Observando al Enemigo

1014 Palabras
Era una basta extensión de océano y tierra. Tierras que fueron invadidas desde tiempos remotos. Con el correr de los años, habían masacrado a Miles de pueblo, les llamaban los jinetes de la muerte, solo traían caos y destrucción a su paso. La nación turca fue creciendo en ejércitos y fueron construyendo riquezas con mucha sangre derramada. Desde las montañas se podía observar las extensas extensiones de tierra. Tierras donde nada prosperaba, era como ver una naturaleza muerta, nada crecía en esas tierras, las plantas se marchitaban y se morían. Sobre el pueblo se posaba una densa nube gris oscura, tan oscura como la noche, tan perversa como una luna de sangre. Los videntes y tocados por Dioses, vivían atentos a las faces de la luna y sobre todo veían cada eclipse como una advertencia o una señal de la llegada de profundos cambios. Algunos llegaron a decir que cada eclipse representa el principio y el fin de un período. Y caía la noche oscura en una luna de sangre, un eclipse dónde le daba el aspecto de sangre a una luna. Eran señales de mal presagio para las tierras griegas. Los soldados del príncipe tomaron el camino ladera abajo, mientras más se acercaban, la previsualización era un poco más definida, pero sobre todo se veían movimiento de multitudes, cómo si se tratase de una ciudad organizada. El mar se veía frío y denso, casi como un espejo. Al paso se incorporaban el resto de los soldados de Atenas, y un abrir y cerrar de ojos, la luna de sangre dejó serlo, para recuperar su color natural. Mientras la luna nefasta se ocultaba, para darle paso a la luz, así mismo y de la misma manera los soldados se recuperarían de un cansancio aparente, que dejó serlo, cuando la luna recuperó su luz. La ciudad no tenía murallas, pero si tenía Torres de control y una fuerte vigilancia. Los caballos podían llegar hasta cierto punto del recorrido. El camino daba para ser recorrido a pie. La compañía avanzó con precaución, pero de pronto y nadie sabe cómo, salieron de la izquierda dos barbados, que hacían sus rondas de vigilancia nocturna, todos se lanzaron al piso y los vieron pasar. Los bárbaros hablaban en su peculiar acento turco. Dieron vuelta alrededor y por suerte no llegaron a ver los caballos. La descripción física que dio el soldado valiente, coincide perfectamente con lo que veían sus ojos. Eran turcos los que habían atacado a los soldados del príncipe Cómo se podía apreciar, eran muchos y superaban en número a los batallones que pudiera tener la gran ciudad de Atenas. Si se junta el batallón del príncipe Bastiaan, con los del norte de Gaea, y los Espartanos, pudieran dar una gran batalla, pero aun así, no era suficiente. Eso pensó el capitán de Atenas, que al hablar con sus homólogos, coincidieron en la misma reflexión. Las mujeres eran altas y robustas en su mayoría, también mostraban porte de guerreras. En Esparta había mujeres así y con mucho más temple, pero tanto los hombres, cómo las mujeres, gobernaban con la misma igualdad. Cuando de pelear se trata, las mujeres daban la talla, cómo a sus compañeros de lucha. Para el caso de los Turcos no era así, el hombre era considerado el macho alfa y dominaba a sus mujeres. Las mujeres no tenían ningún papel protagónico en las tribus Turcas, solo se dedicaban a obedecer a sus hombres y guerreros. Eran como lobos nómadas en tierras frías. Sus cuerpos estaban adaptados a esas temperaturas frías, aunque algunos se cubrían con pieles de oso para cubrirse de tan extremas temperaturas. Los sobrevivientes del pueblo turco, no solamente estaban acostumbrados a estar semidesnudos en un clima implacable, sino que apresar de su resistencia, su vegetación y sus cosechas se perdían, así como de sus fuentes de proteínas. No había bovino o cerdo que aguantara tan penetrantes cuchillos de fríos. Antiguamente, estás tierras disfrutaban de un clima frío, pero no al punto de congelación. Por muchos años esas tierras fueron sufriendo constantes cambios climáticos y muchas fallas tectónicas del terreno. A lo lejos y a la derecha, los soldados visualizan una cantidad de cuerpos desnudos tirados en el piso congelado, se trataba de un cementerio que esperaba ceremonias, sepulturas. Era cierto lo que decía el príncipe Demetrius, sobre que, la población bárbara moría de frío. Lo que nunca dijo el príncipe es que los bárbaros eran de origen Turco. Había otras tribus de bárbaros, esparcidos uniformemente por todas las costas. Los Turcos tenían como costumbre de conquista, usar a las mujeres como esclavas y prostitutas. A cada pueblo qué llegaban sometían a las féminas, sin el más mínimo respeto o caballerosidad. Cada mujer obtenida en un trofeo. Un premio para ellos y la Lucían cómo tal, presumiendo de ellas y la manera como la habían obtenido. Cada invasión o conquista era considerado digno de admiración y respeto por su comunidad. Así veían a los salvajes guerreros Turcos, con honor y valentía. El alfa demostraba ser el líder en una batalla a muerte con su contrincante. Ganaba el que quedara con vida. Así se elegían los líderes de su clan. Cada clan estaba compuesto por líderes, subalternos y servidores y esclavos. Un Alfa podía tener todas las mujeres que quería, en especial la de sus amigos o vecinos, nadie se podía oponer a eso. Llegaron a pasar historias sobre Alfas, abusando constantemente a las esposas de otros clanes y esto dio pie a guerra y más conflicto, siendo el vencedor el dueño de todo cuando ganaba. En el juego de la guerra y del amor, todo era permitido, pero para los Bárbaros ese límite lo sobrepasaban muy seguido, al punto tal, que abusaban de sus propias hermanas, hijas y madres, si quisieran. Era una sociedad sin éticas, ni principios, ni valores. La corrupción era el sistema de gobierno, no brindaban cuenta a nadie. Ellos decían que, desde que se creó el universo, ya el mundo les pertenecía y porque solo los dioses así lo decían. No nada más falso, que absurda verdad.
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