Regina estaba sentada en una silla de mimbre frente a la playa, el sonido de las olas rompiendo contra la costa de Mallorca llenando el aire mientras el sol calentaba su piel. El bikini n***o que llevaba puesto se adhería a su cuerpo, y ella deslizaba los dedos por el borde de la tela, un gesto nervioso que repetía sin pensar. La brisa salada le revolvía el cabello, pero no había paz en su rostro, solo una sombra de enojo y tristeza que crecía con cada minuto que pasaba sin Damián. Él se había ido, dejándola sola en esa escapada que debía ser suya, y el vacío que dejó le dolía en el pecho como una herida abierta. Habían sido sus mejores días fértiles, él lo sabía, y aun así había subido a ese avión con una excusa que ahora le quemaba las entrañas. El enojo la consumió hasta que no pud

