Ahí mismo, ese mismo día, en su misma casa, en su misma pieza, con la Alma presente, ¡con la Alma rondando el segundo piso! Gaspar se iba a morir de la vergüenza, pero los labios de Ián se sentían tan bien, ahí, en su cuello, ahí, en su mandíbula, ahí, en su boca, y su mano, de repente en su camisa, de repente peleando con sus botones, de repente bajando hacia sus piernas, de repente agarrándole la cintura. Se iba a morir, sentado en su cama con el peso de Ián tironeándolo, obligándolo a acostarse ahora, al toque, ya. Pero, ¿y lo que dijimos? ¿Y eso de nunca más va a volver a pasar? Ián la tiene dura debajo del pantalón y Gaspar la puede sentir porque busca desesperadamente aliviar su excitación con su muslo o con su rodilla o con cualquier parte de su cuerpo, pero, ¿y lo que dijimos? ¿Y e

