Capítulo 42: La Heredera Sorpresa

1428 Palabras
Me visto con el traje sastre de falda y chaqueta. El verde botella no es casual: proyecta la seriedad que quiero que los socios de mi padre absorban. Hoy no soy la recién llegada, soy la futura dueña. Matías ajusta su corbata frente al espejo. Su papel es crucial. Él es el nexo, la mano derecha de Isidro, el que me da credibilidad. —¿Todo está en orden para nuestra llegada? —pregunto, revisando los pendientes de esmeralda. —Todo está perfectamente organizado, Alaia. Ya tenemos una historia armada sobre el porqué nadie sabía de su existencia. Es muy probable que la quieran corroborar contigo. —Bien, necesito que lleves mi tablet, además de la tuya. Para ellos, no solo vengo a presentarme, vengo a revisar el registro de los negocios que mi padre tiene con ambos caballeros y a ver que todo esté en orden. Debo sonar fiscal. —Exactamente. Allí está todo, duplicado. Es mejor que ya salgamos si no vamos a llegar demasiado tarde, y eso es algo que no queremos. *** Llegamos al Club de Industriales. El recepcionista nos indica nuestra mesa. Tal como lo habíamos planeado, está perfectamente ubicada: cualquier persona que entre nos ve al instante. En la mesa ya nos esperan dos hombres de negocios de la élite. Matías toma la iniciativa, su voz es la de la autoridad delegada: —Señores, buena tarde, ¿cómo se encuentran? Los hombres se levantan para saludar. Primero estrechan la mano de Matías. —Matías, un gusto verte de nuevo —dice el más alto, de cabello castaño y ligeramente canoso: Ernesto Fernández. —Qué gusto saludar, Matías, pero mejor preséntanos a esta hermosa señorita —dice el de cabello n***o, con una sonrisa de lobo. —Les presento a Luna Valera, la hija menor de Isidro. Su padre me ha encargado personalmente que la introduzca en el círculo, ya que, en un futuro cercano, ella asumirá la dirección del negocio familiar. —Luna, es un placer. Me presento, yo soy Marcos Gaviria —dice el hombre de cabello n***o, estrechando mi mano con firmeza. —Ernesto Fernández, a su servicio, señorita —dice el otro, con una reverencia levemente exagerada. —El gusto es mío —respondo, dándoles la sonrisa perfecta de una mujer de negocios joven pero experimentada. Nos sentamos. Inmediatamente, la conversación toma el rumbo que esperábamos. —Vaya, señorita Luna —comenta Fernández, con la cabeza ligeramente ladeada—. Ahora que te veo bien, tienes un aire inconfundible a Valentina. Parecen dos gotas de agua. Siento la punzada helada al escuchar el nombre de mi madre. Mis manos, sin embargo, se aprietan bajo la mesa; la punta de mis uñas se clava ligeramente en mi palma. Tengo que recordar por qué estoy aquí. —Es lo que dicen —respondo, con un tono melancólico bien medido. —Y debo decir, aunque se parecen bastante físicamente, tú eres mucho más hermosa que tu hermana mayor —añade Gaviria, sus ojos brillando con abierta admiración. —Opino lo mismo. Tú tienes algo que llama la atención, una chispa, ese no sé qué que te atrapa. Tu hermana no tiene eso, con todo respeto —dice Fernández. Yo sonrío un poco, fingiendo vergüenza. —Gracias, aunque no es necesario tanto elogio. —Solo decimos la verdad, muñeca. Y hablando de verdades. Para ser sinceros, no supimos que Valera tenía otra hija sino hasta hace unos días que nos contó sobre la reunión —confiesa Fernández, con tono de sorpresa genuina. Esta es la clave. Suelto una risa ligera, casi de disculpa. —Mi padre siempre ha sido muy protector. Me mantuvo estudiando en el extranjero, dándome la mejor preparación. No quería que me distrajera hasta que estuviera completamente lista para hacerme cargo. Matías es testigo. Matías asiente, serio y profesional. La coartada es sólida. Mientras la conversación sobre los negocios de mi padre y mi "preparación" continúa, Matías realiza su labor. Aunque mi atención está en los socios, de reojo noto cómo Matías hace un sutil movimiento de su muñeca. Es la señal. Brando debe haber entrado. Sigo hablando con Fernández sobre el mercado, pero ahora siento la mirada. No necesito verlo para saber que está ahí, porque esa presencia es inconfundible. Es pesada, fija y penetrante, como un rayo de sol frío sobre mi nuca. Sé que Brando, sentado en su mesa, nos observa. Nos ve a los cuatro, a sus socios dándome trato de heredera y a mí hilando una historia creíble. Me concentro en mi papel, gesticulando con naturalidad, ignorando al cazador. Todos sacamos a relucir nuestras tablets. Empezamos a revisar los negocios y a marcar que todo esté en orden. Durante los siguientes veinte minutos, Matías es mi lente. Me da una micro-señal, un parpadeo, que me confirma que la mirada de Brando sigue fija en mí. Sé que Matías está registrando cada segundo de esa atención en su mente. Finalmente, la reunión concluye. Pido un favor: —Les pido que me ayuden a mantener en secreto mi identidad, mi nombre y mi apellido, pues mi padre no quería que se supiera todavía. Ellos, de forma educada, prometen guardar discreción. Nos levantamos y estamos a punto de marcharnos cuando una voz gruesa resuena a mis espaldas, deteniéndome en seco. —Buena tarde, señor Gaviria, señor Fernández. No esperaba verlos aquí. Me disculpan que no los haya saludado recién llegué, ya venía tarde a mi reunión. Matías y yo intercambiamos miradas discretas. Segundos después, los señores se están estrechando las manos con Brando. —Estábamos en una reunión con esta bella señorita —dice el señor Gaviria. Me doy la vuelta lentamente, ofreciendo una pequeña sonrisa. —No habíamos notado su presencia, no se preocupe por eso —digo, forzando la amabilidad. Brando fija su mirada en mí. Es una tormenta tranquila, llena de curiosidad y un cálculo frío. —Es un desperdicio. Si supiera que la presencia de una dama tan... Inolvidable iba a adornar este club, habría llegado a tiempo. Me la consigo en todas partes, señorita. Inolvidable. Siento un escalofrío . Él me está probando. No puedo fallar. —No creo en el destino, señor. Solo en las agendas bien planeadas —respondo, con una calma que roza la arrogancia. —¿Ya se conocen? —pregunta el señor Fernández, sintiendo la electricidad en el aire. —No tengo el placer de conocerla formalmente, solo nos hemos cruzado. Pero parece que la vida insiste —dice él, sin apartar sus ojos de los míos. En ese momento, el teléfono de Matías suena con una urgencia ensayada. Él contesta, toda la atención se desvía. —Señorita, tenemos que irnos. Su padre necesita hacer una videoconferencia con usted y el subdirector del área y dos inversionistas. Al parecer hay un inconveniente. Yo asiento, fingiendo frustración. —Me disculpan, necesito marcharme. Nos veremos pronto, señores. Un gusto hacer negocios con ustedes —les doy la mano a Fernández y Gaviria, y a Brando solo le hago un gesto formal con la cabeza antes de dar media vuelta y caminar con paso rápido hasta la salida. *** Una vez en el auto, el silencio se rompe con una risa mía y un suspiro aliviado. —¿Cómo hiciste eso? —pregunto con una carcajada mientras el auto se pone en movimiento. —Le mandé un mensaje a Miguel para que me llamara de urgencia. Sabía que debíamos romper la tensión justo ahí, o te haría demasiadas preguntas —dice él, con una sonrisa divertida. —Pensaste rápido. Eso me gusta. Los señores no van a decir nada sobre mí si Brando pregunta, ¿cierto? —No creo. De igual forma, antes de retirarnos les hice un gesto para que guardaran discreción. No se preocupe por eso. —Perfecto. —hago una pausa antes de seguir—. ¿Y bien? —pregunto, sintiendo la punzada de ansiedad por la confirmación. Matías suelta una risa ronca, triunfante. —No te quitó la mirada en toda la velada, Alaia. No le interesaba su propia reunión. Lo único que hizo fue observarte. —Y por eso se acercó cuando notó que nos marchábamos, sin mencionar los comentarios que me hizo sobre mí. —Exactamente. De hecho, al parecer su reunión ni había terminado. Los dos hombres que estaban con él se quedaron sentados esperando, con la mirada fija en nuestra mesa, en usted para ser más específica. Me recuesto en el asiento, cerrando los ojos. "El anzuelo ha picado," pienso. La parte más difícil, introducirme en su círculo, acaba de terminar.
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