El susurro del recuerdo en el bosque

1453 Palabras
El sol se filtraba a través de las ramas altas del bosque, deslizándose en haces dorados que parecían acariciar la tierra húmeda. La mañana era fresca, serena. Aquel tipo de silencio que no pesa, sino que alivia, como una respiración profunda después del llanto. A lo lejos se escuchaban pasos lentos, suaves pero sonoros por las ramas y hojas del suelo. Beltrán caminaba por el sendero ya casi perdido entre la maleza y las hojas secas, con la caña de pescar al hombro y una pequeña mochila colgando de su espalda miraba los alrededores recordando el viejo pasaje. A su lado, Cecil intentaba seguirle el paso, aún somnoliento, con las manos en los bolsillos de una chaqueta prestada. No entendía el motivo por el que estaba haciéndolo. Después de todo al amanecer Beltrán lo despertó para salir a buscar “el desayuno” — ¿Vamos muy lejos? —preguntó el chico, sin queja, solo curiosidad. Un bostezo siguió a su pregunto mientras unas pequeñas lagrimas escapaban de sus ojos por el esfuerzo de intentar mantenerse despierto. Beltrán desde luego, negó con la cabeza y señaló hacia adelante, donde el murmullo del agua se hacía más claro. A unos diez minutos de caminata se extendía un hermoso destelló azul seguido de un paraje cautivador. — Castells decía que los mejores lugares para pescar no se ven desde los caminos principales. “El río premia a los pacientes”, decía. Cecil arqueó una ceja, estaba curioso de aquel comentario y sobre aquella persona—. ¿Quién era Castells? Beltrán tardó unos segundos en responder. Sus ojos se fijaron en el brillo del agua a lo lejos, como si el nombre en sí pesara en la garganta. — Mi tutor. Lo más parecido a un padre que tuve. — pensó un momento en como continuar la conversación mientras preparaba la caña de pescar— Me enseñó a pescar, a leer el silencio... y a desconfiar de las primeras impresiones. El chico asintió, como si almacenara cada palabra para después. Caminaron en silencio hasta la orilla del río, un cauce tranquilo con orillas de piedras redondas casi brillantes con la luz del sol. Beltrán con cuidado le enseñó cómo lanzar la línea, cómo sostener la caña y cuándo resistir la tentación de jalar antes de tiempo. Había algo casi sagrado en la escena: el joven observando, el adulto transmitiendo. — ¿Siempre viviste con él? —preguntó Cecil mientras lanzaba otra vez la línea, esta vez con un poco más de soltura. — No exactamente. —pausó por un momento, no podía decirle que vivía en un burdel antes de ello, sentía que sería demasiado después de todo lo sucedido el día anterior. Mantuvo silencio por un momento antes de continuar — Aparecía cuando más lo necesitaba, muchas de ellas estaban ebrio. A veces desaparecía por semanas... pero siempre volvía con algo que enseñarme. — ¿Y tus padres? Beltrán tragó saliva, aún sin mirar al chico. Las preguntas eran cada vez más complicadas—. No los conocí. —mintió— Me dijeron que murieron en un accidente cuando yo era muy pequeño. No era del todo mentira. A su padre nunca lo conoció y su madre falleció cuando era niño. El silencio volvió a instalarse, cómodo, como una manta. Se rascó la mejilla nervioso de si le creyera o no. Pero entonces notó el rostro cabizbajo del muchacho. — Yo también tuve un accidente. — La voz de Cecil sonó más baja, como si se hablara a sí mismo—. Fue hace años cuando tenía tres o cuatro. Dijeron que había sido un coche. No recuerdo casi nada de antes. A veces tengo sueños, como fragmentos pequeñísimos... una mujer con las manos ensangrentadas, una voz que canta una canción, unas manos que me sujetaban con fuerza... Beltrán giró lentamente hacia él. Lo observó con una mezcla de compasión y reconocimiento. Había recordado entonces como Mila se volvió loca por encontrar al muchacho en aquella institución. Ella no había mencionado nada sobre su relación con Cecil, pero Beltrán intuía que fuera alguien muy especial para ella. — A veces los recuerdos que duelen se esconden para protegernos —dijo con suavidad—. Pero siempre encuentran la forma de volver. Cecil no respondió. El anzuelo desapareció en las profundidades del agua y ambos lo siguieron con la mirada, como si pudiera arrastrar con él todos los secretos que aún no sabían poner en palabras. Por otra parte, Mila estaba en la cabaña rodeando todo el perímetro con ramas y hojas secas, había colocado trampas minuciosamente para evitar visitas inesperadas. Con cautela decidió entrar a la cabaña y comenzar a preparar café. No podía darse el lujo de hacer ruido alguno ya que eso solo la distraería de su objetivo principal. Resguardar su seguridad y la de Cecil. Miraba como desde la cocina no había más que arboles cuando de pronto un pensamiento se asentó en su mente “no le dije a Beltrán que Cecil es mi hermano menor” pese a ello, el hombre había hecho todo lo posible por ayudarla. No. De hecho, parecía que el intuía la respuesta “es demasiado astuto” pensó de nuevo, el talento de Beltrán no era normal para un hombre de negocios cualquiera. Pasaron minutos hasta que el silbido de la cafetera la alertó. Decidió entonces inspeccionar la cabaña. Mila permanecía dentro, sentada en el suelo de madera frente a un viejo baúl abierto. La luz de la mañana entraba por la ventana, moteando el polvo que flotaba en el aire. A su lado, una fotografía amarillenta descansaba sobre sus rodillas. La imagen mostraba a un niño de cabello oscuro, de unos ocho años, sujetando una caña de pescar con una gran sonrisa. A su lado, un hombre mayor, elegante incluso en medio del campo, lo sostenía por los hombros: Castells. Ella lo reconoció casi instantáneamente, era una imagen muy reconocida después de todo. Mila deslizó el dedo sobre el borde de la foto. No era solo la imagen; era la expresión de Beltrán, la naturalidad con la que se aferraba a ese hombre. Algo que el actual Beltrán rara vez dejaba ver. “Quizá algún familiar pensó” pero entonces. Recordó a Simón. Beltrán de alguna forma le ocultaba algo relacionado con Simón, no ke quería decir y eso la molestaba, actualmente ya no podía confiar en nadie dado que estaba siendo perseguida como una paria. Se levantó para guardar el hallazgo cuando, al abrir el viejo armario empotrado en la pared, una bolsa cayó con un golpe sordo al suelo. Negra, de cuero envejecido, con un cierre oxidado. Mila cayó presa de la curiosidad y la abrió con cuidado. Dentro, documentos. Actas, contratos, escrituras, un testamento. Y una carta. Las manos de Mila temblaron cuando comenzó a leer. La letra era firme, elegante. Firmada por Castells. "A quien corresponda, y especialmente a ti, Beltrán, si alguna vez encuentras esto: No naciste para vivir en la sombra de otro hombre. Al menos, no tras mi sombra. Cuando te encontré, no fue pura casualidad. De hecho, mi misión era deshacerme de las migajas de un pequeño error que cometí tiempo atrás. Eres el heredero legítimo de lo que algún día lideró tu padre. Tal vez en este momento no puedas entenderlo, pero si te reúnes con él en el “distrito” sabrás la verdad. Y de lo que juré proteger hasta que estuvieras listo. Se que puedes hacer algo al respecto. Sé que podrás conseguir que este mundo de porquería cambie. Si lees esto, significa que yo ya no estoy. No confíes en tus hermanos, especialmente Damián. Harán lo posible por tener el control, todo lo que hemos logrado juntos. Él lo supo siempre. Y decidió no decírtelo. También debes hacer lo posible por buscar a Emilia Garret. Ella también tiene mucho que ver con tu padre, después de todo. Ella es la hija de la única mujer que más amó " La carta continuaba, enumerando cuentas, ubicaciones, y una lista de nombres: aliados, enemigos, traidores. Mila dejó caer los papeles sobre la cama. Respiró hondo. Beltrán... el heredero ¿distrito? Aquellas palabras carecían de sentido, pero de alguna forma eran terriblemente aterradoras. No solo de un imperio. Ya no era una batalla por el dominio de las mafias, ahora estaba involucrado el mundo entero. Esto ya no era una lucha por sobrevivir. Sino de una historia que lo perseguía incluso en el silencio del bosque. ¿por qué todo es así? Se preguntó. Cerró los ojos. Y entonces recordó. Su nombre Mila. Era el derivativo de su nombre real, el nombre de su madre Emilia Garret. La investigadora de dominio genético.
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