Hice lo que mi hermana me sugirió y seguí ignorando los pechos de Katrina el resto de la semana. Fue como si lo tomara como un reto, usando blusas que dejaban ver más el escote y acercándose para que no me perdiera la vista. Era difícil ignorarla, y para cuando llegué de la escuela, me dolía la polla. Maryanne siguió alentándome a hacerme la difícil mientras cuidaba bien de mi palpitante erección cuando llegaba a casa del trabajo. El lunes siguiente, por sugerencia de mi hermana, intenté reunir el coraje para invitar a salir a Katrina, pero ella prácticamente se me adelantó. —Quizás no deberías haber renunciado a tu derecho a mirar boquiabierto —dijo cuando me sorprendió mirándole la blusa al final de la clase. Tenía tres botones desabrochados y llevaba un sostén aún más pequeño. —Quiz

