—Lo dices para que no me sienta mal... —añadí entre pucheritos. —Para nada, yo estoy acá para ayudarte a aprender, no tengo ninguna necesidad de mentirte. Pero bueno, vamos a terminar las cosas igual que ayer, acostate en el sillón. —¡No! —respondí con seguridad—. Si me rindo ahora, me voy a terminar arrepintiendo —y armándome de valor y sin darle tiempo a decir nada, lo empujé sobre el sofá y me acomodé entre sus piernas. —¡Perfecto! —dijo entonces—. Tus tetas, Sara, usá tus tetas. —¿Mis...? Yo iba a seguir con las manos... —No importa, esto es un paso de gigante, haceme caso. Poné mi ver... mi pene entre tus pechos y hacé el mismo movimiento que harías con tus manos. —¿Eh? ¿Cómo? —respondí sin entenderlo mucho. No sabía qué hacer, me había tomado por sorpresa, tampoco había hecho e

