Capítulo 3
Lo que no quise ver
Cuando ya había perdido la cuenta del tiempo, escuché pasos. La llave giró. La puerta se abrió.
—Sofía —dijo una voz baja.
Era una de las amas de llaves. Una mujer mayor, de rostro cansado y manos ásperas. Me miró con pena.
—Debes prepararte —añadió—. El joven Iván tendrá una fiesta privada esta noche. Todo tiene que quedar perfecto.
Asentí, intentando ponerme de pie sin marearme. Ella dudó un segundo.
—Lo siento —dijo—. Yo… debí decir que solo tomaste pan. No quise problemas.
La miré. No había maldad en sus ojos, solo miedo.
—No te preocupes —respondí—. No habría cambiado nada.
La mujer suspiró y me tendió un paquete.
—Cámbiate.
Dentro había un vestido sencillo, holgado, de tela suave. Me llegaba un poco más abajo de las rodillas. Limpio. Demasiado para alguien como yo. Me lo puse despacio. La tela cayó sobre mi cuerpo delgado, marcando una figura que nunca me había permitido mirar demasiado. No era frágil, pero tampoco fuerte. Solo… estaba.
La mujer me observó un instante.
—Tienes buena figura —murmuró—. Y esos ojos… siempre tan negros.
Aparté la mirada. Mi piel castaña, casi morena, contrastaba con el vestido claro. No me reconocí del todo.
—Ven —dijo ella—. No hagas esperar al señor Iván.
Salí del cobertizo con las piernas aún temblando, sabiendo que el frío y el hambre habían sido solo un castigo.
Iván.
El quincho estaba lleno de movimiento. Hombres entrando y saliendo, mesas largas, cuchillos afilándose, el olor fuerte de la carne cruda mezclándose con el humo anticipado del fuego. Venado, cerdo, reses enteras colgadas de ganchos de hierro. Todo debía estar listo para la noche. Para mi noche.
Yo estaba apartado, apoyado contra una de las columnas de madera, observando sin intervenir. Siempre había preferido mirar antes que ordenar, desde allí tenía vista a la parte trasera de la casa… y fue entonces cuando la vi, Sofía salió del cobertizo acompañada por una de las amas de llaves, mii cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Levanté la mirada apenas un segundo. La observé de pies a cabeza con una atención que me incomodó. El vestido claro, sencillo, le caía holgado, pero no lograba ocultar del todo su figura, su cabello oscuro recogido de forma simple. Y esos ojos… negros. Demasiado grandes para un rostro que siempre parecía contener algo.
Me obligué a apartar la vista.
Y, sin embargo, algo en mi pecho se tensó.
—¿Todo listo para la noche? —preguntó uno de los hombres, acercándose.
—Que no falte nada —respondí, sin volver a mirarlo—. Ni comida ni bebida.
Asintió y se fue.
Volví a mirar hacia la casa sin querer. Sofía caminaba despacio, la palabra ladrona se me clavó como una espina.
—No te distraigas —me dije en voz baja.
Ella levantó la vista un segundo, como si hubiera sentido algo. Nuestros ojos casi se cruzaron. Yo giré la cabeza antes de que ocurriera.
—Jefe.
La voz de Abel me sacó del pensamiento. Era uno de los encargados de seguridad. Discreto. Eficiente. No hablaba si no era necesario.
—¿Qué pasa? —pregunté sin mirarlo.
Abel se acercó un poco más. Dudó.
—Necesito mostrarle algo —dijo—. Pero prefiero hacerlo ahora.
Eso llamó mi atención. Giré la cabeza.
—Habla.
Abel sacó una tablet de debajo del brazo y la encendió. La sostuvo frente a mí, con respeto, pero firme.
—Es del área de cocina —explicó—. Cámaras internas. Revisé el material después de lo de ayer.
Fruncí el ceño.
—¿Para qué?
Abel no respondió. Solo tocó la pantalla.
El video comenzó a reproducirse.
Reconocí la cocina de inmediato. El ángulo alto mostraba la mesa, los utensilios, el pan. Y luego… a Sofía. Delgada, cansada, moviéndose con cuidado. Miraba alrededor antes de actuar. Dudaba. Se detenía. Finalmente tomaba solo un pedazo de pan. Nada más. Ni plata. Ni cubiertos. Ni nada que no fuera evidente.
Apreté la mandíbula.
El video continuó. Charlotte entraba en escena. La acusación. El gesto exagerado. El momento exacto en que señalaba los tenedores de plata que Sofía nunca tocó.
Abel pausó la imagen.
—Ella no tomó nada más —dijo—. Todo lo demás fue… actuación.
Sentí algo duro en el pecho. No fue sorpresa. Fue peor. Fue una confirmación que había evitado.
—¿Dante vio esto? —pregunté.
—No —respondió Abel—. Nadie. Solo yo.
Asentí lentamente, sin apartar la vista de la pantalla congelada. Sofía con el pan en la mano. La cabeza baja. El cuerpo tenso. Recordé su silencio. Su “sí” dicho casi sin voz. Y la palabra que yo mismo había pensado: ladrona.
Me ardió.
—Charlotte —murmuré.
—Tiene historial —dijo Abel—. No es la primera vez que exagera… o inventa.
Cerré los ojos un segundo. El cobertizo. El frío. El hambre. La noche entera. El día siguiente. Nadie abrió esa puerta.
—¿Por qué me lo muestras? —pregunté al fin.
Abel sostuvo mi mirada.
—Porque usted no es Dante.
La frase quedó suspendida entre los dos.
Exhalé despacio. Sentí la rabia subir, lenta, peligrosa. No contra Charlotte. No contra Sofía. Contra mí mismo.
—Borra el archivo del sistema general —ordené—. Guarda una copia solo para mí.
—Sí, jefe.
Abel se retiró sin hacer más preguntas.
Me quedé solo, con el ruido de la fiesta creciendo a mi alrededor y una certeza que me golpeaba más fuerte que cualquier enemigo:
la había juzgado mal.
la había dejado sola.
y ahora… sabía la verdad.
Miré hacia la casa.
Sofía ya no era un problema menor.
Era un error que tenía nombre.
Y estaba empezando a costarme caro...