Antesala rara

1639 Palabras
Me levanté para apagar una luz que había quedado encendida en la cocina. Pensé en el viernes otra vez. Cinco en punto, la hora exacta. Me pregunté en qué momento el cuerpo empieza a adelantarse a los días. Lavé una taza que no estaba sucia. Acomodé un cojín que ya estaba en su lugar. En el cuarto, Irlanda respiró más hondo. Fui a verla. Temí que despertara, así que dejé de mover cosas. Me quedé sentada a su lado por un rato. «Todo está bien», pensé, sin saber exactamente a quién se lo decía. Entonces, me pregunté cuán importantes son las palabras. Cuán necesario es saber comunicarte con los demás. Evitaba a toda costa pensar en que mi hija no hablaba, pero en ciertos momentos, esos en los que me encontraba cara a cara conmigo misma, aquellos miedos afloraban, venían para atacarme, para hundirme en la agonía de lo que no tenía. Pero lo que sí tenía hizo contrapeso. Mi hija, que era lo de verdad valioso, seguía conmigo. Pensé en la visita del DIF. En las filosas preguntas que harían. En las libretas que llenan sin mirarte a la cara. En lo fácil que es fallar cuando se vive cansada. Y pensé también, con una culpa pequeña, manejable, que mis espacios sin ella eran fuentes de energía vital, como las terapias con Andrés. Treinta minutos después me metí a la cama vestida. El sueño tardó en llegar, pero llegó. Al día siguiente, en la salida de la escuela de Irlanda, una de las madres me abordó. Se llamaba Fabiola. Una mujer delgada y que aparentaba tener cinco años más de los que de verdad tenía. —El sábado le voy a hacer un pastelito a Emilio. Están invitados. Será algo chiquito y prometo que sin tanto ruido. Una fiesta atípica [1]—me guiñó el ojo con la invitación impresa extendida. Se la recibí pensativa. Mi lucha contra las fiestas terminó antes de tomar fuerza. No sabía si era conveniente volver a intentarlo. —¿Irlanda es alergica a algo? —siguió preguntando la señora. Agité leve la cabeza y salir del recuerdo de los intensos gritos de mi hija cuando un payaso intentó darle un globo. —No, no, a nada —respondí apenas. —Bueno, entonces, las espero el sábado. A mi mente vino la idea de tomar una fotografía apenas lleguemos, una donde se vea la gente, las decoraciones, la mesa de regalos. Imprimirla para ponerla justo en la sala. Donde la trabajadora social pueda verla, admirar que somos capaces de llevar una vida similar a la de cualquier otra familia de dos como la mía. —Gracias. Ahí estaremos. Llegó el viernes. Por suerte para mí, a Zoe le cayó mejor el cambio de horario. Ella, así de joven y centrada, se iba convirtiendo en un apoyo del que no podía ni quería prescindir. Además, Irlanda la quería, aunque no lo dijera, yo lo sabía. La zona de terapia estaba abarrotada. Cada cubículo se mantenía ocupado. Andrés me alcanzó en la entrada, justo en las puertas de vidrio, sonrió como si me estuviera esperando desde hacía horas, aunque el reloj marcaba exacto las cinco: —Qué gusto verte —lo dijo con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante. —Lo mismo digo. De nuevo, gracias por esto —respondí, aunque mis ojos buscaban un lugar vacío. Andrés levantó cerca mi rostro unas llaves. —Hoy te toca cuarto privado. La risa breve, educada, sirve para tensarme, aunque sé que buscaba el efecto contrario. —Sígueme —pidió, y se dio media vuelta. —Fui detrás de él. Sí que caminaba derecho con aquellas piernas un poco arqueadas dando fuertes pisadas. Quien diría que sus manos eran todo lo contrario. Entramos a un cuarto blanco, pulcro, donde había una camilla, un sillón y una mesita. Él se sentó en el sillón después de indicarme que ocupara la camilla, y se dispuso a hacer algunas anotaciones en el que, supuse, era mi expediente. —¿Qué apuntas? —Reí—. Si todavía ni empezamos. Andrés respondió sin mirarme: —Observaciones iniciales. Tienes buen tono en la piel. Toqué mi rostro, como si así pudiera ubicar la mejoría descrita. —¿Cómo va tu día? —preguntó, mientras seguía escribiendo. —Cansado —dije sin pensarlo—. Ya sabes, las prisas, el trabajo, trastes, escuela… Lo normal. Ni siquiera respondía con suficiente coherencia. —Suena intenso. —Es una palabra amable para describirlo. Andrés sonrió y se recargó en el respaldo del cómodo sillón. Sus ojos amielados me observaron. Le desvié la mirada de inmediato. —El mío está siendo sorprendentemente tranquilo… Bueno, hice una pequeña trampa. Alcé las cejas. —¿Trampa? —Dejé mis clases de ukulele. —¿En serio? Asintió, con una mueca entre culpa y alivio. —Te diré un secreto: eran a las cinco, así que le dije a la profesora que tenía un compromiso más importante. —Se encogió de hombros—. Y ya me di cuenta de que no me gusta el ukulele. Sentí algo tibio en el pecho. Incómodo. Bonito. Respiré hondo. Si iba a ser así de sincero conmigo, yo tenía que serlo también. Ya que, si existía una remota posibilidad de que yo le gustara, era mi deber informarle sobre mis responsabilidades que no se podían dar de baja. Quizá terminaría perdiendo su interés, pero se lo dije de todos modos: —¿Sabes? Tengo una niña —solté, antes de que el valor se arrepintiera—. Yo… soy madre soltera. Él no cambió de gesto. Ni sorpresa, ni decepción. Solo siguió mirándome. —Y mi hija… —Tragué saliva— tiene una discapacidad. El silencio llegó. Aunque creo que no fue de esos que juzgan, sino de los que hacen espacio. Andrés cerró la libreta. —Tal vez después pueda conocerla. Sentí que el nudo se aflojaba en mi garganta. Después él se puso de pie: —Vamos a empezar o se nos va a terminar el tiempo. Te voy a enseñar a usar el oxígeno en caso de una emergencia. —Palpó el contenedor alargado a mi costado—. ¿Cuentas con uno en tu casa? —No. —Debes tener uno. —¿Son caros? Andrés asintió despacio. Dinero era lo que me hacía falta, pero eso no se lo confesaría. Me limité a suspirar. La sesión fue más sencilla de lo que esperaba. Él tenía razón. Era necesario que yo tuviera un tanque de esos en la casa. Por la ventaba se veía el cielo gris, y el aire que se colaba anunciaba lluvia. —Si quieres —intervino Andrés—, puedo llevarte a tu casa. —No te molestes. Bajé de la camilla, dispuesta a irme. —Aunque sea te acerco —insistió. Dudé dos segundos. Tal vez menos. El transporte se ponía peor con la lluvia. Además, Zoe debía irse a su casa también. —Gracias —respondí—. Me ayudaría mucho. Caminamos rumbo al estacionamiento. Una de sus compañeras nos inspeccionó sin tapujos al vernos pasar platicando. También la recepcionista pareció pendiente de nuestro destino. Pensé que tendría una motocicleta, algo práctico. Pero no. El coche al que le quitó la alarma en la distancia era azul neón era grande, pulido y sin ningún rayón a la vista. Me detuve en seco. —Vaya… —murmuré—. Imaginé otra cosa. —No es mío. —¿Entonces? —pregunté, incapaz de disimular la curiosidad—. ¿Eres rico? Él sonrió apenas. Una sonrisa breve y tranquila. —Es de mi papá. Me lo presta a veces, cuando me porto bien —respondió sonriente y procedió a abrir la puerta del copiloto. Solté una risa corta. Al subir, el interior del coche olía a cuero y a aromatizante mentolado. —Ahora sí, dime, ¿por dónde vives? —preguntó después de encender el motor. —Vete por la avenida. Yo te guio. Arrancó justo cuando las primeras gotas comenzaron a golpear el parabrisas. Andrés manejaba con cuidado, sin música, sin detener la charla. Él hablaba mucho más que yo. Iba recomendándome restaurantes de comida, ninguno era de garnachas. Si lo sabía yo. Entonces centré la vista en su muñeca. Ahí tenía una esclava que a leguas se veía que era de oro. «¡¿Pues cuánto gana un terapeuta?!», me pregunté curiosa. Por más que traté que me dejara una cuadra antes de mi casa, insistió en que no. Al llegar a mi calle, la lluvia arreció un poco más, solo por eso accedí. —Esta es mi casita —la apunté. Modesta, pero mía. Por un breve, muy breve, momento, pensé en invitarlo a tomar alguna bebida caliente como un gesto de agradecimiento. Porque, ¿qué hacía mi terapeuta llevándome a casa? Quizá en otra ocasión, si de daba. No estaba preparada para que conociera mi caos personal. Abrí la puerta. Antes de bajar, lo miré un segundo más de lo necesario. Él devolvió la mirada. —Gracias por el aventón. —De nada —dijo sin molestia. Cerré la puerta. El coche se fue. Entré a la casa con el sonido de la lluvia colándose por todas partes. Irlanda estaba terminando un rompecabezas de animales con apoyo de Zoe. Mientras me quitaba los zapatos, tuve la sensación de que algo había empezado a moverse dentro de mí. Reconocí enseguida esa antesala rara donde la esperanza se parece demasiado al miedo. Un miedo que gracias a Álvaro era terrible. ************ [1] Atípico se refiere a algo que se aparta de lo normal, habitual o de un modelo o tipo conocido, describiendo algo diferente, extraño, inusual o que no encaja en lo esperado, como una situación, comportamiento, dato estadístico o incluso una conducta legal que no sigue un patrón establecido.
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