloquearse. Su corazón bombeaba con fuerza la sangre que sentía helarse.
Su atención voló rápidamente cuando escuchó unas llantas de coche rechinar al frenar delante de ella cuando tenía la intención de teclear el número de emergencias en su celular, cuyo objetivo quedó flotando cuando ve que del auto sale otro hombre decidido a ir tras ella, sin decir nada.
—¡Aléjate de mí! —gritó intentando llamar la atención de cualquier persona que aún estuviera pasando por ahí.
Se quedaba sin tiempo. Si corría sabía que la atraparía en un segundo. Ante la presión, sólo se le ocurrió una manera de hacer tiempo. Conforme el hombre se acercaba, en su mente pasaban los puntos accesibles y vitales de un cuerpo humano. Y atacó. Sacando fuerza y coraje, impulsada por la adrenalina del miedo, se apresuró a golpear con su puño acunando las puntas de las llaves hacia su cuello.
En cuanto escuchó su grito de dolor, ella se alejó dejando atrás sus pertenencias sin importancia en ese momento: su café, su bolso y claro sus llaves. Corrió por la acera y vió que el hombre de dos metros estaba cruzando la calle y se dirigía hacia ella, haciéndola retroceder. Era más que obvio que no tenía oportunidad de ganar contra él. Viendo que el hombre estaba tras ella, el único camino que vió despejado fue huir por el bosque.
Corría esquivando árboles entre la oscuridad. Apretaba sus piernas como si eso hiciera que se movieran más rápido. No miró atrás, pero sabía que si lo hacía se encontraría a su perseguidor. Su mente le pedía que escapara de él, y no dejaría que la atrapen.
Buscó su celular en su bolsillo pero al no sentirlo supo que se le había caído en algún punto de la persecución. Intentó orientarse para mantenerse en la orilla del bosque pero, como bien sabía, el bosque era engañoso y comenzó a sospechar que se había perdido. La caída de la noche sería otro problema en su estresante situación.
Llegó a una zona despejada de árboles. Se apresuró para cruzarlo rápidamente pero no se percató de las pisadas fuertes muy cerca detrás, indicando que el hombre estaba pisando sus talones. Su preocupación se confirmó al sentir el fuerte impacto del gran cuerpo sobre el suyo, haciéndola caer sobre la húmeda hierba, sentándose en su espalda rápidamente para inmovilizarla.
Se removió, gritó desesperada, pidió ayuda, sabiendo perfectamente que nadie estaría o vendría a las profundidades del bosque a su rescate. Se sintió perdida y desesperada.
El hombre tomó sus brazos por detrás de la espalda, obligándola a bajar su rostro hasta el lodo que se había comenzado a formar por la lenta lluvia que caía lentamente. Siguió peleando, con la esperanza de buscar una oportunidad de escape, pero él era mucho más fuerte que ella.
—¡Suéltame, maldito idiota, imbécil! —Dejó salir su frustración y evidente temor en forma de odio.
—Deja de moverte, maldita sea —gruñó el desconocido. Su forma de hablar la enfermó. Sintió su aliento en su oído y la molestó un poco más.
Los golpes de su corazón chocan en su pecho. El hombre parecía disfrutar de su poder al tenerla sometida.
—¡Ayuda! —Soltó un grito desgarrador, desde el fondo de su ser.
En este punto, la mujer no pudo contener más sus lágrimas y su agonía, pero no quiso que él pudiera gozar de verla o escucharla desesperada. Apretó sus puños, presionando sus uñas contra sus palmas para desviar la atención al dolor que ello provocaba.
—Por favor… suéltame —Le rogó, pero también sabía que no le importaría sus súplicas.
El atacante chasqueó la lengua, tomó las manos de la joven causándole molestia en sus hombros. Logró reprimir un gemido de dolor pero las maldiciones se las entregó con rabia.
—Si tan sólo hubieras cooperado —Le volvió a susurrar. Con ese tono prepotente que le hacía querer golpearlo con todas sus fuerzas.
Se escuchó el cielo tronar. Sintió el viento frío fluir por su cuerpo, helándola aún más. La lluvia sería el menor de sus problemas.
—¡Ayuda! ¡Por favor! —Siguió intentando, la última chispa de esperanza se fundía, ya no encontraba qué más hacer. El temor recorrió su cuerpo, plantando una idea imborrable de qué podría suceder en ese momento.
Sintió cómo la tomaban del cabello y la golpeaban contra el suelo que no era precisamente suave a pesar de la humedad, aturdiéndola un poco. Maldito infeliz, pensó.
—Cállate. —Percibió su molestia en su voz. —Aunque en realidad nadie puede oírte, así que grita todo lo que quieras —susurró en su oído, pudiendo oler su asqueroso aliento.
Su mente iba rápidamente pensando en algo. Y se le ocurrió algo. Buscó fuerzas para abrir sus piernas separando las del hombre y haciéndolo perder el equilibrio, levantó su trasero y se inclinó hacia un costado para hacerlo caer y poder liberarse. Se movió para enfrentarlo y rápidamente atacar, con un puñetazo lo golpeó en los testículos con toda su furia y asco que sintió hacia él, viendo que se retorció de dolor.
Aprovechó para levantarse rápido antes de que la atrapara de nuevo, pero ésta vez no huyó. Buscó cualquier cosa para defenderse, y encontró algunas piedras que lanzó, pero por desgracia no le hacía gran daño. Mientras observó cómo iba levantándose, tomó una rama pesada pero dura que usada bien podría causarle mucho daño.
—¿Por qué yo? —Le preguntó de repente mientras la rama templaba sobre su hombro, lista para golpearlo en cualquier momento.
—¿Qué? —dice aún sosteniendo su entrepierna.
—Dije que… —Valientemente se acercó a él unos pocos pasos— ¡¿Por qué yo?! —Le gritó con rabia. No supo de dónde vino tanta ira de repente pero no pudo reprimirlo.
No le respondió.
—Pues no lo conseguiste, imbécil —dijo con una pizca de triunfo en su voz.
Avanzó con gran impulso preparando la rama para atacar. Sin embargo, sus planes no salieron como esperaba. Él, con gran rapidez y habilidad, logró esquivar su golpe y sin casi darse cuenta de su movimiento el hombre sacó un puñal. Ella sintió un rápido corte en su costado que la dejó sin aliento y apenas le salió un suspiro antes de un quejido de dolor.
Dejó caer la rama en alguna parte para llevar rápidamente su mano hacia la herida. Se desplomó sobre el lodo con mucho dolor. El desgraciado había desgarrado su ropa, y la hoja llegó hasta su piel. Habría pasado desapercibida debido a la adrenalina que fluía por su cuerpo, pero extrañamente no soportaba el dolor.
La lluvia y los fuertes truenos acompañaban sus gritos de dolor que salían de sus labios, mientras intentó arrastrarse lejos de él, sintiéndose indefensa de nuevo. Alcanzó a ver el arma en su mano manchada de sangre.
—Eso no lo esperabas, ¿verdad, bruja? —dijo mirándola con desprecio, burlándose de su vulnerabilidad.
Lloriqueó en respuesta, su costado doliendo cada que sus músculos se movían. El dolor rápidamente se extendió por todo su abdomen.
—¡A-aléjate! —Logró gritarle. Presionó la herida tratando que no saliera más sangre, pero no dio mucho efecto. Sus manos y ropa se empaparon en un parpadeo.
—Quisiera deshacerme de ti ahora mismo, me has molestado con toda tu ridícula peleita, pero no puedo, para tu buena suerte —Sus palabras suenan con más menosprecio.
Chocó contra un árbol, sintiéndose débil, perdiendo la concentración para luchar más. Lo miró acercarse lentamente, como si fuera un depredador arrinconando a su presa.
Se sentía desvanecer, su cuerpo ya no resistía más. Era evidente que la lesión fue para que dejara de luchar, y lo ha conseguido.
Lo tuvo de frente, de rodillas frente a ella, acariciando suavemente su mejilla para luego impactar su mano en ésta con tal fuerza que la hizo marearse más.
—Deja de resistirte —Habló tomando su mandíbula, hundiendo sus dedos sus mejillas.
—No…no…déjame —El hablar se le dificultaba, sintiendo que le faltaba el aire. El miedo era tal que se le comenzó a empapar el rostro, dejando salir el llanto sin importar que él lo tomara con una sonrisa.
¿Qué más podía hacer? Él tenía un arma y ella sólo estaba herida. Su corte escocía, y no dudaba que él todavía sentía dolor.
—Haré que llores con ganas —Le dijo con asco.
Movió bruscamente la mano que cubría la herida y hundió sus dedos dentro de ésta creando una nueva oleada de dolor. Haciéndola soltar un fuerte grito que desgarró su garganta, precediendo a más. Ante la desesperación le lanzó golpes intentando alejarlo y detener la tortura.
—¿Te duele? —preguntó disfrutando de su dolor— ¡Es lo menos que recibirás!
La joven respondió con más gritos, deseando que todo terminara, como sea, pero que terminara. Sin razonar lo empujó en un intento por alejar el sufrimiento, sólo consiguiendo un nuevo golpe en el rostro.
Su vista se tornaba más borrosa, la pérdida de sangre y los golpes que recibía, sus ojos comenzaban a pesar, sintiendo su cuerpo débil contraerse del dolor.
—¿Por qué no usas tu magia, bruja? —preguntó curioso, pero sin dejar su tono prepotente y burlón.
—¿Qué? —preguntó confundida. Ya ni sabía si estaba escuchando bien o estaba alucinando. Su cabeza daba vueltas, acompañado de su corazón que palpitaba en la garganta.
—No te hagas la tonta —la acusó mirándola con evidente asco y superioridad. ¿De qué mierda habla?, se preguntó la joven sin saber qué hacer, perdida de nuevo.
—Si vas… a matarme… —habló entre quejidos susurrantes —hazlo ya… —lo animó a que termine lo que empezó, presintiendo el final que le esperaba. Manchas negras danzaban por toda su visión.
—Pudo haber sido más fácil —dijo levemente. Las alucinaciones que vinieron después la angustiaban más.—, pero no quisiste cooperar…
Le lanzó una última mirada de desprecio antes de levantarse. La tomó de la muñeca que no usaba para presionar su herida, y la comenzó a arrastrar por el fango en dirección a la carretera.
Las gotas de lluvia caían en su rostro, empapándola. No sabía si era el clima o su cuerpo luchando por sobrevivir la explicación de su frialdad. Se concentró simplemente en presionar la herida para evitar la salida de más sangre.
A pesar de su desesperanza, siendo llevada contra su voluntad, unas palabras se aferraban en su consciencia temblorosa: Lucharé hasta mi último suspiro.
—Quisiera matarte, o más bien, quemarte —Lo escuchó murmurar mientras avanzaba a grandes pasos. La posición y su arrastre le complicaba soportar el dolor.
No puedo más, se dio por vencida mentalmente.
Cuando por fin sintió que su cuerpo iba a ceder y caer en la inconsciencia, sintió que la soltaba, desplomándose en el húmedo suelo.
¿Ahora qué?, se preguntó sin poder moverse.
—¿Quién eres? —apenas alcanzó a oír una nueva voz.
No sabía de dónde seguía agarrando fuerzas para mantenerse despierta. Abrió sus ojos encontrándose con las copas de los árboles apenas iluminados por la luz de la luna, sintiendo las fuertes gotas rebotando en su rostro y escuchándolas a su alrededor.
Giró su cabeza a un costado para buscar a la nueva voz, mirando a otro hombre que le daba la espalda, alzando a su atacante del cuello, quien luchaba por liberarse desesperadamente.
Su condición no le permitía dimensionar lo que estaba sucediendo, ni la fuerza que demostraba con esa acción o su aparición repentina en su aparente ayuda. Lo único que su cuerpo le permitía hacer es quedarse ahí, recostada sobre la hierba cubierta de fango mientras sentía que la brisa fría y la lluvia intensificada rodeaba todo su cuerpo.
—¿Que quién eres? —Volvió a preguntar de manera exigente, mientras el atacante intentaba defenderse.
—Vampiro —Apenas y le salió la voz para nombrarlo.
¿Qué dijo?, pensó confundida, creyendo que alucinaba por el aturdimiento de los múltiples ataques recibidos.
—Responde —Continuó exigiendo el hombre desconocido.
¿Acaso ha escuchado sus gritos y ha ido a ayudarla? Resultaba imposible que alguien estuviera en el bosque a esa hora y en esas condiciones.
—Somos quienes regresamos las blasfemias al infierno —Se le dificultaba hablar por el apretado agarre en su cuello, pero se las arreglaba para retarlo. Sus ojos comenzaron a irritarse ante la falta de aire.
—Oye… —La joven intentó llamar su atención, sintiendo su cuerpo dar vueltas.
— “¿Somos?” —Continuó interrogando, aparentemente ignorando el llamado de la joven.
—¿Qué? ¿La conoces bien? —Se pudo percibir burla en su voz, pero el temor estuvo presente.
—¿Por qué le has hecho esto? —La rabia en la voz del salvador la desconcierta. ¿Qué estaba pasando? ¿Y por qué no hacía nada por ayudarla?
—Me desangro… —murmuró la joven en forma de queja. Su cuerpo ya no resistía.
—¿No se- conocen? —El atacante se desconcierta sin dejar de luchar, y apareció la sospecha de que estaba haciendo tiempo por alguna razón. Y Sophia se estaba quedando sin tiempo.
—Puedo romperte el cuello de un movimiento —Amenazó el hombre misterioso de voz rabiosa. ¿En verdad puede hacer eso?
—¿Y por qué no lo haces? —Continuó retándole, fingiendo valentía.
Mientras el dolor de Sophia se estaba volviendo tan insoportable que su cuerpo comenzó a entumirse. Además del frío y de no querer moverse para evitarlo.
—Ya- déjalo. Hospital —Se obligó a pedir apenas en un murmuro. Escuchó cómo el hombre sometido se quejaba.
—Hospital. Hospital, Hospital —Repitió deseando aparecer por arte de magia en el lugar donde trabajaba y ser atendida rápidamente para salvar su vida. La cual se le escapaba en cada respiración que daba.
—No —Escuchó que por fin le respondieron, haciéndola arrugar su entrecejo. ¿Que no viene a ayudarme?, pensó. —No llegarías al hospital más cercano.
—Pero- —Sus ojos se cerraron, sintiendo cómo su cabeza se sacude por el mareo. Comenzó a perder el control de su cuerpo y supo que se estaba desvaneciendo.
—Has perdido mucha sangre, tus latidos son muy lentos, y sé que cuando se escucha así significa que se está muriendo —Sus palabras se escuchaban lejos. Pero, por extraño que parezca, causaron en ella una corriente eléctrica por todo su cuerpo entumecido, brindándole un poco más de fuerza para mantenerse despierta.
La miró por primera vez. O eso creyó, ya que había girado su cabeza en su dirección, así que debió haberla mirado. No le ha prestado atención a sus últimas palabras. Mientras que el misterioso hombre no podía alejar su mirada de ella, parecía hipnotizado, pero tampoco supo cómo actuar, se quedó bloqueado.
El atacante aprovechó la distracción y movió su mano sigilosamente hacia su costado para sacar el mismo puñal que usó con la joven. Ella no supo lo que sucedía debido a la oscuridad cómo para advertirle del peligro, pero tampoco fue necesario. En el último segundo se percató por sí solo y en un rápido movimiento le rompió la mano. El sonido desagradable del hueso quebrándose es acompañado por un grito de dolor que apenas emergió de su garganta, y fue silenciado por otro crujido desagradable.
Ese último fue el que causó un silencio repentino, proveniente del cuello del atacante, en manos del misterioso hombre, quien ha cumplido su anterior amenaza. Miró como su cuerpo se desplomaba sobre el suelo, haciendo saltar su corazón temeroso.
¿Acaso ya estaba desconectada de la realidad? ¿Cómo era posible que se moviera tan rápido y tuviera la fuerza suficiente para romper huesos tan fácilmente? Se hizo tantas preguntas, y lo que significaba hizo florece de nueva esa anterior sensación: terror. Cerró sus ojos fuertemente. Deseando con todas las fuerzas que le quedaban despertar de la horrible pesadilla.
Debí aceptar esa oferta, se lamentó al recordar a su compañero de trabajo.
Inconscientemente intentó alejarse del nuevo hombre, de quien comenzó a desconfiar. Sintió que su cuerpo luchaba siguiendo el instinto de supervivencia.
De repente sintió la cercanía de alguien a su costado, pero se negó a abrir los ojos. Una voz grave pero extrañamente preocupada hizo aparecer de nuevo la corriente eléctrica, haciéndola abrir sus párpados una última vez, apenas permitiéndole ver la silueta del hombre.
—Aguanta un poco más —Escuchó que le suplicó sujetándola por los hombros, mirándola antes de ser cubierta por la oscuridad y perder la consciencia.
¿Acaso ya estaba a salvo o un nuevo peligro había aparecido?
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