—Ahora vuelvo, no te vayas —me dijo mientras se levantaba. Me horroricé cuando se fue, pero después me di cuenta de que me había pedido que no me fuera. Mi mayor temor era que se le bajara la calentura... —Ya está. Perdóname. Los ojos se me abrieron como platos. Había vuelto con el mismo camisón rosa que tenía puesto la noche que llegué a esa casa. No tenía ni la más puta idea de por qué se lo había puesto, capaz era para estar más cómoda, o no, no me importaba un carajo. Ahora sí que había perdido el control sobre mí, ni siquiera la dejé sentarse, me levanté yo del sofá, la agarré de la cintura, y la volví a besar. Ella me devolvió el beso y también me abrazó. Ya no había nada que me pudiera detener esa noche, bajé mis manos hasta ese terrible culo que ella tenía y lo apreté con todas

