Damián estaba sentado en el borde de la cama de la suite, el aire cargado con el aroma del whisky que había derramado sobre la alfombra. Frente a él, una mesa cubierta de papeles: informes, fotos, notas garabateadas por su investigador privado. La luz tenue de la lámpara hacía que las sombras danzaran sobre las paredes, pero sus ojos estaban fijos en una imagen en particular. Santiago, el niño que había visto en el hospital, tan pequeño y frágil, con tubos en los brazos y una palidez que le revolvía el estómago. Lo había atribuido a la enfermedad entonces, pero ahora, con la foto en la mano, algo no encajaba. Tomó un trago directamente de la botella, el líquido quemándole la garganta, y dejó la foto a un lado para hojear el informe médico que había llegado esa tarde. “Santiago Rivera. E

