Sicarios capítulo 5

3222 Palabras
Por otra parte, Martín y Carlitos habían afianzado su vínculo. El rubio fue quien se encargó de llevar al niño al psicólogo en la primera sesión, de entrar con él y de ser su hombro firme. Carlitos confiaba en él más de lo que confiaba en cualquier otra persona y esto despertaba sensaciones raras en Manuel. Una vez le preguntó a su hermana, a Tiare, que trabajaba como enfermera en el hospital público, por qué las cosas se daban así. Ella le dijo que se imaginara a sí mismo siendo un niño abusado y que luego se cuestionara si querría irse con una persona como él. ¡La respuesta estaba a la vista! De todas formas, el niño seguía viviendo con Manuel, seguía siendo vestido por él, peinado por él, alimentado, paseado, entretenido. Continuaba siendo el niño de la casa, que de niño no tenía nada. Su cuerpo podría ser el de un muchacho de siete años, pero su cabeza, sus actitudes y en fin, su alma, daban a conocer a alguien mucho mayor. No obstante al cabo de estas cuatro semanas que habían servido para aclimatarse al carácter del niño, las cosas en el trabajo de Manuel se pusieron amargas. Antes de que pudiera notarlo, estaban tan cerca de desarmar el negocio de Francis Bonnefoy, que Manuel no podía creer que así de rápido se habían pasado los tres años que llevaba siendo el fiel perro de Kirkland y sintió algo parecido a la melancolía porque, ¿qué iba a ser de él cuando el eterno enemigo de su jefe llegara por fin a su decadencia total? Arthur abrió la puerta de su convertible n***o y subió a él junto con el moreno. En el asiento de atrás estaba Luciano y a su lado iba Kiku. Ambos llevaban armas en las manos y estaban acomodando las balas. — Disculpe de nuevo lo del tipo. Pero le juro que ese hombre ya no estaba, solo estaba el niño junto a un manchón de sangre. Yo tenía toda la intención... —iba Manuel intentando convencer al jefe, pero a Arthur no le interesaba oír eso. — Si esto sale como lo planeo, ten por seguro que me valdrá una reverenda mierda si es que mataste al pederasta o no. El inglés cerró la puerta del auto y echó a andar, al instante, le siguió una caravana de tres autos negros más. Manuel quería agregar una disculpa más por estar siendo tan ineficiente en cada uno de los asesinatos que le mandaban a cometer, pero luego se retractó. Las palabras del inglés eran más importantes que las de él y si Arthur decía que todo estaba bien, pues entonces nada más era necesario. — Debe estar con la mayoría de sus sicarios. Estas son sus juntas. Por fin los chicos pudieron descubrir dónde se realizan. Estará Francis, por supuesto, y sus matones. Yo quiero al francés, así que encárguense ustedes de los demás; sin compasión, mis niños, sin compasión, quiero que sus ropas estén salpicadas de sangre. SI ven a Alfred oculto por ahí, no lo maten. Tráiganmelo. No me quiten ese placer. –Los tres trabajadores dentro asintieron, cada uno mirando el paisaje de los barrios bajos de Londres a través de las ventanas— Y Manuel, allá va a estar el hijo de puta que te pedí que mataras, ¿recuerdas cómo comenzó todo esto? Va a estar él, es obvio. Hazme el favor y mátalo con tus propias manos, ¿sí? ¡No, aun mejor! Lo quiero como rehén. Eso es, mi dulce Manuel. Tráemelo y lo veremos sufrir en las mismas jaulas que habitó Alfred, tiene que pagar por todos esos meses que te alejaste de mí. Ya ves, cómo yo no dejo que nadie te toque. ¿Ya ves cómo yo te cuido de todos? Y su cuidado siempre me sirve montones, pensó Manuel, acomodando su cabeza en el respaldo del asiento, recordando a Catalina y a Carlitos, que se quedaban allá en el palacete. Ninguno dijo palabras por el resto de lo que el viaje duró y cuando llegaron a un galpón desierto cerca de un terreno baldío, todos bajaron como si ya conocieran exactamente la manera de proceder Al rato, antes de que intentaran ingresar por una de las ventanas tachadas, un auto del mismo color se estacionó en las afueras del galpón y un grupo de hombres armados bajaron y se mezclaron con Arthur y sus otros muchachos. Hubo tres de los hombres que se quedaron en los alrededores, ocultos detrás de los árboles, con las pistolas preparadas, cuidando que ningún guardia de Francis fuese capaz de reconocerlos. Kiku, Luciano, Manuel y Arthur se encaminaron por las ventanas ya rotas hacia el interior del galpón en compañía de cinco sicarios más, completamente armados y cuidándose las espaldas. Habían descubierto el lugar que por años Francis había usado como refugio, pero nada les aseguraba que estaban libres de traidores y que lo que realmente parecía ser una emboscada de su parte no se volcara en su contra. Dentro de lo que parecía ser un galpón abandonado, hallaron cuantiosas botellas vacías de gasolina, un par de sacos de tierra y neumáticos dispersos por todo el perímetro. A Arthur le encantaba el olor de la gasolina, aspiró suavemente y botó al mismo ritmo, siempre a la cabecilla del grupo, sus ojos verdes esperando pacientes por el momento donde viera aquella cabellera clara que había sido su némesis por mucho tiempo. Mandó a sus muchachos a rodar el sitial cuando oyeron ruidos de voces y comenzaron a ver sombras. Manuel a la izquierda, Luciano a la derecha y Kiku al centro, él los cubriría. Dieron entonces con un escuadrón de más o menos quince personas, todas reunidas en círculo alrededor de lo que parecía ser un prodigioso hablador. De espaldas, los hombres lucían muy familiares unos con otros y Arthur casi pudo asegurar que uno de ellos poseía el bonito cabello ondulado de Matthew, moviéndose como ondas a través de una levísima ráfaga de aire, así como a su lado se encontraba otro que se asemejaba a Alfred y puede que haya sido la sicosis propia del inglés o la realidad que a veces suele confundirse, pero vio cómo las manos de este individuo parecido a su antiguo sicario americano rodeaban la cintura del de pelito ondulado marcando territorio, delimitando aquello que era suyo de lo que otros podrían conseguir: él es mío. Si Arthur era sincero consigo mismo, a él le gustaba Alfred. Le había gustado desde que lo conoció. Un idiota infantil pero guapo como el infierno. Lo había conocido antes que a Manuel, muchísimo antes, y se había robado sus miradas como una muchachita fascinada por lo nuevo y lo que es excitante. He ahí la razón de por qué su traición le dolió tanto, lejos de las cursilerías propias del trabajo y la lealtad. Arthur se sentía abismalmente herido porque Alfred se había enamorado de Matthew y no de él, porque a quién acariciaba las caderas y cogía por las noches era al canadiense con cara de ángel, no a él, un inglés corroído por los años. Sentía envidia de los besos que probablemente Matthew había recibido y las caricias y las palabras aniñadas y él quería lo mismo. Por el rencor que le infectó la sangre condenó a Matthew a la muerte más cruel, morir en la hoguera, quemado vivo, y de paso, acuchilló el corazón de Francis profundamente. Arthur sabía que lo que marcaba la diferencia entre él y Francis era esa capacidad amatoria que el francés poseía y que él no podía imaginar. Por supuesto que era capaz de desear, de anhelar, de encapricharse con algo, pero no podía cuidar nada y todo lo que tenía lo dejaba tarde o temprano. Francis y Matthew habían creado una relación padre—hijo envidiable para la mayoría del negocio, el canadiense se había convertido en el objeto de cuidado y de goce de Francis y lo protegía como a un cachorro. Arthur no podía experimentar eso, porque él no tenía ninguna clase de sentimientos, pero creía que era mucho mejor para su trabajo y que lo ayudaba. Cuando debía matar a alguno de los hombres con los que se liaba por los negocios, la mano no le temblaba ni un poco. Ahora claro, estaba este otro caso curioso llamado Manuel. Arthur sabe que de partida, él no ama a Manuel, aunque no podría afirmarlo tan severamente porque él no sabe lo que es el amor pero supone que debe ser algo más mutuo y empático y él no siente nada de eso. Lo que pasa con Manuel, es que Arthur jamás había tenido una criatura que le admirara, le idolatrara, le pusiera en un pedestal de tal forma como Manuel lo hacía. Para Manuel, Arthur era una especie de caballero, de hombre perfecto de mente exquisita, de gustos refinados, de maneras suaves, alguien capaz de ser todo lo que él buscaba. Eso era lo que pasaba con Manuel y lo que a Arthur le hacía desear conservarlo un poco más porque todas las loas se sienten muy bien. Además, no puede evitar el hecho de que se ha acostumbrado al chico como uno se acostumbra a la mascota que cría desde pequeña, le gusta despertar y mirarlo por las mañanas, le gusta darle de comer, le gusta invitarlo a cenar afuera, le gusta comprarle cosas, le llama la atención cómo con detalles tan simples, Manuel derrocha alegría y le promete a cambio, fidelidad absoluta. Es monísimo. Manuel le ha dicho un par de veces ''te amo'', especialmente cuando terminan de hacer el amor y se está acurrucando sobre su pecho como un gato. Arthur nunca le responde, le acaricia el cabello y le cubre con la sábana y le incita a dormir y hace eso porque él sabe que en el fondo esas dos dulces palabras que Manuel le dice no son más que viles mentiras, porque Manuel no ama a nadie. Arthur buscó con su mirada al castaño y le halló pronto rodeando entre medio de unas cajas al grupo de hombres. Kiku cruzó sus ojos verdes, Luciano hizo poco después lo mismo. Manuel volteó la cabeza y la movió hacia arriba y hacia abajo, indicando que los refuerzos estaban tras ellos y dispuestos a atacar. Al recibir la afirmación, Arthur soltó la primera bala. Directo en la espalda del chico que lucía como Alfred. Desde ese momento clave, el tiroteo inició por completo. Los muchachos de Arthur comenzaron a balear a los de Francis, que sorprendidos intentaban armarse rápido y defenderse como pudieran. Arthur se alejó pronto porque él tenía un solo objetivo, que era su enemigo francés. Lo encontró sentado en la única silla que había en el galpón, casi esperando por su venida. Cuando Arthur le apuntó con su pistola directo a la sien, Francis sonrió melancólicamente. — Tanto tiempo pasado, Arthur. Mira, ¿en qué nos hemos convertido? — No empieces con tus payasadas ahora. Voy a volarte los sesos, si no te has fijado. — Qué grosero de tu parte. ¿El caballero va a usar tal banal manera para acabar conmigo? Ou, amor, cada día perdiendo más la compostura –ironizó Francis. Arthur le agarró del brazo para ponerlo de pie firmemente. Tras ellos los hombres a los que pagaban caudalosas sumas de dinero por acabar con la vida de gente inoportuna intentaban acabar consigo mismos. Las balas iban y venían entre el polvo que se levantaba y el olor a gasolina. — Sin golpes, me estoy entregando. Al fin y al cabo, qué tedioso se volvió todo esto, ¿no? Mira, esos tipos matándose allá porque tú y yo nos odiamos. ¡Ridículo! — ¿No te gusta cómo se ve la sangre manchando sus bonitas camisas? –preguntó Arthur, cogiéndole el cuello. — Salen de mi bolsillo, por lo tanto, no, no me gusta nada. ¡Cuánto voy a tener que pagar después por cada una! — No mucho, amor. No mucho. A los muertos no se les cobra nada. Francis se quedó callado y observó al vacío por última vez. — ¿Vas a volarme los sesos aquí? — ¡Oh, no! ¡Por supuesto que no! ¡Por qué vulgar me tomas! Vamos a mi casa. Esto va a terminar como un espectáculo, como se lo merece... soñé tantas noches con esto –confesó por fin, su nariz filuda viajaba por todo el mentón apestoso a perfume francés de Francis. — ¿Soy quién se roba tus sueños? –cuestionó mordaz, casi resignado a su destino. Francis había caído en cuenta que no tenía mucho porqué vivir, y que el juego se había terminado. Fue una gran partida, después de todo. — Every night, love of mine. Every night. La cuota final fue de diez hombres muertos por lado francés, y ocho por lado inglés. Los cuatro rehenes que había tomado Arthur quedaron a disposición de Kiku y Luciano, para llevarlos hasta el palacete y esperar a unos días para la ejecución que el inglés quería realizar con toda la parafernalia de un gran acontecimiento. Nadie se opuso. Ahora, Francis se ha ido junto a Arthur, acompañado de tres sicarios más. ¿Echamos un vistazo a lo que está haciendo Manuel? Pero en silencio. No hay que distraerlo de su labor. Nuestro sicario se mueve silencioso, con pisadas felinas, tras un escurridizo Martín, que piensa que se ha zafado del tiroteo. Le persigue por la espalda, entretenidísimo con la idea tonta del rubio, un poquito ansioso por tocarle el hombro, pero Manuel ha aprendido a suprimir esos deseos a lo largo de los años. Puede reemplazarlos por un cuchillo filudo que se clave en el muslo de Martín, pero bien lejitos de las arterias, aunque Manuel no puede evitar esas ganas de ver al sicario de Francis desangrado en el piso. No. Es el papá de su hijo, ¿cómo sería capaz? Un rasguño simplecito. Y por simplecito Manuel se refiere a clavar el cuchillo en el muslo derecho de Martín hasta el fondo. Martín suelta un quejido y se tambalea, apoya la rodilla izquierda en el piso sucio y Manuel se cae con él. Sus manos están manchadas con la sangre que fluye inmediatamente de la piel tierna. — ¡Te eché tanto de menos! –le dice después de besarle la mejilla. El cuchillo todavía dentro de su muslo hace que Martín trague saliva y trate de alejarse— No, no, no, allá viene mi jefe. ¡Jefe! ¡Mire a quién tengo! ¡Jefe, ayúdeme! Martín miró a Arthur, miró su sonrisa descarriada y luego sintió que era transportado por unas manos grandes y fuertes y después se fue a n***o. Le dolía la pierna como nunca había sentido antes. — ¿Qué pasó? ¿Cómo salió todo? ¿Lo lograron...? –dijo Catalina nerviosísima, mientras se movía siguiendo a Manuel, que buscaba el baño con urgencia. Las manos le apestaban a sangre. — Salió todo super bien. El negocio de Francis ya no existe más –le contestó sonriente, enjabonándose. — Me alegro un montón –Catalina se arrimó a él y le besó tímida. Manuel le devolvió el beso con cariño. Cuando Arthur dice que Manuel no ama a nadie, ¿habrá tomado en cuenta a Catalina? — ¿Y el Carlitos? ¿Está contigo? –Manuel se alejó un poco, la colombiana se lamió los labios. — Uhm, estaba aquí. Había venido a ver también quiénes llegaban... pero ya no está –murmuró mirando a su alrededor.— Espéreme. Voy a traérselo de inmediato. — Ya, porque quiero que salgamos los tres a comprar ropa. ¡Los invito a tomar helados después! ¡Tengo ganas de comer esos con galletas! Catalina se movió entre todo el gentío que caminaba y rápido y hablaba en inglés y se felicitaban pero no bajaban la guardia. Consultó por el niño a uno de los guardias, que le comunicó que lo había visto bajar a las celdas con Arthur. La colombiana se extrañó, porque Carlitos no seguía a Arthur a ninguna parte, pero dio una sonrisa como agradecimiento y se fue a bajar las escaleras que dirigían a la sala de cautiverio en el sótano de Arthur. — ¿Carlitos? ¿Está aquí? –preguntó a lo alto. — Aquí está, Catalina –respondió Arthur, con las manos tras la espalda— Lloriqueando como una niña. Llévatelo. Me apesta verlo aquí. — No lo trate así, don Arthur –trató de interceder, pero el inglés hizo una mueca, subiendo las escaleras y caminando hasta la puerta.— ¿Qué te pasa, Carlitos? –preguntó tomándole de los hombros. El niño negó con la cabeza y se echó a llorar fuertemente contra su pecho. Catalina le acarició los cabellos pero no entendía ninguna de sus razones y cuando intentaba preguntarle algo no recibía más que balbuceos y saliva en su escote. Al final, el niño le indicó con el dedito la jaula en la que estaba, acostado sobre una pobre cama de hojalata, un hombre rubio que tenía la pierna derecha vendada y sus vendas estaban sucias; Catalina podría jurar que lo conocía de alguna parte, tal vez de algún club, algún encuentro típico, supuso que debía ser uno de los seis prisioneros que Arthur había tomado como botín. — ¿Qué pasa con él? Carlitos negó con la cabeza y su llanto siguió siendo lo único que se oía entre esas paredes rocosas. — Catalina –llamó Arthur. — Un momento –respondió ella, separando al muchachito. Carlitos se secó las lágrimas con los dorsos de los dedos y pestañó seguidamente para poder ver a la mujer, pero se vio incapaz de decir algo. Catalina acarició con cuidado su mejilla y le dio un beso en la frente, iba a volver a arrullarlo entre sus brazos, cuando oyeron una voz desde la oscuridad. — Che... —se oyó claramente y entonces a Catalina se le aclaró todo. Él era Martín. Era el sicario del que María andaba colgada y del que presumía a sus colegas. El argentino nuevo. Él que se liaba también con Victoria, ¡el que había sido el causante de la falsa muerte de Manuel! Al principio no quiso dejarlo ir, pero Carlitos se zafó de ella rápidamente y apretó entre sus pequeñas manitas los barrotes de la jaula, sus mejillas mojadas todavía por las lágrimas. — ¿Quién te hizo eso? —preguntó entre llantos otra vez, apuntando a su maltrecho muslo. — Nadie –respondió Martín, tenía la voz lánguida— Voy a ponerme bien, ¿sí? — ¿Fue él, verdad? –Carlitos susurró con un hilo de voz. Martín carraspeó. — Voy a ponerme bien. Vamos a salir de aquí, ¿no? ¿Me vas acompañar? –intentó decir, sin sentir que la sangre se le subía por la garganta. — Fue él –exclamó el niño con más certeza. Martín trató de negarlo, pero la habitación le daba vueltas en la cabeza. Carlitos se alejó de la jaula, hizo a un lado a Catalina, subió las escaleras, ignoró a Arthur y salió del sótano hecho una furia. Ni Arthur ni Catalina intentaron detenerlo ni preguntarle a dónde iba, porque la respuesta era terriblemente obvia.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR