Lo miré, buscando una fisura en su postura inquebrantable, una señal de que todo era una broma macabra. Pero en sus ojos miel no había rastro de juego, solo la fría certeza de un hombre acostumbrado al peligro. Su advertencia sobre Daniel resonaba en mi mente, una verdad tan aterradora como todo lo demás que había soltado en las últimas horas. —Entendido —susurré, la voz tensa. La idea de que Daniel pudiera estar en riesgo por mi culpa me oprimió el pecho—. ¿Y ahora qué? Él asintió con una leve inclinación de cabeza, como si mi aceptación fuera un paso necesario en un plan ya trazado. —Ahora vamos a disipar tus dudas. Los resultados de la prueba de ADN estarán listos. Te lo prometo, con esto, no te quedará ninguna duda de que somos familia. Un par de horas más tarde, el "equipo méd

