Capítulo 9 Maldición en forma de mujer

1272 Palabras
Adrian sabia que era el CEO más frío y temido de Chicago. Y eso se debía a que siempre había tenido el control de sus emociones, de cada detalle minucioso que componía su vida. Hasta la noche anterior. Desde entonces, su mente no encontraba descanso. Esa maldita mujer lo había invadido como una maldición silenciosa. Y lo peor de todo… ni siquiera llegó a acostarse con ella del todo. —¿Qué demonios hacía con un bebé escondido en el maldito clóset? —murmuró para sí mismo, apoyado contra el ventanal de su oficina en el piso cuarenta y ocho. El amanecer sobre Chicago había sido gris, pero no por el clima. Su humor se había vuelto tormenta. No quiso escuchar las explicaciones de Amara. Se largó sin mirar atrás. Como siempre hacía cuando algo lo incomodaba. Solo que esta vez… era distinto. Porque ahora no podía concentrarse. No podía pensar. Cada vez que cerraba los ojos, su mente lo traicionaba con imágenes de ella. De su cuerpo desnudo. De su respiración temblorosa. De su rendición callada bajo él. Lista para recibirlo. Y eso… eso lo estaba enloqueciendo. La puerta de la sala de juntas se abrió. Los ejecutivos se pusieron de pie al instante cuando lo vieron entrar. El reloj marcaba las 10:00 a.m. en punto. —Siéntense —ordenó, con esa voz que no admitía réplica. Las gráficas comenzaron a proyectarse. Las cifras desfilaron. Las estrategias fueron expuestas como sacrificios ante un dios pagano. Pero Adrian no estaba satisfecho. Se mantenía de pie, en la cabecera de la sala, con los brazos cruzados y la mirada tan filosa como un cuchillo. —¿Me estás diciendo que aceptaron un contrato millonario sin blindar la cláusula de exclusividad? —interrumpió, mirando directamente al director de marketing. —El cliente lo solicitó de último momento y… —¿Y decidiste ceder sin consultarme? Un silencio espeso llenó la sala. —Arregla ese desastre. Hoy mismo. —Sí, señor —balbuceó el ejecutivo, tragando saliva. Cuando la reunión concluyó, su veredicto fue simple: —Quiero mejores resultados la próxima semana. Y los quiero sin excusas. Una hora más tarde, encerrado en la privacidad de su oficina, Adrian se dejó caer sobre el sillón de cuero y desabrochó el primer botón de su camisa. Sacó el celular de su saco y marcó un número sin pensarlo demasiado. —¿Qué te pasa, Marchand? —bromeó Grayson del otro lado, con voz cargada de sarcasmo. —¿Puedes acompañarme al mismo lugar de ayer? —¿Planeas terminar lo que empezaste? ¿Por qué te fuiste tan rápido? —Tuve un contratiempo. —Mientes como un político. Quieres volver por ella, ¿verdad? Adrian no respondió. —A las nueve quiero estar ahí —dijo finalmente, antes de cortar. El resto del día transcurrió entre decisiones clave, reuniones con inversionistas y una llamada molesta desde Berlín. Pero él… no estaba ahí. No del todo. Seguía viéndola. A ella. Pechos firmes, erguidos, diseñados para ser adorados. Una cintura suave, delicada, que invitaba a hundir los dedos con fuerza. Caderas anchas, sensuales. Piernas largas, torneadas. Y ese trasero… Dios, ese maldito trasero. Lo tenía enfermo. Pero no era solo su cuerpo. Era su mirada. Justo antes de que él la tomara. Justo antes de que el mundo se desvaneciera. Una mirada entre el miedo y la entrega. Entre la súplica y el deseo. —Mierda… —gruñó, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en su entrepierna. Nunca una mujer lo había llevado a ese punto. Nunca. A las 8:45 p.m., abandonó el edificio de Marchand Industries. Esta vez, él mismo conducía. Subió a su Bentley, n***o como la noche, con interiores de cuero burdeos y un rugido que se deslizaba como un depredador por las calles húmedas de Chicago. Recogió a Grayson en la entrada de su penthouse. El amigo ya lo esperaba con una sonrisa irónica. —¿Estás seguro de esto? ¿No estás siendo un poco obsesivo? —No es obsesión. Solo quiero acostarme con ella… y sacármela de la cabeza. Llegaron al mismo club exclusivo de la noche anterior, uno sin nombre, sin letreros, oculto tras una fachada discreta y vigilada por hombres entrenados. Esta vez, los recibió una mujer distinta: joven, elegante, labios rojos, mirada entrenada para no preguntar nada. Los condujo por el mismo pasillo de luces cálidas y perfumes caros. —Estamos nuevamente en el paraíso, hermano —murmuró Grayson, guiñándole a una rubia que lo miraba como si ya lo conociera. Pero Adrian no tenía tiempo para distracciones. —Quiero a Amara —dijo con voz firme. El encargado —el mismo de la noche anterior— parpadeó al oír el nombre. Fue apenas un instante… pero él lo notó. —Tardaré solo un minuto —respondió el hombre, y desapareció detrás de las cortinas. Adrian fue conducido a uno de los privados más apartados. Una habitación íntima, con una cama baja, espejos velados, y una tenue luz roja que convertía el lugar en un refugio prohibido. Perfecto. No quería pensar en bebés ni en nombres. Solo quería terminar lo que había empezado. Se sentó. Cerró los ojos. La imaginó. Desnuda. Suplicante. Lista para ser poseída sin misericordia. La puerta se abrió. Pero no era Amara. Tres mujeres entraron, todas de cuerpo parecido. Jóvenes. Piel clara. Misma silueta. Pero ninguna era ella. Una de ellas dio un paso adelante, a punto de hablar. Adrian se levantó como si le hubieran inyectado rabia en las venas. —¿Dónde está Amara? Salió del privado como un huracán y fue directo al encargado. —¿Dónde está? —S-señor Marchand… ella ya no está aquí. —¿Qué quieres decir con eso? Los guardias comenzaron a moverse. Grayson apareció a su lado, con la copa en la mano y el ceño fruncido. —Adrian, calma. ¿Qué demonios está pasando? Uno de los guardias más altos se acercó con las manos alzadas, conciliador. —Amara fue transferida a la residencia de Andrei Moretti —dijo con cuidado. El nombre cayó como plomo en el ambiente. Moretti. Ese maldito crío con aires de grandeza. Desde que heredó el poder de su padre se creía invencible. Un estúpido niño jugando a ser Dios. —Queremos que se sienta cómodo, señor Marchand. Estas tres chicas están disponibles para usted. —No quiero a nadie. Y no vuelvan a jugar conmigo. Si Amara no estaba disponible, bastaba con decirlo. Giró sobre sus pasos y salió del lugar sin mirar atrás. De nuevo en su auto, con las luces de la ciudad fundiéndose con su mal humor, Grayson soltó una risa nerviosa. —¿Qué demonios te pasa? Causaste todo un espectáculo allá adentro. —Y a mí qué. Grayson lo miró de reojo. Lo conocía bien. Adrian no temía a nadie. Y eso, precisamente eso, era lo que más lo jodía. Conectó el celular al sistema del auto y marcó. —¿Sí? —respondió una voz al otro lado. —Jean Carlos, necesito que encuentres todo lo que puedas sobre una mujer. Nombre: Amara. Cuerpo de diosa, mirada de ángel. Estuvo anoche en el burdel más exclusivo de la Bratva. Ahora está supuestamente junto a Andrei Moretti. Haz lo tuyo. Grayson se quedó en silencio. Sabía perfectamente lo que eso significaba. Una vez que Adrian decidía algo, nadie se interponía. Y ahora, lo tenía claro, lo había confirmado la actitud de su amigo. Amara no era solo una mujer. Era una obsesión. Una condena disfrazada de deseo. Y Adrian haría lo que fuera necesario para tenerla. Aunque el infierno entero ardiera en el intento.
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