Capítulo 11
Un hombre extraño.
Sofía avanzó sin decir una palabra cuando Abel abrió la puerta del auto. El ruido del cierre sonó demasiado fuerte en medio de la noche silenciosa. Él rodeó el vehículo y se sentó al volante con movimientos tensos, como si cada gesto le pesara más de lo habitual. Durante los primeros minutos condujo sin hablar, manteniendo la vista fija en la carretera iluminada por faroles espaciados.
Ella observaba el paisaje pasar con lentitud, apoyando la cabeza contra el vidrio. Las luces se estiraban en reflejos borrosos que no lograban distraerla del nudo que le apretaba el pecho. Sentía el cuerpo rígido, alerta, como si cualquier palabra pudiera quebrarla.
—Sofía… —dijo Abel al fin, con voz baja—. Yo lo siento.
Ella giró apenas el rostro hacia él, sin mirarlo del todo.
—No tienes que disculparte —respondió con suavidad—. No hiciste nada.
Abel apretó las manos sobre el volante.
—Tendría que haber hecho algo —insistió—. Tendría que haberte sacado de allí antes.
Sofía negó despacio.
—Eso solo habría empeorado las cosas. —Hizo una pausa—. No cargues con algo que no te corresponde.
El silencio volvió a instalarse, más espeso. Abel respiró hondo, como si buscara la forma correcta de continuar.
—Nunca pensé que llegarían tan lejos —murmuró—. Cuando Dante habló de una deuda, jamás imaginé esto.
Ella cerró los ojos un instante. Una lágrima se desprendió sin aviso y recorrió su mejilla. No la limpió. Dejó que cayera como una verdad pequeña, contenida, que no necesitaba explicación.
—Yo tampoco —dijo finalmente—. Jamás pensé que algo así podría pasarme.
El auto avanzó por calles que Sofía no reconocía. Cada giro la alejaba un poco más de su mundo conocido. Por primera vez en su vida estaba más lejos de lo que había ido para hacer las compras del supermercado, y la ironía de ese pensamiento le provocó una tristeza silenciosa.
—¿Sabes a dónde vamos? —preguntó ella.
Abel dudó antes de responder.
—A un hotel —dijo—. No es uno cualquiera. Es discreto. Seguro.
Sofía asintió, sin sorpresa.
—Supuse que sería algo así.
Abel la miró de reojo.
—¿Estás bien?
Ella tardó en responder.
—Estoy… despierta —dijo—. Eso es suficiente por ahora.
Pensó en lo extraño que resultaba todo. Nunca había besado a nadie. Nunca había permitido que alguien cruzara esa frontera íntima que siempre había protegido con cuidado. Y aun así, el destino la había empujado a una situación que parecía escrita para otra mujer, para otra vida.
No se engañaba pensando que lo que ocurría era justo. Tampoco fingía fortaleza absoluta. Simplemente aceptaba que había momentos en los que resistir significaba seguir avanzando sin romperse por completo.
—Sofía —dijo Abel otra vez—. Si necesitas que me quede cerca, lo haré.
Ella lo miró entonces, de verdad.
—Gracias —respondió—. Pero quiero que te mantengas al margen. No quiero que te usen para controlarme.
Él apretó la mandíbula, asintiendo.
—Lo entiendo.
El edificio apareció a lo lejos, iluminado con luces cálidas que contrastaban con la frialdad que ella sentía por dentro. Un hotel elegante, silencioso, demasiado pulcro. Sofía lo observó con atención, grabando cada detalle como si su memoria necesitara anclarse a algo real.
Cuando el auto se detuvo, Abel descendió primero y le abrió la puerta. Ella salió despacio, respirando el aire nocturno como si fuera un último gesto de libertad. Sus pasos resonaron suaves sobre el pavimento mientras avanzaba hacia la entrada.
—Sofía —dijo Abel, deteniéndola—. Pase lo que pase, no estás sola.
Ella le dedicó una mirada serena.
—Lo sé —respondió—.
En el interior, el mármol del suelo reflejaba las luces del techo. El ambiente olía a flores frescas y a distancia. Sofía caminó sin apresurarse, consciente de cada paso, de cada latido. Pensó que, si algo debía rescatar de esa noche, sería ese trayecto. Ese breve instante en el que aún podía sentir el suelo bajo sus pies y recordar quién era.
El ascensor subió con lentitud. Sofía mantuvo la mirada fija en los números que ascendían, mientras su mente se llenaba de pensamientos dispersos. No había romanticismo en ellos. Solo una calma extraña, nacida de la aceptación.
Cuando las puertas se abrieron, avanzó por el pasillo sin dudar. Cada paso era una afirmación silenciosa. No de rendición, sino de presencia. Pasara lo que pasara, ella estaría allí, consciente, entera.
Antes de llegar a la habitación, se permitió una última reflexión. Tal vez esa noche marcaría un antes y un después. Tal vez su vida ya no volvería a ser la misma. Pero algo en su interior permanecía intacto, firme, observando.
Y con esa certeza, Sofía cruzó el umbral, preparada para enfrentar lo que el destino había decidido poner frente a ella.
Sofía dio un par de pasos dentro de la habitación antes de que la puerta se cerrara a su espalda con un sonido seco. El espacio estaba casi a oscuras, iluminado apenas por la luz tenue que se filtraba desde la ciudad a través de una ventana amplia. Las cortinas estaban entreabiertas y dejaban pasar destellos distantes, suficientes para delinear formas sin revelarlas del todo.
Se detuvo en medio de la habitación y dejó que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. El lugar era grande, elegante, demasiado impersonal. Una cama amplia ocupaba el centro, impecable, como si nadie la hubiera tocado jamás. El aire olía a limpio, a algo caro, ajeno, y ese contraste le produjo un estremecimiento difícil de explicar.
Avanzó despacio, observando los detalles: el sillón junto a la ventana, la mesa baja, una botella sin abrir sobre una bandeja. Todo parecía preparado con antelación, pensado para alguien que no era ella. Para otra historia.
Entonces lo vio.
Un hombre estaba de espaldas, de pie frente a la ventana. Su silueta se recortaba contra las luces lejanas de la ciudad. Era alto, de hombros anchos, inmóvil, como si supiera exactamente cuándo ella había entrado, pero hubiera decidido no girarse todavía. Ese detalle la puso en alerta.
Sofía sintió cómo su corazón aceleraba el ritmo. No por deseo. Por incertidumbre.
Pensó, fugazmente, en lo irreal de la situación. En cómo había llegado hasta allí sin haber vivido siquiera lo más simple, lo más inocente. Nunca un beso, nunca una promesa susurrada. Y aun así, el destino la había colocado frente a un desconocido en una habitación oscura, como si ese salto abrupto fuera inevitable.
El hombre no se movió.
El silencio se estiró entre ambos, denso, cargado de expectativas que Sofía no había pedido. Respiró hondo y se obligó a mantenerse firme. No iba a huir. Tampoco iba a quebrarse en ese instante.
Se quedó allí, observándolo desde la distancia, consciente de que ese momento —ese primer segundo compartido en silencio— marcaría algo profundo.
Tal vez no el comienzo que había imaginado alguna vez.
Pero sí uno que jamás olvidaría.