1. El silencio después de la tormenta La casa crujía con cada ráfaga de viento, como si recordara las explosiones, los gritos y la sangre. Pero ahora, reinaba el silencio. Un silencio espeso, incómodo, que se colaba por las grietas de las paredes y anidaba en los pulmones. Mila observaba el perfil de Beltrán recortado contra la ventana. La cicatriz en su mejilla era más visible a la luz mortecina. Pero lo que realmente la inquietaba era ese gesto ausente, esa rigidez en su mandíbula, como si luchara contra algo invisible. —No te vas a romper solo, ¿verdad? —preguntó ella, cruzando los brazos. Beltrán no se giró. —Si me rompiera, ¿sería tan malo? Quizá me haría más humano. Mila avanzó hasta él, deteniéndose a escasos centímetros. —No eres de piedra, Beltrán. Pero tampoco eres lo qu

