Su matrimonio

1874 Palabras
Damián abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de otra noche de sueño inquieto. A su lado, Regina se movía bajo las sábanas, murmurando algo ininteligible antes de estirarse con elegancia. Él la miró de reojo, notando cómo el maquillaje perfecto de la noche anterior comenzaba a desvanecerse, revelando las pequeñas arrugas que el tiempo había dejado en su rostro. —Buenos días, cariño —dijo Regina con una voz melosa, aunque su tono tenía ese dejo de ironía que siempre lo ponía en guardia. —Buenos días —respondió Damián, secamente, mientras se sentaba en la cama y pasaba una mano por su rostro. No era un hombre de muchas palabras por las mañanas, y menos cuando sabía que Regina estaba de humor para hablar. —¿Ya revisaste tu agenda para hoy? —preguntó ella, sin darle tiempo a respirar—. Porque tenemos esa cena con los ministros esta noche, y no puedes llegar tarde como la última vez. Fue vergonzoso, Damián. Vergonzoso. Él suspiró, sabiendo que no había escapatoria. Regina siempre tenía algo que decir, siempre encontraba la manera de recordarle sus "errores" y de hacerle sentir que, sin ella, su vida sería un desastre. —Lo sé, Regina. No llegaré tarde —dijo, tratando de mantener la calma mientras se levantaba de la cama y se dirigía al baño. Pero ella no estaba dispuesta a dejarlo ir tan fácilmente. —Y otra cosa —continuó, siguiéndolo con la voz mientras él se cepillaba los dientes—. ¿Qué pasa con ese proyecto de la costa? He escuchado rumores de que hay problemas con los permisos. ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Acaso crees que no puedo ayudarte? Damián se enjuagó la boca y la miró a través del espejo, notando cómo sus ojos brillaban con esa mezcla de preocupación y reproche que tanto lo exasperaba. —No te lo dije porque no es tu problema, Regina —respondió, con un tono más firme del que había usado hasta ahora—. Yo me encargo de Urbania Global. Tú tienes tus propios asuntos. Ella cruzó los brazos, apoyándose en el marco de la puerta con una expresión que decía claramente que no estaba de acuerdo. —Mis "propios asuntos", como tú los llamas, son los que nos han mantenido a flote todo este tiempo, Damián. ¿O ya olvidaste cómo era tu empresa antes de que nos casáramos? Él apretó los dientes, sintiendo cómo la ira comenzaba a hervir en su interior. No era la primera vez que Regina usaba ese argumento, y sabía que no sería la última. Pero hoy no estaba de humor para aguantarla. —No lo he olvidado, Regina —dijo, secándose las manos con una toalla—. Pero tampoco he olvidado que nuestro matrimonio es una asociación, no una competencia. Ella soltó una risa cortante, como si sus palabras fueran una broma de mal gusto. —Una asociación, claro —dijo, acercándose a él con pasos lentos—. Pero parece que últimamente te has olvidado de eso. Llegas tarde a las cenas, cancelas reuniones importantes y ni siquiera me consultas antes de tomar decisiones que afectan a ambos. Eso… sin mencionar los temas más íntimos, Damián. Damián la miró fijamente, sintiendo cómo la tensión entre ellos crecía con cada palabra. Sabía que Regina tenía razón en algunas cosas, pero no estaba dispuesto a admitirlo. Mucho menos a ceder. —No tengo tiempo para esto, Regina —dijo, pasando junto a ella y dirigiéndose al armario—. Tengo una reunión en una hora. Pero ella no se rendía tan fácilmente. —¿Y qué pasa con la cena de esta noche? —preguntó, siguiéndolo como una sombra—. ¿Vas a llegar tarde otra vez? ¿O vas a cancelar a último minuto como hiciste la semana pasada? Mierda, Damián. Intento no enojarme, no sonar insoportable, pero… ¡no pones de tu parte! Damián se detuvo, sintiendo cómo la paciencia se le agotaba. Se giró hacia ella, con los ojos fríos y la mandíbula apretada. —No voy a cancelar, Regina. Y no voy a llegar tarde. Pero si sigues presionándome, tal vez cambie de opinión. Ella lo miró con algo de sorpresa y furia, como si no pudiera creer que se atreviera a hablarle de esa manera. —¿Así es como me tratas después de todo lo que he hecho por ti? —preguntó, con la voz temblorosa de rabia—. ¿Después de todo lo que mi familia ha hecho por tu empresa? Damián respiró hondo, tratando de calmarse antes de decir algo de lo que se arrepintiera. Sabía que Regina tenía un punto, pero no estaba dispuesto a ceder. —No estoy discutiendo contigo, Regina —dijo, con un tono más calmado—. Solo te estoy diciendo que no voy a tolerar que me presiones de esta manera. Ella lo miró por un momento, como si estuviera evaluando sus palabras. Luego, con un movimiento brusco, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. —Bien —dijo, con una voz fría y cortante—. Pero no esperes que yo esté ahí para limpiar tus desastres cuando las cosas se pongan difíciles. Y con eso, salió de la habitación, dejando a Damián solo con sus pensamientos. Después de la discusión con Regina, Damián se vistió rápidamente con un traje n***o y se dirigió a su oficina en Urbania Global. El edificio, un rascacielos de cristal en el corazón de la ciudad, era un símbolo de su éxito y poder. Pero hoy, incluso la vista panorámica desde su despacho no lograba levantarle el ánimo. La mañana transcurrió entre reuniones, llamadas y revisiones de proyectos. Damián era un hombre meticuloso, y cada detalle de su empresa pasaba por sus manos. Pero su mente no estaba del todo enfocada. Las palabras de Regina seguían en su cabeza, recordándole todo lo que le debía y todo lo que había sacrificado por su matrimonio. El motivo del matrimonio Durante el almuerzo, Damián se reunió con su socio más cercano, Javier. Mientras comían, la conversación inevitablemente derivó hacia Regina. —¿Cómo está la reina del drama? —preguntó Javier, con una sonrisa burlona. Damián soltó un suspiro, dejando el tenedor sobre el plato. —La misma de siempre —dijo, con un tono cansado—. No para de recordarme todo lo que le debo. Es… desesperando, humillante, no hay nada que la calme. Javier lo miró con curiosidad, como si esperara que continuara. —Y ¿qué le debes, exactamente? —preguntó, con un dejo de sarcasmo. Damián lo miró, sabiendo que Javier ya conocía la respuesta, pero decidió decirlo de todos modos. —Todo, Javier. Le debo todo. Urbania Global no sería lo que es hoy sin las conexiones de su familia. Los contratos gubernamentales, las licitaciones, las inversiones... todo eso vino de su lado. —Javier asintió, como si entendiera, pero no dijo nada. Sabía que Damián no estaba buscando consuelo, sino simplemente desahogarse—. Pero a veces —continuó Damián, bajando la voz—, me pregunto si todo valió la pena. Si el precio que he pagado por este éxito no ha sido demasiado alto. Javier lo miró con una expresión seria, como si estuviera considerando sus palabras. —El poder tiene un precio, Damián —dijo, finalmente—. Y tú lo sabías cuando decidiste casarte con Regina. Lo bueno de todo esto es que obtuviste justo lo que querías… saliste ganando, ¿no? Damián suspiró, sabiendo que Javier tenía razón. Pero eso no hacía que las cosas fueran más fáciles. —Sí… tengo lo que quería, pero no sé si valió la pena. De eso no estoy muy seguro. —¿Qué es lo que buscas, Damián? ¿Qué es lo que buscas? Porque cualquier hombre desearía estar en tu lugar, soportando un poco de drama al día y con el éxito asegurado. Ya sé que no eres feliz, pero hay otras prioridades en la vida y tú las tienes cubiertas. —¿Lo que busco? Llevo años sin encontrarlo—respondió Damián con un toque de nostalgia. […] Damián cerró la puerta de la mansión con un suspiro, dejando atrás el bullicio de la ciudad y el peso de otro día de decisiones difíciles. En el recibidor, Regina lo esperaba con una sonrisa perfecta y un vestido que parecía haber sido diseñado para esa noche. Se acercó a él con pasos lentos, como si cada movimiento estuviera calculado para recordarle su presencia y su importancia. —No tardes en prepararte —dijo, mientras le colocaba una mano en el pecho y lo besaba en la mejilla—. Tenemos esa cena dentro de nada. Regina Velasco no era solo su esposa; era la clave que había abierto las puertas del poder. Cuando Regina regresó al país, Damián empezaba a entrar en una situación de crisis, su empresa, Urbania Global, estaba al borde de la quiebra, aunque aquello nunca se hizo público. Un mal negocio, una inversión fallida, y de repente todo lo que había construido parecía desmoronarse. Fue entonces cuando la propuesta surgió, con su apellido influyente y sus conexiones políticas era el acuerdo perfecto. Su padre, un exministro con amigos en todos los sectores, había sido la salvación que Damián necesitaba. Todo coincidió a la perfección con el cumplimiento del acuerdo que ya concluía con Carla. Regina no se casó con Damián solo por conveniencia. Desde el momento en que lo conoció, quedó fascinada por su ambición, su inteligencia y esa aura de poder que lo hacía parecer imparable. A diferencia de los hombres de su círculo, que vivían de las fortunas heredadas y las influencias familiares, Damián era un self-made man. Él había construido su imperio desde cero, y eso la atrajo como un imán. Para Regina, Damián representaba algo más que un esposo; era un proyecto, una extensión de su propio poder. Ella lo amaba. Pero ese amor nunca fue correspondido del todo. Damián le dio todo, pero nunca su corazón. A cambio, ella le dio acceso a contratos gubernamentales, licitaciones millonarias y una red de contactos que lo catapultaron a la cima. Sin embargo, con los años, Regina comenzó a notar que algo faltaba. Las cenas silenciosas, las miradas distantes, los besos fríos... todo le recordaba que, para Damián, ella era solo una pieza más en su juego. Ella lo besaba, y él no reaccionaba. Ella le sonreía, y él apenas asentía. Era un baile perfectamente coreografiado, donde ambos sabían los pasos, pero nunca se tocaban de verdad. Regina, siempre impecable, siempre calculadora, nunca dejaba de recordarle que sin ella, no sería nada. Y Damián, siempre distante, siempre frío, nunca dejaba de recordarle que su matrimonio era solo un negocio. Pero en el fondo, ambos sabían que había algo más. Algo que no podían nombrar, pero que los mantenía unidos, incluso en los momentos más tensos. Tal vez era el poder, tal vez era la costumbre, o tal vez era el miedo a perder todo lo que habían construido juntos. Y así, año tras año, habían construido una vida juntos, pero nunca como pareja. Solo como socios. A ambos les hacía falta algo importante.
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