Mundo apagado

1245 Palabras
El domingo amaneció con el cielo grisáceo. Era día de lavar la ropa después de ir a misa. Me puse el vestido beige que usaba para las ocasiones importantes, aunque ya tenía los bordes deshilachados. Irlanda y yo salimos unidas de las manos. Ella llevaba puesto el vestido que le compré para su cuarto cumpleaños: floreado, con toques de encaje y ampón, así como los que nunca pude usar yo. Temía que lloviera, pero ni eso me detuvo. Dentro de mí ya tenía instalada la obligación bonita de asistir. Hacía días que la angustia por no encontrar trabajo me carcomía aún más. Me urgía refugiarme en El Señor. El templo estaba lleno, como de costumbre. Nos sentamos al fondo, junto a Imelda. Ella agitaba el abanico con ánimo. Irlanda poco a poco se acostumbraba a esa rutina, ya casi no se jaloneaba para salirse. En el bolso llevaba una serie de juguetes que sabía que la mantenían relajada, como aquella sonaja de la que colgaban cuerdas elásticas… por si las dudas. —¡Ah!, ya me acordé qué te iba a decir —me susurró Imelda, cuando terminó el cántico—. El viernes platiqué con Beatriz. Como si nos hubiera escuchado, Beatriz se acercó con su sonrisa amplia y ese balanceo coqueto en las caderas: —Azu, ¿ya te dijo Ime? Negué con la cabeza. —A eso iba —le respondió Imelda al mismo tiempo que levantaba ambas manos. Luego se giró hacia mí—: Quería preguntarte si ¿te gustaría tener a tu cargo la cooperativa de la escuela “Niños Héroes”? Es una primaria que está cerca del parque, ese de colores. Mi hijo la administraba, pero se va a tomar un curso de galletería a otra ciudad, y dura un año. —Imelda se inclinó como si estuviera a punto de contarme un preciado secreto—. Ojalá digas que sí, se gana mejor de lo que la gente cree. Mi corazón dio un salto tan fuerte y por poco me echo a reír. —¿La cooperativa de una escuela? ¿Yo? —se me quebró la voz—. ¡Claro que sí! Sé… sé cocinar y tratar con niños. Las lágrimas resbalaron antes de que pudiera contenerlas. Estreché a Imelda sin pedirle permiso. Fue un impulso genuino. Después de soltarla, Beatriz me abrazó también. —Confía en Nuestro Señor, él nunca nos abandona —murmuró. Me limpié la cara con la manga del vestido, riendo entre sollozos. —¡No saben cuánto les agradezco todo lo que han hecho por mí! De veras… esto me cae del cielo. —Pues entonces ¡hay que celebrarlo! —propuso Beatriz. Sus ojos se abrieron vivarachos y levantó su llavero—: Yo pongo la camioneta. —Eso mismo iba a decir —respondí, todavía conmovida—. Vénganse a la casa, les hago un arroz con leche y unas gorditas de frijol. Aceptaron sin dudar. Las cuatro salimos del templo. Afuera, el petricor me envolvió y tuve la oportunidad de gozarlo sin la dolorosa preocupación que antes me llevó a ese lugar. Beatriz tenía una solvencia económica estable, se notaba en su ropa, en sus accesorios, en sus gafas de diseñador y hasta en su forma de hablar. Según me contó, era viuda. Su esposo le dejó una generosa pensión con la que no tenía que preocuparse por trabajar. Ella misma propuso ser quien me prestara el dinero para adquirir los insumos sin que se lo pidiera. Acepté porque no me quedaba de otra. La misma Imelda fue en persona a presentarme con la directora de la escuela. Ese día puse atención especial en mi presentación, en cómo olía y en cómo me comportaba frente a esa mujer que parecía rígida detrás del escritorio. Mi currículo con experiencia en restaurantes no dio pie a excusas. Fui aceptada de inmediato. La directora me entregó las pautas a seguir para los menús y las obligaciones que debía cumplir. Solo alimentos saludables, no estaba permitido ningún alimento chatarra. —Excédete en la higiene —puntualizó—. No quiero a ningún niño enfermo. Cerramos el acuerdo con un documento donde quedó plasmada mi firma, y con ella la promesa de un ingreso tan esperado. Tenía que darme prisa para organizar todo. Los desayunos calientes que se servían en la escuela eran en total trescientos cuarenta y dos. No podía demorar el comprar los insumos. Trabajé duro durante tres días, los mismos que la directora me dio para estar lista. La primera semana sirviendo fue agotadora, pero al ver las ganancias diarias sabía que, de seguir con el mismo ritmo, podía solventar varios de nuestros gastos de primera necesidad, incluso más que eso. No asistí a mi terapia, fallar en la cooperativa no era una opción. Ya arreglaría después el tema de los horarios. El viernes cerca de las ocho de la noche, mientras lavaba unas ollas que quedaron pendientes, escuché desde la cocina un estruendo, luego otro, y otro. Sabía de qué se trataba. Lo sabía muy bien. Fui corriendo hacia la habitación con los guantes llenos de espuma todavía puestos. —No, mi amor… ¡No, no! —le repetí, pero mi voz no servía de mucho. Irlanda golpeaba su cabeza contra la pared como si quisiera abrir un hueco en ella. Intenté primero abrazarla, pero su pequeño cuerpo era un torbellino. Me empujó sin saber, sin querer, con la fuerza que de pronto salía de ella. Su codo fue a dar dos veces justo en medio de mis pechos. Tambaleé. ¡No, no podía darme el lujo de vacilar! Me saqué los guantes de un tirón. ¡Tenía meses que no le pasaba! Entonces le sujeté la cabeza con ambas manos, firmes, desesperadas. Mis brazos tiritaban. Sentí cómo cada golpe que lograba detener me sacudía los huesos por dentro. Su frente estaba ardiendo. Su agudo llanto se me metía lacerante por los oídos. —¡Aquí estoy, hija, aquí estoy! Poco a poco los golpes fueron perdiendo fuerza. Sus alaridos se convirtieron en hipidos chiquitos, desordenados. Sus párpados pesaron. Se rindió al cansancio después de diez minutos luchando contra sí misma. Cada que una de esas crisis pasaba, solo podía desear poder entrar en su mente y arrancarle lo que fuera que la atormentaba. Arrebatárselo, acabarlo, incluso estaba dispuesta a cargarlo conmigo. De poder… ¿qué no haría? Pero eso era imposible, y a veces no sabía cómo ayudarla a parar. La sostuve todavía un rato, sin atreverme a soltarla, con el miedo latente de una revancha, porque sí, sí pasaba. Cuando al fin la recosté en la cama, seguía respirando a trompicones. Era como si acabara de salir de una recia marea que la envolvía, dispuesta a llevársela. Le acaricié el cabello empapado en sudor. Tenía la frente marcada e hinchada. Fui por una pomada para la inflamación. Se la puse con sumo cuidado. Mantenía el llanto amarrado a mitad de la nariz. Solté fuerte el aire una vez que vi en sus ojos la esperada quietud. Sentí primero un zumbido. Las paredes se estiraron. El cuarto se volvió un pasillo interminable. Quise sentarme, llamar a alguien, hacer algo heroico y útil. Pero solo alcancé a apoyar una mano en la orilla de la cama. Mis piernas se volvieron de hule. Lo último que vi fue a Irlanda dormitando. Pensé: «no te me mueras hoy, por favor, no hoy». Y luego, el mundo se apagó.
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