—¿Qué es lo que ella acaba de decir? —Regina, parada a pocos pasos de ella, dejó escapar una carcajada aguda y burlona, como si la desesperación de Carla fuera el espectáculo del día. Sin previo aviso, Regina se acercó y la sujetó del brazo con una fuerza inesperada—. ¡¿Qué estás diciendo?!—escupió Regina, arrastrándola hacia el escritorio con violencia, sus manos la empujaron contra él, como si con aquello pudiese obligarla a firmar.
El impacto fue brusco. Carla perdió el equilibrio y su vientre chocó con el borde del escritorio antes de que pudiera protegerse. Un quejido escapó de sus labios mientras el dolor la atravesaba con mucha fuerza. De inmediato llevó las manos a su vientre, tratando de proteger a su bebé de cualquier daño.
—¿Qué te pasa? —gritó Carla, con los ojos llenos de lágrimas, intentando lidiar con el dolor repentino, su boca llenándose de aire para aguantarlo, su respiración acelerada y el miedo de que le hiciera daño a su bebé.
Regina se inclinó hacia ella, su expresión cruel y desafiante.
—Eres patética —susurró cruelmente.
Carla, impulsada por la adrenalina y el instinto de protegerse, extendió las manos y la empujó con fuerza. Regina perdió el equilibrio y cayó al suelo con un grito desgarrador, que se escuchó en toda la oficina.
El estruendo atrajo inmediatamente la atención de Damián, quien cruzó la habitación con rapidez para socorrer a Regina. Se arrodilló junto a ella, sus manos revisando con cuidado su pierna mientras ella gemía de dolor.
—Me ha hecho daño —sollozó Regina, llevándose una mano a la pierna, donde comenzaba a formarse un moretón—. ¡Me ha hecho mucho daño, Damián! ¡¿Es que no vas a hacer nada?!
Carla, aún apoyada en el escritorio, observó la escena sin creer cómo Damián había ido hasta ella para ayudarla, jamás acercándose a Carla para saber si ella estaba bien. Aquello le dolió bastante, mucho más que el golpe que recibió.
¿Era eso lo que valía para él? Su mirada se clavó en Damián, que ni siquiera le dirigió una palabra o una mirada.
Toda su atención estaba puesta en Regina, como si Carla no existiera.
—No está tan mal, solo es un golpe —dijo Damián con un tono calmo mientras seguía inspeccionando la pierna de Regina.
A pesar de sus palabras, sus ojos se alzaron hacia Carla con un fuerte reproche en su mirada. Sus labios se curvaron en una línea fina, sin pronunciar nada, pero expresándolo todo. Carla apartó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de su desprecio.
Con las manos temblorosas todavía cubriendo su vientre, volvió a mirar los documentos del divorcio sobre el escritorio. Una risa amarga y baja, llena de dolor y resignación, escapó de sus labios. Su corazón se rompía en pedazos mientras sus lágrimas caían sin control, empapando la hoja que pronto marcaría el final de su matrimonio.
Su mirada se desvió hacia Damián una vez más. Él estaba arrodillado junto a Regina, sus manos apoyadas en la pierna de la mujer como si fuese la cosa más importante en el mundo.
“No me quiere. Nunca me quiso. No le importa lo que pase conmigo… o con nuestro hijo.”
Los dedos de Carla se cerraron alrededor del bolígrafo que descansaba junto a los documentos. Temblaban tanto que apenas podía sostenerlo, pero lo llevó hasta la hoja con una determinación alimentada por el dolor. Las lágrimas continuaron cayendo, manchando el papel mientras ella trazaba su firma con lentitud, cada letra una prueba del amor no correspondido que había entregado.
Cuando terminó, dejó caer el bolígrafo como si quemara. Respiró hondo, tratando de calmar el temblor de su cuerpo, y llevó una mano a su vientre, buscando consuelo en la pequeña vida que crecía dentro de ella.
—Ya he firmado —dijo Carla, con su voz quebrada que apenas la reconocía como suya.
Damián levantó la cabeza al escucharla, pero no se movió de donde estaba. Carla no esperó su reacción. Dio media vuelta y salió de la oficina, sus pasos rápidos y torpes mientras trataba de escapar del infierno que acababa de vivir.
El pasillo parecía interminable, pero llegó al ascensor y presionó el botón repetidamente, como si eso pudiera acelerar el tiempo. Escuchó los pasos de alguien detrás de ella y alzó la mirada. Damián se acercaba, pero las puertas del ascensor se cerraron justo cuando él estaba a punto de alcanzarla.
Carla dejó escapar un suspiro tembloroso, sus manos descansando en su vientre mientras susurraba a su bebé.
—No te preocupes, bebé. Nunca te faltará amor.
Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, la lluvia intensa del exterior era visible a través de las puertas de cristal. Carla salió del edificio sin detenerse. El agua empapó su cabello y su ropa en segundos. Cada gota parecía lavar los restos de su dignidad, mientras su corazón se rompía con cada paso que daba.
“No me voy a quedar aquí. No voy a mendigar el amor de alguien que no me quiere, ni para mí, ni para mi hijo.”
El dolor en su pecho era insoportable, pero no se permitió detenerse. Su única prioridad era alejarse, desaparecer de la vida de Damián como él había querido. No importaba que la lluvia empapara su cuerpo o que su corazón estuviera hecho pedazos.
“Nos tenemos el uno al otro, pequeño. Y eso es suficiente para mí. Tú ahora eres mi todo.” Porque, aunque estaba completamente sola, tenía una razón para seguir adelante. Su bebé.
[…]
Damián se puso de pie en cuanto la puerta de la oficina se cerró tras Carla. Caminó con pasos largos hasta el escritorio, tomando los papeles que ella había dejado atrás. Sus ojos recorrieron la hoja en busca de lo inevitable… y ahí estaba.
Su firma.
El aire en la habitación pareció volverse más pesado. Sus dedos se crisparon alrededor del papel, sus nudillos blanqueándose por la presión. La tinta aún estaba fresca, la humedad de las lágrimas de Carla la había manchado ligeramente en algunas partes.
“Lo ha hecho.”
Damián sintió un calor abrasador recorrer su pecho, un maldito fuego que no podía ignorar. Algo dentro de él se retorció con furia, pero no tenía tiempo para pensar en qué era.
Salió de la oficina con pasos firmes, ignorando el llamado de Regina detrás de él. Sus ojos se clavaron en el ascensor justo en el momento en que las puertas se cerraban, tragándose a Carla antes de que pudiera alcanzarla.
Maldición.
No iba a dejar que se largara así, no con esa imagen de ella huyendo de su vida como si él no fuera nada. No después de haberlo desafiado firmando los papeles sin dudarlo.
"¡Se ha atrevido!"
Corrió hacia las escaleras sin pensarlo dos veces. Bajó los pisos de dos en dos, con el corazón golpeándole el pecho, pero no era por ansiedad. Era por pura rabia.
Llegó al vestíbulo jadeando, con la camisa ligeramente arrugada y el ceño fruncido con una intensidad amenazante. Sus ojos recorrieron el espacio con rapidez, buscando una silueta familiar, unos ojos que debería haber atrapado antes de que pudiera escapar.
Nada.
Caminó a grandes zancadas hacia la salida y en cuanto cruzó la puerta, un torrente de agua helada lo golpeó con fuerza. La lluvia lo empapó al instante, pegando su ropa a su cuerpo, pero le dio igual.
No le importaba la lluvia. No le importaba el frío.
Carla no estaba allí.
Su mandíbula se tensó hasta dolerle mientras giraba la cabeza de un lado a otro, buscando desesperadamente su figura entre los transeúntes que corrían bajo la tormenta.
Pero ella se había ido.
Se había ido.
Damián apretó los puños con fuerza, sintiendo la rabia explotar en su pecho como un huracán.
Damián golpeó con fuerza el poste de metal junto a la salida, sin importarle que su mano ardiera por el impacto.
Los pasos de alguien se acercaron detrás de él, pero no se giró. No tenía paciencia para nadie en ese momento.
—Damián…
La voz melosa de Regina lo sacó de sus pensamientos. Él exhaló con molestia mientras sentía su delicada mano apoyarse en su pecho húmedo. Demasiada confianza. Como si creyera que tenía derecho a tocarlo de esa forma.
Ella sostenía un paraguas con la otra mano, inclinándolo levemente para cubrirlo de la lluvia, aunque él ya estaba completamente empapado. Sus dedos se deslizaron por la tela mojada de su camisa, palpando sus músculos con descaro.
—¿Esa mujer significa algo para ti? —preguntó con una voz suave, casi seductora.
Regina mordió su labio inferior mientras lo miraba a los ojos, esperando una respuesta. Damián frunció el ceño con irritación, su mirada afilada como una navaja.
No respondió.
No tenía por qué hacerlo.
Regina lo interpretó como una duda y sonrió, confiada. Se inclinó hacia él, sus labios buscando los suyos sin ningún recato.
Damián la apartó sin titubear, sujetándola del brazo con firmeza y alejándola de su rostro.
—No juegues conmigo, Regina —advirtió con frialdad.
Ella no se rindió. Volvió a acercarse, su mirada oscureciéndose con una mezcla de deseo y determinación.
—Yo te haré feliz, Damián —susurró contra su boca antes de besarlo de nuevo, esta vez sin darle oportunidad de alejarse.