Bajo fuego y sombras

1366 Palabras
El humo de las bengalas verdes se mezclaba con la neblina de la madrugada, la claridad iba avanzando lentamente anunciando el fin de la noche oscura, ya eran aproximadamente las cinco de la mañana y el azul del cielo iba tiñendo el callejón de un tono espectral. Mila había conseguido dormir apenas dos horas al igual que Jane, con dificultad se apoyaba contra una pared resquebrajada con sumo cuidado, debía de ser lo más cautelosa posible si quería evitar algún ataque inesperado, respirando con problema revisó que su herida al menos hubiera dejado de sangrar, mientras Jane, a unos pasos, apuntaba hacia la única entrada con el último cargador encajado en su arma. Por suerte aquel almacén tenía una ventana bastante pequeña por donde se filtraba apenas un rayo de luz, sabían que debían salir del lugar, pero no era el mejor momento. Las balas no tardarían en volar. Como una alarma de despertador, las balas comenzaron en un bullicio estridente como si una competencia se tratase. En un momento se escucharon el avance de los soldados. — Nos rodearon —susurró Jane, apretando la mandíbula—. No vamos a salir de esta sin una jodida lluvia de fuego. — ¿Tienes alguna otra genialidad bajo la manga? —bromeó Mila con sarcasmo, aunque sentía el cuerpo entumecido del dolor nuevamente. Jane negó. Ya no quedaban trucos. Era una situación sin salida para las dos asesinas, por un momento permanecieron en silencio completo como si fingieran estar sin vida. Entonces, los pasos de nuevo. Muchos sujetos se comenzaban a apilar. Se escuchaban sobre el pavimento húmedo. Voces en clave, metálicas, rápidas. Los hombres del Diablo cerraban el cerco. Uno de ellos asomó brevemente la cabeza por la esquina. Jane disparó al instante y el cuerpo cayó, seco. —Cinco segundos antes de que vengan por nosotras —dijo Jane, tragando saliva. Inmediatamente Mila preparó su arma y se trasladó cerca de la salida para poder encontrar una oportunidad para escapar. Y entonces... silencio. No el silencio de la muerte, sino el de la duda. El que los soldados sienten cuando algo no encaja. Mila no comprendía esa sensación de incertidumbre, era como si subconscientemente concluyera en que algo no estaba bien. Una sombra pasó fugaz por el tejado. Después, otra. Los dos hombres más cercanos al callejón cayeron sin un solo disparo. Solo un corte limpio y un chasquido sordo. Jane entrecerró los ojos. —¿Viste eso? Mila no alcanzó a responder. Solo podía notar como las sombras se alejaban y acercaban como si danzaran entre sí, atacando a todo aquel que se interpusiera en su camino. Un rugido de fuego estalló desde el otro lado del pasaje. Una granada de humo oscureció todo y en medio de la cortina gris, se escucharon disparos perfectamente sincronizados. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Mila reaccionó. No era tiempo de dudar, debían de salir de aquella bodega lo más rápido que fuera, de un tirón llevó a Jane fuera del lugar y se refugiaron cerca de los autos remolcados en plena calle. Gritos y caos. Todo se podía escuchar volviéndolo insondable al mismo tiempo. Mila y Jane se abrían paso evitando a toda costa un enfrentamiento directo, hasta que consiguieron llegar a un callejón. Y de pronto, el silencio volvió. Cuando el humo comenzó a disiparse, una figura emergió, vestida de n***o, con el rostro semi cubierto por una bufanda táctica. En la penumbra, sus ojos brillaban como dos cuchillas. Mila por un segundo corto, casi sintió un temor realmente asfixiante, era como haberse topado con un monstruo en una noche oscura, su respiración se pausó completamente y perdió noción de todo a su alrededor, incluso de uno de los asesinos que apuntaban detrás de ella, no obstante, Mila solo alcanzó a ver como un disparo lo golpeaba dejándolo fuera de combate. El disparo había sido de aquel enmascarado haciendo que Mila perdiera fuerzas en sus piernas y se desplomara de rodillas al suelo. — ¿Están bien? —preguntó Beltrán, sin bajar el arma. Jane lo miró con desconfianza al principio, pero al reconocerlo, bajó el arma lentamente. — ¿Qué carajos haces aquí? — Supongo que tenía curiosidad —respondió él, mirando directamente a Mila. Ella lo observó, respirando con dificultad. Quiso decir algo, pero no pudo. Sus ojos, sin embargo, hablaron por ella. Él había venido por ella. — Tenemos que movernos —dijo Beltrán, ya con el mapa mental del terreno guiando sus pasos—. Están muertos por ahora, pero si no salimos en cinco minutos, van a venir otros diez. Jane lo siguió de inmediato. Mila se apoyó en su brazo, con una mezcla de dolor y orgullo mal disimulado. Mientras avanzaban entre las ruinas, sin decirlo, todos entendían lo mismo: Beltrán no sabía lo que era…pero ya lo estaba siendo. Los tres avanzaban con rapidez entre los escombros y callejones húmedos, cubriéndose entre autos abandonados y muros que apenas se sostenían. La ciudad, aún adormecida en su caos, era una ruina de concreto y humo. Beltrán lideraba con el paso firme de quien no necesitaba instrucciones; Jane lo seguía con la misma determinación, y Mila, apoyada en su brazo, apenas lograba mantenerse en pie. —Por aquí —indicó Beltrán, tomando una calle lateral que, según su mapa mental, debía llevarlos a una zona segura. Pero no habían avanzado ni una cuadra cuando el sonido de neumáticos deslizándose sobre el asfalto húmedo los alertó. Un convoy de tres camionetas se acercaba por el lado opuesto. Las luces apagadas, pero los motores rugiendo como bestias. —¡Mierda! —escupió Jane, empuñando su arma. Beltrán reaccionó de inmediato. Sin pensarlo, jaló a Mila con fuerza hacia la entrada de un viejo edificio de departamentos. La puerta principal había sido destrozada en algún momento de la noche, pero aún servía como refugio. Jane entró tras ellos y, en cuanto el primer disparo retumbó contra la pared, comenzaron a subir las escaleras. —¡Arriba! —ordenó Beltrán mientras cubría la retaguardia con una precisión que ni siquiera Jane cuestionó. Mila apenas podía respirar. Su herida ardía con cada escalón, pero su mente estaba más ocupada en mirar a Beltrán. Ese no era el mismo hombre que había conocido en la reunión, vestido con traje caro y mirada reservada. Este Beltrán se movía como si hubiera nacido en medio del fuego cruzado. Sabía dónde cubrirse, cuándo disparar, cómo guiar. Y lo hacía sin titubear. —¿Quién demonios eres? —susurró Mila, más para sí que para él. Llegaron al cuarto piso. El edificio temblaba con cada explosión afuera. Beltrán se detuvo frente a una puerta semiderruida, la empujó con el hombro y los hizo entrar. Era un antiguo apartamento abandonado, con ventanas rotas y el suelo cubierto de polvo. Desde allí, tendrían una buena vista del callejón y podían preparar una defensa. —Jane, cubre la entrada. Mila, ven aquí —ordenó sin levantar la voz, pero con un tono que no dejaba espacio a dudas. Mila se dejó caer en un rincón, respirando con dificultad. Jane le lanzó una mirada fugaz, y luego se posicionó junto a la puerta con su arma lista. Beltrán, mientras tanto, cerró las ventanas rotas con lo que encontró a mano: tablones, cortinas viejas, incluso una puerta suelta. Su mente no paraba. Mila lo observaba en silencio. Había algo hipnótico en su concentración. En su forma de controlar la situación. No era solo habilidad. Era instinto. —¿Dónde aprendiste a moverte así? —preguntó ella finalmente, rompiendo el silencio. Beltrán se giró hacia ella, con el ceño levemente fruncido. Parecía sorprendido por la pregunta, como si no fuera consciente de lo que acababa de hacer. —No lo sé —admitió—. Solo… lo hice. Esa respuesta desconcertó aún más a Mila. ¿Cómo alguien que no se había criado en ese mundo podía moverse con esa precisión? ¿Tomar decisiones así, sin dudar, como si lo llevara en la sangre? Ella pensó en Simón. En cómo él tenía ese mismo aire de control absoluto. De leer la guerra como si fuera un tablero de ajedrez. Y de pronto, vio algo más. Una semejanza.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR