La señora Kosem intentó tranquilizarme, pero mis nervios estaban en su punto más alto. Me senté en el borde de la cama, sosteniendo el teléfono como si fuera mi única conexión con el mundo exterior. Las once en punto resonaron en el reloj. Mis manos temblaban mientras marcaba el número de Alex por enésima vez. La llamada entraba directo al buzón y parecía una cruel burla, una prolongación interminable de mi angustia. — ¡Por favor, Alex, dime que estás bien! —supliqué en voz baja, al borde del colapso. La señora Kosem, con los ojos llenos de preocupación, intentó reconfortarme de nuevo, pero en ese momento mi paciencia y mis nervios alcanzaron un punto de quiebre. Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas, y la desesperación se apoderó de mí por completo. — No puedo... No puedo so

