Esperé a que la casa se quedara en silencio. Irlanda me regaló una noche sin llantos, sin exigencias, sin alimentos extras después de la merienda. La rutina de la escuela la cansaba. Esa bendita escuela que le dedicaba tanto a mi pequeña, que la veía como un ser humano capaz, una niña que sí podía si se mostraba a su manera. Las palabras de Andrés me retumbaban. Tomé el celular. Lo sostuve con cuidado, como si fuera un objeto peligroso donde podría revivir recuerdos que busqué por años olvidar. Escribí mi primer apellido en el buscador de f*******:. Luego el otro. Las caras empezaron a aparecer en la lista desplegada. Fui bajando, y bajando. Hasta que ahí estaba. Sí, era Ana Celia. Una de mis hermanas, la tercera de los cinco. Entré a su perfil. Tenía algunas publicaciones pública

