Ián pudo ver cómo Gaspar arqueó su espalda mientras él lamía su cuello, justo allí sobre su glándula de olor, con una pasión necesaria. Saboreó su sabor y el sudor salado, avanzando hacia arriba y topándose con los labios rojos, hinchados de besar y mordió ahí, sin un atisbo de consideración hasta que quitó sangre. Dichoso, volvió a pasar su lengua para limpiar cualquier rastro indecoroso y luego se dirigió a las caderas, permitiéndose por fin alcanzar con las manos ese lugar sagrado que había codiciado celosamente por debajo de sus ropas. Gaspar maulló apenas e Ián sintió sus piernas delgadas y largas contraerse con suavidad. Desinhibido, Ián delineó con las manos las curvas de Gaspar y se atrevió, silencioso y temeroso, a rasguñar ese huesito que sobresalía en la piel delgada. No podía

